Durante semanas, el eclipse fue anunciado a bombo y platillo por todas partes. Supongo que era de esperar. Un evento así no ocurre todos los días. Al principio incluso había cierta expectación, pero, poco a poco, mi interés empezó a convertirse en hartazgo.
No es para menos. Por mi trabajo, recibí cientos de llamadas y correos de personas que solicitaban las gafas necesarias para poder contemplarlo. Un error en la gestión inicial había hecho que pareciera que no habría lentes para todo el mundo, y aquello convirtió el fenómeno en una pequeña guerra administrativa. Cada nueva petición maleducada, cada exigencia, cada persona que parecía creer que yo tenía en algún cajón un almacén secreto de gafas para eclipses, hacía que la ilusión de contemplarlo se escapara un poco más.
Sin embargo, conforme se acercaba el día, las ganas fueron regresando.
Porque un eclipse es, al fin y al cabo, un espectáculo astronómico tan bello como solitario (en apariencia). Sabía que desde donde estaba no iba a contemplarlo en su totalidad, pero más de un noventa y nueve por ciento de ocultación era motivo más que suficiente para querer vivirlo como se merecía.
Llegaron los dos o tres días previos, que vaya dos o tres días.
Como ocurre ya con casi cualquier acontecimiento histórico, las redes sociales hicieron su trabajo. Esa marea tóxica que tantas veces parece empeñada en convertir cualquier cosa en una batalla estuvo capitaneada, en esta ocasión, por unos cuantos iluminados que nunca debieron escapar de la Edad Media. A las advertencias razonables sobre la necesidad de protegerse la vista se sumó una cantidad absurda de información, recomendaciones, advertencias y consejos de todo tipo. Y, como suele ocurrir cuando la información se vuelve excesiva, terminó por convertirse en desinformación.
Muchos decidieron quedarse en casa por miedo a perder la vista. Por lo visto, un eclipse todavía es capaz de despertar en buena parte de nosotros aquella superstición ancestral que nos hacía temer al cielo cuando sus luces se comportaban de una manera que no comprendíamos.
¡Pero llegó el día! Después del correspondiente paseo por media ciudad, y con las gafas ya agotadas, unos amigos y yo nos dirigimos a un parque para disfrutar del espectáculo. El tiempo había amenazado durante días con nubes y claros, pero no tuvimos que preocuparnos demasiado. El Sol se presentó con una contundencia casi ofensiva y nos acompañó durante toda la tarde. A excepción, claro está, del motivo por el que habíamos ido hasta allí.
La escena era bastante sencilla. La gente se tumbaba sobre mantas o directamente en el césped. Hablaban entre ellos a su aire, procurando no molestar al resto. Una familia que estaba junto a nosotros decidió acompañar la espera con Natalia Lafourcade, algo que, a mi parecer, sobraba bastante. Al menos tuvieron la consideración de mantener un volumen razonable y, poco después, apagaron la música.
Y entonces empezó. Sé que sabéis de sobra cómo funciona, muchos ya estabais allí, pero dejadme contarlo de todos modos:
La Luna fue ocultando poco a poco una parte del Sol y el ambiente comenzó a cambiar. La sombra de mis dedos se desdoblaba sobre la hierba. También lo hacía la sombra de las ramas sobre la corteza de los árboles. Pequeños detalles que nos demostraban que aquello que estábamos viendo era real. Nos pasábamos las gafas unos a otros para entender que algo insólito ocurría, que nada más tenía importancia durante ese lapso de tiempo.
El silencio imperó. Quizás algún murmullo ahogado, alguna exclamación de asombro, pero no hubo palabras, no hacían falta. Durante unos pocos minutos, la oscuridad ocupó el lugar que no le correspondía. Podría decir que el corazón se me encogió. Entendí un poco mejor aquel temor que debieron de sentir los primeros hombres cuando el Sol desaparecía en pleno día.
El inusual crepúsculo duró poco, claro. Después, la luz regresó abruptamente. La luz de lo que quedaba de día, que tampoco era ya demasiado.
Y, tal y como había imaginado, llegaron los aplausos.
Como si aquello hubiese sido fruto del esfuerzo de alguien. Como si las enfermeras y los médicos estuvieran todavía jugándose la vida mientras una pandemia se llevaba por delante a buena parte de la población mundial. Yo no aplaudí, para qué, si la luna no podía darnos las gracias, pero supongo que lo que sentía la mayoría de quienes sí lo hicieron era agradecimiento. Y si aquellas palmas eran simplemente una forma de demostrarlo, bien está entonces.
Poco después levantamos el campamento. De haber esperado unas horas más, las Perseidas habrían demostrado que las maravillas del cielo no acababan allí. Pero al día siguiente había que trabajar.
Todo no puede ser.
De camino al coche comprobamos, sin embargo, que el eclipse sí había dejado una pequeña secuela en nuestra ciudad.
Los murciélagos habían salido antes de tiempo a cazar.
Y fue muy bonito.








