jueves, 13 de agosto de 2026

Cuando el silencio llega


Durante semanas, el eclipse fue anunciado a bombo y platillo por todas partes. Supongo que era de esperar. Un evento así no ocurre todos los días. Al principio incluso había cierta expectación, pero, poco a poco, mi interés empezó a convertirse en hartazgo.

No es para menos. Por mi trabajo, recibí cientos de llamadas y correos de personas que solicitaban las gafas necesarias para poder contemplarlo. Un error en la gestión inicial había hecho que pareciera que no habría lentes para todo el mundo, y aquello convirtió el fenómeno en una pequeña guerra administrativa. Cada nueva petición maleducada, cada exigencia, cada persona que parecía creer que yo tenía en algún cajón un almacén secreto de gafas para eclipses, hacía que la ilusión de contemplarlo se escapara un poco más.

Sin embargo, conforme se acercaba el día, las ganas fueron regresando.

Porque un eclipse es, al fin y al cabo, un espectáculo astronómico tan bello como solitario (en apariencia). Sabía que desde donde estaba no iba a contemplarlo en su totalidad, pero más de un noventa y nueve por ciento de ocultación era motivo más que suficiente para querer vivirlo como se merecía.

Llegaron los dos o tres días previos, que vaya dos o tres días.

Como ocurre ya con casi cualquier acontecimiento histórico, las redes sociales hicieron su trabajo. Esa marea tóxica que tantas veces parece empeñada en convertir cualquier cosa en una batalla estuvo capitaneada, en esta ocasión, por unos cuantos iluminados que nunca debieron escapar de la Edad Media. A las advertencias razonables sobre la necesidad de protegerse la vista se sumó una cantidad absurda de información, recomendaciones, advertencias y consejos de todo tipo. Y, como suele ocurrir cuando la información se vuelve excesiva, terminó por convertirse en desinformación.

Muchos decidieron quedarse en casa por miedo a perder la vista. Por lo visto, un eclipse todavía es capaz de despertar en buena parte de nosotros aquella superstición ancestral que nos hacía temer al cielo cuando sus luces se comportaban de una manera que no comprendíamos.

¡Pero llegó el día! Después del correspondiente paseo por media ciudad, y con las gafas ya agotadas, unos amigos y yo nos dirigimos a un parque para disfrutar del espectáculo. El tiempo había amenazado durante días con nubes y claros, pero no tuvimos que preocuparnos demasiado. El Sol se presentó con una contundencia casi ofensiva y nos acompañó durante toda la tarde. A excepción, claro está, del motivo por el que habíamos ido hasta allí.

La escena era bastante sencilla. La gente se tumbaba sobre mantas o directamente en el césped. Hablaban entre ellos a su aire, procurando no molestar al resto. Una familia que estaba junto a nosotros decidió acompañar la espera con Natalia Lafourcade, algo que, a mi parecer, sobraba bastante. Al menos tuvieron la consideración de mantener un volumen razonable y, poco después, apagaron la música.

Y entonces empezó. Sé que sabéis de sobra cómo funciona, muchos ya estabais allí, pero dejadme contarlo de todos modos:

La Luna fue ocultando poco a poco una parte del Sol y el ambiente comenzó a cambiar. La sombra de mis dedos se desdoblaba sobre la hierba. También lo hacía la sombra de las ramas sobre la corteza de los árboles. Pequeños detalles que nos demostraban que aquello que estábamos viendo era real. Nos pasábamos las gafas unos a otros para entender que algo insólito ocurría, que nada más tenía importancia durante ese lapso de tiempo.

El silencio imperó. Quizás algún murmullo ahogado, alguna exclamación de asombro, pero no hubo palabras, no hacían falta. Durante unos pocos minutos, la oscuridad ocupó el lugar que no le correspondía. Podría decir que el corazón se me encogió. Entendí un poco mejor aquel temor que debieron de sentir los primeros hombres cuando el Sol desaparecía en pleno día.

El inusual crepúsculo duró poco, claro. Después, la luz regresó abruptamente. La luz de lo que quedaba de día, que tampoco era ya demasiado.

Y, tal y como había imaginado, llegaron los aplausos.

Como si aquello hubiese sido fruto del esfuerzo de alguien. Como si las enfermeras y los médicos estuvieran todavía jugándose la vida mientras una pandemia se llevaba por delante a buena parte de la población mundial. Yo no aplaudí, para qué, si la luna no podía darnos las gracias, pero supongo que lo que sentía la mayoría de quienes sí lo hicieron era agradecimiento. Y si aquellas palmas eran simplemente una forma de demostrarlo, bien está entonces.

Poco después levantamos el campamento. De haber esperado unas horas más, las Perseidas habrían demostrado que las maravillas del cielo no acababan allí. Pero al día siguiente había que trabajar.

Todo no puede ser.

De camino al coche comprobamos, sin embargo, que el eclipse sí había dejado una pequeña secuela en nuestra ciudad.

Los murciélagos habían salido antes de tiempo a cazar.

Y fue muy bonito.

miércoles, 3 de junio de 2026

El faro, las olas y las estrellas


Aquella noche el mar rugía furibundo.

El temporal llevaba tres días azotando la costa y las olas se alzaban tan altas que, desde la ventana del faro, daban la impresión de querer escapar del mundo.

El farero leía junto a la lámpara un libro gastado de humedad y años, y aunque algunas hojas ya no se veían, él las sabía de memoria. A sus pies dormía el perro. Profundamente, con el hocico apoyado sobre las patas delanteras. De vez en cuando una oreja se agitaba en sueños, como si aún persiguiera conejos por algún monte lejano, como si no le doliera correr.

Al alzar la mirada para coger su taza de café, el farero vio que algo brillaba en el horizonte, algo que se acercaba, y al principio creyó que eran barcos. Después pensó que reflejos de algún relámpago lejano. O algo más raro, porque aquello no estaba quieto, sino que danzaba.

Velos de luces tornasoladas ondulaban en calma sobre la superficie del agua, ajenas a la violencia indómita de las olas. Uno tras otro fueron apareciendo más. Verdes, rosas, ambarinos, cerúleos...

Docenas.

¡Cientos!

Después, con lentitud, las estrellas bajaron del cielo. Semillas de fuego arrastradas por una corriente intangible quedaron suspendidas entre aquellos ríos luminosos que recorrían la costa. Algunas olas, de tan altas, las alcanzaban, pero estas se apagaban apenas un instante antes de volver a encenderse.

El perro abrió un ojo y se incorporó despacio. Algo en su interior, algo que todos los animales de alma buena saben, recordó. Se quedó junto al farero y contemplaron el espectáculo sin moverse.

De entre las olas surgieron pequeñas figuras luminosas. Escaparon del agua peces de escamas azules, verdes y doradas para nadar entre las estrellas. Algunos diminutos como agujas de plata, otros tantos, del tamaño de una barca.

Bailaron en el aire igual que en el mar. Giraron, saltaron y trazaron espirales de colores sobre la oscuridad.

El anciano olvidó el libro y olvidó la tormenta. Olvidó incluso el paso de las horas. Solo observó. Los peces seguían llegando, y luego ascendieron las rayas de luz, las medusas transparentes, las tortugas que brillaban cual pequeñas lunas. Dos cangrejos irisados, arrastrados por el viento, se colaron en la casa. Llegaron, por último, las ballenas.

Sus enormes cuerpos resplandecieron entre las estrellas descendidas. Volar por encima de las olas pareciera su verdadera naturaleza.

El perro ladró, y el farero, asustado, pidió silencio, pero era tarde, porque el mar lo había oído, y los peces y las estrellas y las auroras también, y el perro comenzó a elevarse y escapó por la ventana. No parecía ir por voluntad propia, pero tampoco hacía por volver. Miraba sorprendido a todos lados. Le ladraba a las luces que lo rodeaban, mordía las estrellas y agitaba las patas como nadando.

El farero lo llamó y le pidió que volviera, que si seguía fuera se resfriaría, pero el viejo perro no hacía caso, sino que obedecía a una llamada antiquísima.

Y el anciano, con lágrimas en los ojos, comprendió.

La noche continuó sin que el tiempo se atreviera a molestarla y, poco a poco, las auroras se desvanecieron y las estrellas regresaron al firmamento. Los peces las siguieron. Las ballenas desaparecieron entre constelaciones lejanas.

Y el perro se fue con ellas.

Cuando todo terminó, el mar siguió rugiendo hasta que el cielo clareó. El farero, agotado, volvió a sentarse y, casi sin darse cuenta, cerró los ojos.

A la mañana siguiente lo despertó la luz del sol. Bebió el café frío de su taza preguntándose qué había soñado. Se calzó las botas, silbó llamando a su amigo y encontró la ventana abierta. El mar en calma y el cielo despejado.

A sus pies, el cuerpecito de un colorido cangrejo. 

martes, 5 de mayo de 2026

Perspectivas


Durante un tiempo entendí la escritura de una forma muy concreta. Ya sabéis que trabajé muchos años en una librería, ¿no? Allí conocí una gran cantidad de gente que escribía, que leía y que, sobre todo, quería mejorar. Me rodeé de ellos. Nos hicimos amigos, ambientamos nuestras tardes con aroma de café y vestimos los bigotes con espuma de cerveza. Horas y horas hablando de lo que nos apasionaba.

No era solo cuestión de libros, que también, sino de lo que ocurría alrededor: conversaciones largas, encuentros con autores, debates sobre qué queríamos hacer y por qué. Nos movíamos entre novelas, pero también entre poesía, ensayo o teatro, casi sin darnos cuenta de que todo eso iba dejando poso. No había prisa por destacar ni por vender nada. Lo importante era entender, probar, equivocarse y seguir. Era un ambiente que empujaba sin ruido y en el que la escritura se sentía como algo cercano, compartido y honesto.

Con el tiempo me he ido alejando de ese entorno y he acabado, como tantos, moviéndome más por redes. No ha sido algo que haya escogido; es que la vida nos lleva por caminos que, si bien nos viene bien por unos motivos, no son tan gratos por otros. Y ahí la sensación es distinta. No peor en términos absolutos, pero sí más vacía. Todo gira alrededor de la exposición. Se escribe para ser visto, se habla para posicionarse, se participa con una intención que casi siempre acaba en lo mismo: vender. No es algo que se oculte, tampoco hace falta; es el funcionamiento natural de este espacio. Pero en ese proceso hay algo que... se diluye.

He intentado en más de una ocasión abrir conversaciones que fueran más allá, plantear dudas, compartir ideas o simplemente generar un intercambio que tuviera que ver con la escritura en sí. A veces no ocurre nada. Otras, la conversación se desvía rápidamente hacia lo previsible: promoción, autobombo, ruido. Y acabo con la sensación de que el contenido importa menos de lo que debería. Que da igual lo que se diga si no encaja dentro de esa dinámica constante de visibilidad.

No quiero decir con esto que no se aprenda nada. Se aprende, joder, y además cosas útiles. Sobre todo en lo que tiene que ver con la lengua, con el uso del lenguaje, con ciertos aspectos técnicos que sí marcan diferencia. También hay ideas interesantes sobre cómo moverse, cómo presentar un libro o cómo llegar a más gente. Pero todo eso parece orbitar en torno a lo mismo, dejando en segundo plano aquello que, al menos para mí, debería estar en el centro.

Porque la sensación que me queda es que la literatura, como práctica, ha perdido presencia frente a su propia exposición. Que el impulso por mostrarse ha terminado ocupando el espacio de aprender. Y eso, aunque tenga sentido dentro del contexto en el que nos movemos, cambia la forma de entender lo que hacemos.

Aun así, esa otra manera de vivir la escritura no ha desaparecido. No es algo que se haya perdido, sino algo que ahora cuesta más encontrar. Sigue existiendo en ciertos lugares, en ciertas conversaciones, en determinados momentos en los que el ruido baja y lo importante vuelve a ser lo que se escribe y no cómo se muestra.

Supongo que al final no se trata de elegir una cosa u otra, sino de no olvidar de dónde vengo. De recordar que antes de todo esto hubo un espacio en el que escribir y  aprender. Era gratitud.

Y que os invito a probarlo, que está mucho mejor que hablar de lo fantástica que es nuestra novela en Threads.

lunes, 20 de abril de 2026

El otoño del escritor

En 2017 fui, por un tiempo, escritor. De verdad.

Vale, considero que ahora también lo soy, no me desmerezco. Pero entonces lo fui de pleno, sin distracciones ni más obligaciones que la de acabar un libro.

Había pedido una excedencia para poder escribir mi primera novela. Tenía unos ahorrillos y, por primera y única vez, podía permitirme algo así. Pararlo todo. Alejarme del horario de comercio. Quedarme solo con eso. Con la escritura.

Fue en otoño. Uno precioso, la verdad.

Lo recuerdo bien: las mañanas frías, la luz entrando más tarde, el silencio de un piso que, de repente, se había convertido en un lugar de trabajo... Me levantaba de la cama, me sentaba a escribir y así pasaban las horas. No existía el ruido constante que ahora acompaña cualquier rutina. Me pasaba dándole a las teclas unas siete horas, sin parar. ¡A veces más!

Luego, por la tarde, iba a la biblioteca. A leer, a tomar notas, a seguir dentro de ese mismo mundo pero desde otro ángulo. Y por la noche, ya fuera de todo, una cerveza con Eva, con amigos, como si el día hubiera sido completamente normal.

Pero no lo era.

Durante esos meses, repito, fui escritor a tiempo completo. Y no es una frase hecha. Es otra cosa. Es levantarte sabiendo que eso es lo único que tienes que hacer. Que no hay excusas. Que no hay otro lugar al que ir. Una página detrás de otra que hay que rellenar.

No lo encumbremos; no es algo perfecto, pero era cuánto quería. Una sensación... difícil de explicar.

Cuando digo que no hice nada más que escribir, hay que entenderlo de una manera más literal de la que uno pensaría en un principio, porque no hubo viajes ni grandes compras. A veces hasta no se comía casi nada. Los gastos hubieron de ser mínimos, porque el dinero, en una excedencia, vuela.

Y, por supuesto, hubo espacio para la rabia: no siempre escribía como quería. No siempre salían las cosas. Hubo días torcidos, de frustración. Días de preguntarme si realmente iba a ser capaz de terminar lo que había empezado. Pero sí, lo hice.

El Indigno Campeón.

Joder, El Indigno Campeón, mi primera novela. Cometiendo errores que ahora veo con claridad, incluso con cariño porque forman parte de mí y del proceso. El proceso de no saber, de estar aprendiendo mientras avanzas. De entender, poco a poco, que escribir una novela tiene mucho más de técnica que de inspiración, que hay más estructura de la que parece, más matemática de la que uno querría admitir.

Y llegar al final y descubrir por fin que puedes hacerlo... Qué diferencia.

Siempre había tenido la sensación de que no, que empezaría y lo dejaría a medias. Pero, si estás leyendo esto, creo que ya sabes de sobra cómo ha seguido la historia.

Han pasado unos años. Lo que más echo de menos no es tanto el libro, ni siquiera el resultado. Son los días. Poder levantarme y dedicarle el día entero a narrar sin tener que robarle horas a otras cosas. Sin tener que encajarlo entre obligaciones.

No, no creo que vuelva a tener algo así, qué va.

Para eso tendría que vivir de los libros. O esperar a jubilarme, eso quizás. Siendo realista, no es algo en lo que confíe demasiado. Otros habrá que descubran qué se siente, espero.

¡Yo, al menos, lo tuve!

El otoño del escritor.

domingo, 5 de abril de 2026

Escribiendo desde ninguna parte

Llevo unas semanas sin pasar por aquí y no ha sido por dejadez ni falta de ganas. Ha sido, simplemente, por el cambio. Cambio de trabajo, cambio de ciudad, cambio de rutina. Y, como suele pasar con estas cosas, todo lo que antes tenía su sitio ha tenido que recolocarse poco a poco.

Ahora mis días empiezan de otra forma. Muy, muy temprano. Y con un tren.

De hecho, esta entrada la estoy escribiendo ahora mismo, camino de Madrid. Portátil abierto, gente alrededor, ese ruido constante de fondo que, sorprendentemente, no molesta tanto como uno pensaría. Al final, uno se acostumbra a todo.

La idea es que estos trayectos dejen de ser tiempo muerto. O, al menos, que no lo sean del todo. Quiero aprovecharlos para avanzar en mis proyectos de escritura, y por eso me he hecho con un portátil de segunda mano que, si todo va como espero, será el encargado de guardar la cuarta parte de El Indigno Campeón. Ya iremos hablando de eso.

También ha habido algún cambio más. Me han regalado un móvil nuevo, con una cámara bastante decente, y estoy pensando que quizá sea el momento de hacer un pequeño esfuerzo con las redes. Sobre todo con la parte visual, que siempre la he tenido un poco abandonada.

Ah, sí. ¿Sabéis? Estoy haciendo bastante ejercicio. Siempre lo he hecho, pero cuando me puse a estudiar la oposición, paré en seco y no ha sido hasta ahora que lo he retomado. Recupero la forma y me siento agradecido.

En general, estoy bien.

Podría estar mejor, claro. Viajar todos los días no es precisamente barato y el cuerpo también nota el cambio. Pero dentro de lo que cabe, todo marcha. Y, poco a poco, voy encontrando huecos donde antes no los había.

Este, por ejemplo.

jueves, 26 de febrero de 2026

Lo de copiar en la narrativa y eso (siempre para aprender)



Alguna que otra vez navego en Threads y encuentro hilos, conversaciones o preguntas verdaderamente interesantes. Interesantes para mí, quiero decir. A otros les dará igual, qué sabré yo.

Hoy es uno de esos días.

El mensaje preguntaba cómo escribir batallas, elemento de mucha complejidad en cualquier novela, independiente del género al que pertenezca. Y aunque le he contestado y parece que más o menos le ha venido bien, me ha gustado tanto el tema que he querido ampliarlo en esta pequeña entrada.

Cuando uno se plantea narrar una batalla, piensa en caos, ruido, movimientos simultáneos, personajes que actúan al mismo tiempo... Y el miedo aparece rápido: si cuento todo, el lector se desubica; si simplifico demasiado, la escena pierde fuerza; si cambio mucho de punto de vista, te voy a marear; si no cambio, se vuelve plana...

Lo que tenemos claro siempre (creo) es cómo empieza y cómo termina. Incluso qué debería suceder entre medias. Así que el problema no es ese, sino cómo contarlo.

Mi consejo ha sido poco épico: ve a leer batallas que te gusten. Desmóntalas. Fíjate en los verbos. En cómo alternan frases cortas y largas. En cuándo el autor se detiene en una sensación concreta y cuándo acelera. En cuánto tiempo seguimos a un personaje antes de saltar a otro. En qué se elige mostrar y qué se deja fuera.

Pura técnica. Una oración corta, con palabras de sonoridad fuerte, golpea: corta el aire, acelera el pulso, transmite urgencia. Una oración más larga, en cambio, permite respirar, ordenar, matizar; introduce pausa y profundidad. Abusar de las frases breves convierte el texto en un martilleo agotador; abusar de las largas lo vuelve espeso, pesado, difuso. La clave no está en elegir una u otra, sino en alternarlas con intención.

Hace tiempo me pasó algo parecido con una escena muy distinta: una reunión en la que participaban muchos personajes. Demasiados. No sabía cómo distribuir las intervenciones. No me resultaba orgánico que alguien apareciera, se presentara y luego no volviera a hablar, pero tampoco podía permitir que veinte personajes tuvieran su turno completo porque el capítulo se convertía en una asamblea interminable.

No sabía cómo hacerlo funcionar.

Así que fui a buscar un ejemplo que siempre me había parecido complejo y fluido a la vez: el Concilio de Elrond, en La Comunidad del Anillo (sí, he dicho fluido... ¡Y lo mantengo!).

Leyéndolo con atención aprendí lo siguiente: no todos los personajes están para ocupar el mismo espacio. El foco no es democrático, es narrativo. Algunos intervienen para cumplir una función concreta y después se apartan. Sin más. La sensación de conjunto no depende de cuánto habla cada uno, sino de cómo se ordenan las intervenciones.

Con las batallas ocurre igual. No hay que contarlo todo, sino elegir desde dónde se cuenta. Decidir qué momento merece quedarse en primer plano y cuál puede quedar sugerido.

Bueno, hablo de batallas y reuniones, pero entra cualquier obstáculo al que una escritora o un escritor se puedan enfrentar. Y, para mí, la respuesta está en mirar cómo lo resolvieron otros antes que nosotros.

Así de fácil.

Ya, después, aplicarlo a lo que queremos contar.

martes, 24 de febrero de 2026

Espera sentado, colega


¡¿Cómo es posible tardar tanto en publicar la continuación de una saga cuando uno vive de escribir?!

Lo digo sin ánimo incendiario (bueno, un poquito, ya sabes), pero, sobre todo, desde la genuina perplejidad de lector.

Pienso, inevitablemente, en nombres como George R. R. Martin o Patrick Rothfuss. Autores consagrados, profesionales, con contratos sólidos, equipos editoriales detrás y una legión de lectores esperando desde hace años el siguiente volumen de sagas que ya forman parte de la historia reciente del género. Entiendo (de verdad que lo entiendo) que escribir obras del calibre de Canción de hielo y fuego o El nombre del viento no es tarea menor. Son proyectos descomunales, ambiciosos, técnicamente complejos, con tramas entrelazadas, coherencia interna milimétrica y una presión mediática que no debe de ser fácil de gestionar.

Hasta ahí, de acuerdo.

Pero también veo, cada vez más, autores independientes (autoeditados o no) que publican sagas muy bien elaboradas, coherentes, con mundos sólidos y personajes memorables, que no tienen nada que envidiar a las grandes referencias del género. Algunos podrán establecer un marco comparativo en el que digan que no están al mismo nivel de calidad. Puedo estar más o menos de acuerdo. Otros dirán que no son tan ambiciosas. También puedo conceder eso. Porque sí, he leído a los grandes y soy consciente del trabajazo que implica levantar estructuras narrativas de ese tamaño.

Sin embargo, también he leído otras muchas sagas que funcionan. Que enganchan. Que cumplen. Que... se salen.

Y no voy a mencionar a Sanderson. Ese hombre juega en una liga que no pertenece al mundo terrenal.

Además, los grandes autores no están solos. Las editoriales coordinan calendarios, aportan editores de mesa, correctores de estilo, correctores ortotipográficos, lectores cero, editores de continuidad y de lore, asesores históricos, equipos de marketing, planificación estratégica de lanzamientos, estudios de mercado, campañas internacionales… Es un engranaje enorme que, en teoría, debería facilitar el proceso.

Por eso, incluso asumiendo que sus sagas estén por encima de muchas independientes, me sigue resultando difícil imaginar los verdaderos motivos por los que no llegan esas continuaciones tan pedidas. Cuando trabajaba en la librería tenía teorías relacionadas con el marketing editorial, con la creación de expectación artificial o con estrategias de posicionamiento. Hoy, sinceramente, ya ni eso me termina de cuadrar.

No quisiera terminar esta entrada sin hablar de mis libros, qué menos.. La Saga del Trueno y el Hacha comenzó en 2018 con El Indigno Campeón, continuó en 2020 con La Compañía Exánime y en 2024 llegó La Rosa Argéntea. He intentado intercalar proyectos entre una entrega y otra para no fatigarme y, sobre todo, para no convertir la saga en una obligación asfixiante. No vivo de esto. Presionarme para cerrar rápido cada arco solo conseguiría bajar la calidad y aumentar el estrés.

Si no me fallan los cálculos, en 2026 escribiré la cuarta parte, cuyo título provisional es El Sendero Arcano. Después pararé un par de años para abordar una novela especialmente ambiciosa, y más adelante encadenaré la quinta y la sexta entrega, que cerrarán definitivamente la historia.

¿2030 es una buena estimación para el final? Ojalá. Quizá. El tiempo siempre tiene la última palabra.

En cualquier caso, mientras gocemos de buena salud y las ideas sigan apareciendo, la saga irá llegando. No a golpe de calendario impuesto, sino al ritmo que permita que cada libro esté a la altura de lo que merece ser contado (pero no tanto como Vientos de Invierno, prometido).

jueves, 19 de febrero de 2026

De azul y verde



Hay días en los que siento una necesidad difícil de explicar, y que en redes suelo resumir con una expresión que a algunos os parecerá extraña: necesito llenarme de verde y azul. No quiero que parezca un acto poético ni una manera rebuscada de decir que me apetece perderme en la naturaleza. Es, más bien, la forma más aproximada que he encontrado para describir una carencia que no es exactamente física ni emocional, pero que se parece bastante a ambas.

El verde y el azul (aquí) no son solo colores. Son la suma del cielo abierto y la tierra viva, de las hojas que se mueven con un viento que no entiende de horarios y de ríos que siguen su curso sin preocuparse por llegar a ninguna parte. Cuando paso demasiado tiempo entre paredes, pantallas y obligaciones, noto que algo en mí empieza a tensarse. No es un agotamiento dramático, sino una especie de desajuste. Como… Como si las piezas no encajaran del todo.
Entonces aparece esa necesidad.

No voy al monte con la intención de pensar en grandes cuestiones ni de encontrar respuestas. De hecho, casi siempre llego cargado de pensamientos pendientes, de ideas por resolver, de una voz interior que me acompaña incluso cuando no la invito. Sin embargo, a medida que camino y el cuerpo encuentra un ritmo que no depende de notificaciones ni relojes, algo se recoloca por sí solo.

He pensado muchas veces que escribo para acercarme a lo que anhelo. La escritura, al menos para mí, es un intento de dar forma a aquello que todavía no comprendo del todo. Es un movimiento hacia algo: una búsqueda de sentido, de claridad o, simplemente, de coherencia. Cuando escribo, estoy tendiendo un puente entre lo que soy y lo que intuyo que podría llegar a ser.

En el verde y el azul, en cambio, no existe esa distancia.

No desaparece el que escribe, pero tampoco necesita afirmarse. No tengo que demostrar nada ni proyectar una versión mejorada de mí mismo. Camino, respiro, escucho el agua o el crujido de las ramas, y esa experiencia basta. Entiendo que todo sucede en mi interior, que no hay nada mágico en los árboles más allá de lo que yo percibo. Y aun así, la sensación roza lo espiritual en el sentido más sencillo de la palabra: estar siendo sin tener que explicarlo.

Quizá por eso, cuando estoy allí, no siento la urgencia de escribir. Ni de hablar. No renuncio a las palabras, pero no me falta nada por nombrar. Me he llenado de verde y azul y he dejado de estar fragmentado. Y en esa forma de plenitud encuentro algo que, fuera de ese espacio, sigo intentando alcanzar con tinta y papel.

martes, 17 de febrero de 2026

Cerrando una etapa, abriendo otra



La vida tiene una forma curiosa de recordarnos que todo es transitorio. Acumulas cambios en silencio hasta que, de pronto, te detienes un instante, miras alrededor y comprendes que estás cruzando el umbral de una nueva etapa.

En muy poco tiempo se me han juntado varios acontecimientos que, hace apenas un año, habría contemplado como posibilidades remotas (reales, sí, pero lejanas). Por un lado, he terminado por fin de trabajar en el manuscrito de El Cetro de los Reyes, cerrando así un proceso largo, exigente y profundamente enriquecedor. Poner el punto final a una novela siempre provoca una mezcla difícil de describir: alivio, orgullo, nostalgia anticipada y, casi de inmediato, una inquietud propia del que escribe: esa necesidad de preguntarse qué vendrá después.

Pero la escritura no ha sido el único movimiento importante. En breve tomaré posesión de una plaza de funcionario en Madrid, una circunstancia que, por sí sola, ya bastaría para sacudir cualquier vida asentada. Lo hace aún más si pienso que nunca he salido de mi Albacete natal y que, por tanto, este traslado implica algo más que un cambio geográfico: es también una forma de empezar de nuevo.

Entre ambos hitos hay otro que no quiero pasar por alto. Durante este tiempo he formado parte de un trabajo al que llegué casi de rebote. En principio solo iba a echar una mano durante un par de meses, apenas contabilizar unas facturas, pero lo provisional fue echando raíces hasta convertirse en algo sólido, en un lugar propio dentro de mi rutina y, me atrevería a decir, dentro de mí. Abandonarlo ahora no resulta sencillo. Nunca lo es despedirse de aquello que, sin pedir permiso, ha terminado formando parte de nuestra identidad cotidiana.

Todo esto conlleva un caudal de emociones que intento gestionar de la mejor manera posible. Sería absurdo negar que me está resultando difícil. Los cambios, incluso cuando apuntan a un horizonte mejor, tienen siempre algo de vértigo. Sin embargo, también traen consigo una energía particular, una sensación de movimiento que obliga a crecer.

Si algo he aprendido es que las etapas no se cierran para dejarnos en el vacío, sino para empujarnos hacia la siguiente.

En cuanto me asiente en esta nueva vida (espero no tardar demasiado) quiero volver a mirar hacia la escritura con la misma determinación de siempre. Mi intención inmediata es llevar La Compañía Exánime a plataformas digitales, abrirle nuevos caminos, y después comenzar a trabajar en la cuarta parte de El Indigno Campeón (va tocando). Pensarlo me devuelve a una certeza que nunca falla: pase lo que pase alrededor, escribir sigue siendo mi forma más natural de habitar el mundo.

¡Ah, sí! También quiero completar mis estudios. De eso nunca os he hablado, pero... tiempo al tiempo.

Quiero mostrarme optimista. No será fácil y, desde luego, no será tranquilo al principio. Habrá días de desorden, de adaptación y de cansancio, como ocurre siempre que uno decide avanzar. Pero confío en que se trata de un cambio a mejor y en que, si todo sigue su curso, dentro de un año seguiré siendo optimista… y bastante más relajado.

lunes, 2 de febrero de 2026

El Cetro de los Reyes: qué fue, qué es, qué será


Hay momentos en la vida de un escritor en los que uno siente que está cerrando un círculo que comenzó muchos años atrás, probablemente sin saberlo. Hoy quiero hablar de uno de esos momentos, porque El Cetro de los Reyes está a apenas unos pasos de quedar terminado y preparado para iniciar una nueva etapa: la búsqueda de una casa editorial que quiera acompañarnos en esta aventura. Aún queda ese último repaso minucioso que toda novela pide cuando ya parece concluida —pequeños detalles, sugerencias de los lectores beta, ajustes casi invisibles—, pero la sensación es inequívoca: el viaje de la escritura toca a su fin y empieza otro muy distinto, igual de incierto y quizá más vertiginoso.

Este proyecto nació de la mejor manera posible, que es como nacen muchas de las cosas importantes: de la amistad y de una pasión compartida que venía de lejos. El Cetro de los Reyes comenzó a tomar forma junto a Juan Antonio Sánchez, amigo de toda la vida, alguien con quien he compartido durante años el entusiasmo por imaginar historias, por preguntarnos qué habría más allá del mapa, por construir tramas sin siquiera sentarnos a escribirlas. Yo siempre he sido más de novelas, de dejar que la imaginación corra libre hasta encontrar un hilo del que tirar; él, en cambio, posee una mente analítica y una curiosidad incansable por la historia, en especial por todo lo relacionado con el mundo templario. Su aportación ha sido decisiva, no solo en la verosimilitud de la trama, sino en la riqueza de datos y matices que sostienen la narración y le dan peso. Estoy convencido de que sin su mirada la novela sería otra, probablemente más ligera, tal vez más cómoda, pero desde luego menos viva.

Recuerdo con especial claridad las primeras reuniones en las que empezamos a levantar los cimientos de la historia. Las ideas fluían con una facilidad desconcertante, como si la novela hubiera estado aguardando pacientemente el momento de ser escrita (os habrá pasado con muchas de las vuestras). Construimos una trama sólida, llena de posibilidades, sin un solo conflicto creativo. Todo parecía encajar con una naturalidad sospechosa. Pero esa armonía inicial era solo el prólogo de lo que vendría después, porque la verdadera prueba comenzó cuando nos enfrentamos a la primera página y descubrimos que escribir una novela a cuatro manos es un desafío mucho mayor de lo que la ilusión permite imaginar.

Las diferencias creativas a la hora de desarrollar la historia se convirtieron pronto en el principal obstáculo, aunque con el tiempo comprendí que quizá sería más justo llamarlo aprendizaje. No se trataba de desacuerdos estériles ni de una lucha por imponer una visión, sino de algo más complejo: dos maneras de entender el ritmo, el tono, las decisiones que afectan al destino de los personajes. Hubo escenas que exigieron ser repensadas desde sus cimientos, caminos narrativos que parecían claros hasta que dejaron de serlo y momentos en los que resultó imprescindible detenerse, escuchar y aceptar que la mejor solución no siempre era la que uno había imaginado. Escribir esta novela me obligó a ejercitar una disciplina que a menudo se pasa por alto cuando se habla del oficio: la humildad. Aprender a ceder, confiar en el criterio del otro y comprender que la historia siempre debe estar por encima del ego terminó por fortalecer el libro de una manera que ahora considero irrenunciable.

Comenzamos a escribir en febrero de 2025 y pusimos el punto final al primer borrador en noviembre. Dicho así parece un trayecto limpio, pero quienes han atravesado la escritura de una novela saben que el tiempo se comporta de forma extraña durante ese proceso: hay semanas en las que las palabras avanzan con una energía feroz y otras en las que cada párrafo pide una batalla distinta. Después llegaron dos correcciones completas en las que el texto fue despojándose de todo aquello que sobraba mientras intentábamos que emergiera con mayor claridad la novela que queríamos contar. Ahora afrontamos una última revisión centrada en esos detalles mínimos donde, en realidad, muchas veces se decide la verdadera calidad de un libro.

Si algo me ha dejado este recorrido, además de un cansancio feliz difícil de describir, es una certeza sobre mí mismo como escritor. Durante años he transitado distintos territorios —la fantasía, la ciencia ficción, el realismo...—, pero esta novela me ha hecho mirarme con honestidad y reconocer cuál es el lugar al que siempre regreso. Mi pasión está en las novelas de aventuras, da igual la ambientación. En esas historias donde los protagonistas deben enfrentarse a desafíos que los llevan al límite, donde el peligro es una presencia constante, y donde cada decisión empuja a los personajes un poco más lejos de adonde creían llegar. Son los libros que me formaron como lector y, de alguna manera, también los que han terminado por definirme.

Mientras escribía El Cetro de los Reyes pensé muchas veces en aquellas lecturas de infancia que despertaron en mí el deseo de contar historias. Entonces estaba convencido de que escribir debía de ser exactamente eso: construir mundos en los que siempre pareciera latir una promesa de descubrimiento. Hoy, al mirar esta novela casi terminada, tengo la sensación íntima de haber cumplido un trato que ni siquiera sabía que me había hecho.

Ahora llega el momento de dejarla marchar. Buscar editorial implica aceptar una pérdida inevitable de control y, al mismo tiempo, abrir la puerta a la posibilidad de que la historia encuentre a sus lectores. Ojalá las noticias no tarden en llegar, aunque la experiencia me ha enseñado que en este mundillo conviene caminar con esperanza, pero sobre todo con paciencia.

Hay, además, una convicción que ha acompañado este proyecto desde el principio y que con el tiempo no ha hecho más que afianzarse: la novela de aventuras, la de toda la vida, no ha muerto. Sigue teniendo mucho que aportar y, me atrevería a decir, puede convertirse en un soplo de aire fresco dentro del catálogo actual. Vivimos en la época en la que más libros se publican, rodeados de una aparente variedad inagotable, y sin embargo se percibe una cierta tendencia a la repetición, como muchas historias persiguiendo los mismos caminos. Frente a eso, reivindico la aventura como un territorio todavía fértil, capaz de devolvernos algo que nunca debería perderse: el sentido de la maravilla.

Eso es, en el fondo, lo que me gustaría que encontraran los lectores cuando algún día se adentren en estas páginas. Que recuerden la emoción de no saber qué aguarda tras la siguiente escena, el impulso irreprimible de seguir leyendo un capítulo más, la alegría de emprender un viaje sin moverse del sitio. Si esta novela consigue provocar aunque sea una parte de esa sensación, todo el esfuerzo habrá valido la pena.

jueves, 29 de enero de 2026

El trabajo de escribir (y otras exageraciones)


Leo a menudo en redes sociales, sobre todo Threads, montones de mensajes acerca del “trabajo de escribir”. Debo decir que me chirría un poco. No porque escribir no requiera esfuerzo, tiempo o dedicación, sino porque, si nos atenemos a la definición más habitual de trabajo, la cosa no termina de encajar. Un trabajo, al menos en su forma más básica, implica ingresos periódicos, obligaciones fiscales, responsabilidades contractuales y cierta estabilidad económica. Y para la inmensa mayoría de escritoras y escritores, sobre todo los de internet, esa no es la norma, sino la excepción. Muchos son los que dicen que, al ser un trabajo, deben ser considerados como profesionales y se comparan a cualquier otro oficio (véase, por ejemplo, electricistas u oficinistas), pero... no, qué va, eso no es así.

Estos mismos arquitectos de historias suelen coincidir, además, en que aparte de ser un trabajo, es uno muy duro y poco valorado. Y aquí voy a ser claro: no, NO ES CIERTO. Ser escritor no es duro. Es, de hecho, de las cosas más "blandas" que existen. Probablemente, por debajo de esto, quizás, está el ser heredero. Poco más habrá.

Si queremos hablar de trabajos duros de verdad, miremos aquello que alguna vez sacan en noticiarios: personas que bajan a minas donde un error puede costar la vida; pescadores en alta mar jugándose el pellejo contra tormentas reales; bomberos entrando en edificios en llamas; trabajadores que limpian alcantarillas, manipulan residuos tóxicos o levantan toneladas de peso día tras día. Eso es dureza. Eso es desgaste físico, peligro real, cuerpos que se rompen y noches que no se duermen.

Ah, ¿eso es exagerar? También tenemos ejemplos cotidianos igual de contundentes. Médicos encadenando guardias interminables, tomando decisiones críticas con ojeras hasta la barbilla. Enfermeras trabajando a turnos imposibles, cargando con el dolor ajeno como rutina. Obreros bajo cuarenta grados en verano, con el sol cayéndoles encima como un martillo. Gente en el campo, levantándose de noche, dependiendo del clima, del mercado y de la resistencia del propio cuerpo. Profesores en centro educativos de zonas marginales, intentando controlar a niños que traen la violencia de casa. Eso es cansancio. Eso es sacrificio. Eso es dureza.

Comparar eso con sentarse a escribir en una habitación tranquila, con café caliente y conexión a internet, me parece una exageración difícil de defender.

¿Que escribir puede ser frustrante? Sin duda. ¿Que a veces lo hacemos sin apoyo, o incluso contra la incomprensión de familiares y amigos? También. ¿Que puede doler que no te lean, que no te publiquen o que no vendas? Claro. Pero eso, siendo honestos, no convierte la escritura en algo duro: la convierte, como mucho, en algo emocionalmente incómodo a ratos. Y aun así, pese a ciertas semejanzas, sigue sin ser un trabajo. Más se parece a una afición vocacional (como practicar un deporte o tocar en un grupo de música) que a una labor que te arranca años de vida.

Ahora bien: que no sea duro no significa que no sea serio.

Escribir puede no romperte la espalda, pero sí exige compromiso si quieres hacerlo bien. Exige constancia. Exige aceptar que mejorar lleva tiempo. Exige leer, revisar, corregir, fallar, volver a intentarlo. Exige tomárselo en serio. Y tomárselo en serio también implica no convertir cada tropiezo en un drama público, ni cada frustración en una estrategia para dar lástima en redes.

Aprovecho esta entrada también para abordar un tema íntimamente relacionado con esto, y que quizás aclare el punto a quienes no están de acuerdo con lo antes expuesto: no es lo mismo escribir porque quieres contar historias, llegar a lectores y construir con el tiempo un legado literario, que escribir como acto social, ya sea para generar conversación, visibilidad o contenido en redes sociales. Ambas opciones son lícitas. No voy a despreciar ninguna. Cada cual escribe por los motivos que quiere y ninguno es mejor que otro.

Pero, si soy honesto, me interesa mucho más el primero.

La idea del juntaletras que quiere dejar algo que sobreviva a la inmediatez, mirar atrás dentro de unos años y sonreír por el trabajo hecho, por los mundos creados y las historias contadas. No porque sea duro, sino porque, aun sin serlo, puede ser profundamente significativo si se aborda con respeto, paciencia y un mínimo de ambición artística.

Escribir no tiene que ser un trabajo, pero, si te lo tomas en serio, al menos merece que lo trates como algo importante.

lunes, 26 de enero de 2026

En defensa de la tradición

Esta entrada es una ampliación de una reflexión que compartí en Threads. Sentí que la red se me quedaba pequeña para expresar mis ideas.

Como escritor, lector empedernido y aprendiz perpetuo, disfruto enormemente de seguir aprendiendo. No solo sobre literatura, sino también sobre lengua, estilo, estructura y todo aquello que, poco a poco, va afinando la mirada. Me gusta rodearme de cuentas, blogs (sobre todo blogs, por la intimidad que transmiten), autores y proyectos que amplían mi criterio, que me obligan a replantearme ideas y que me recuerdan que escribir bien no es un punto de llegada, sino un camino continuo.

En los últimos tiempos he notado un rechazo (minoritario, pero bastante ruidoso) hacia la tradición literaria y las normas que hemos heredado. No lo menciono desde la crítica ni desde la superioridad, sino desde una sincera sensación de desconcierto. Me interesa entender de dónde nace esa postura y qué la alimenta.

Comprendo, por supuesto, el deseo de romper moldes. La literatura siempre ha avanzado gracias a quienes se atrevieron a tensar los límites. Además, muchas corrientes del pasado ya no conectan con nuestra sensibilidad actual, y algunas arrastran valores que hoy miramos con distancia o directamente con incomodidad. Es lógico querer escribir desde el presente y no desde una nostalgia impostada.

Lo que me cuesta más entender es el rechazo frontal a conocer la tradición. No hablo de obedecerla ciegamente ni de convertirla en una ley inamovible, sino de comprenderla. De saber de dónde venimos. No se trata de conservadurismo, sino que tengo claro que solo entendiendo el pasado podemos escribir el presente con mayor intención y mayor conciencia.

En mi caso, mejorar como escritor pasa por no dejar de aprender. Por formarme cuando puedo. Por leer fuera de mi zona de confort. Por adentrarme en libros que nadie me ha recomendado. Por comparar estilos, géneros, voces y formas de narrar que no se parecen en nada a la mía.

Esto no va de imitar. Tampoco de jerarquizar. No quiero, ni mucho menos, decidir quién es mejor. Solo busco entender (esa es la palabra: entender). Entender qué diferencia mi literatura de la de tuya. Qué hace único a cada género. Por qué unas historias se cuentan de una manera y no de otra. Por qué escribimos como escribimos.

Creo que la tradición no es una jaula. Es, más bien, algo así como un mapa.
Y un mapa no te obliga a seguir un camino concreto, pero sí te ayuda a saber dónde estás, de dónde vienes y qué rutas existen, incluso si decides no recorrerlas.

Pero, en fin, aunque no me convenzan esos dos conceptos, yo siempre fui un escritor de mapa.

miércoles, 14 de enero de 2026

Contando estrellas, perdiendo el norte




No dudo de las intenciones. Quiero empezar por ahí porque me parece importante. No dudo de que la mayoría de quienes escriben hoy lo hacen con la voluntad sincera de contar buenas historias, de desvelarnos por las noches cuando los estemos leyendo. Tampoco de que muchos aspiren a algo más que entretener: a dejar poso, a trascender, a dialogar con otros lectores. Son aquellos que quieren expresar sus ideas, emociones, preocupaciones y anhelos a través de una buena historia. Al fin y al cabo, de eso va la literatura, se supone. Sin embargo, cada vez me cuesta más no sentir que algo se ha desplazado, que el eje se ha movido hacia un lugar demasiado digital y cuantificable.

Si esto siempre ha ido de letras, hoy todo parece girar en torno a los números. Y no, no me toméis por iluso, que sé que siempre han tenido un papel importante en la industria editorial y que esto es lo que ha hecho que disfrute de un lugar privilegiado en el entretenimiento y la cultura de nuestro tiempo. Pero navego en internet unos minutos y todo gira en torno a seguidores, ventas, posicionamiento, reseñas, estrellas. Cuántas y de cuántas. Rankings, algoritmos, visibilidad. No importa tanto qué se cuenta, sino cuánto se mueve. Y no solo hablo de editoriales o plataformas, que es a lo que estamos acostumbrados, sino de los propios autores, que han terminado asumiendo un papel que va mucho más allá de escribir. Ya no basta con ser escritor: hay que ser emprendedor, estratega, community manager, analista de datos y, si me apuras, vendedor de uno mismo.

Pero, ¿hasta qué punto?

Se nos dice que hay que cuidar la marca personal, optimizar publicaciones, elegir bien las horas, el tono, el formato. Cada detalle cuenta. Una mala foto, un texto demasiado largo o una reflexión que no invite al “engagement” puede penalizarte. Y todo eso acaba creando una sensación extraña: la de estar constantemente midiendo, ajustando, corrigiendo no ya la obra, sino la imagen que proyectas. Como si escribir fuera una parte menor de un proceso mucho más amplio cuyo verdadero objetivo es no desaparecer del feed.

¡El feed, el engagement, el algoritmo! ¡Cómo odio esas palabras!

He visto en Threads —y en otros sitios— a usuarios más preocupados por su estatus que por su propia novela. Quizás estás pensando que me refiero a la escasa calidad que tiene, la poca dedicación por el resultado de la misma, pero no, no va por ahí la cosa... Hablo de una promoción pobre, reducida a capturas de pantalla de Amazon, a gráficos ascendentes o descendentes, a lamentos públicos sobre lo mal que va todo o a la exaltación de elevado número de valoraciones positivas. Libros que existen casi exclusivamente como prueba de fracaso o éxito, nunca como historias. ¿Sabes? No sé de qué narices va la mayoría de las novelas que me encuentro en redes, pero sí lo que han vendido en Amazon y si tienen más o menos de 700 reseñas (y, por supuesto, cuántas estrellas). Porque sí, algunos autores no hablan de sus obras; solo de sus cifras. ¿Es esto literatura? Y, voy ahora con algo que ya he repetido hasta la saciedad... cuando los números no acompañan, el discurso se convierte en queja constante.

Entiendo la frustración. Publicar y no vender duele. Escribir durante meses o años y sentir que nadie te lee puede descolocar a cualquiera. Pero cuando la conversación se queda en eso, cuando todo se reduce a “no vendo”, “el algoritmo me castiga”, “esto está amañado”, algo se rompe. Porque la literatura, al menos para mí, nunca ha sido un informe de resultados. Convertirla en eso no solo no soluciona nada, sino que añade una capa más de desgaste.

En esta especie de carrera —que ya ni siquiera parece ir dirigida a la fama, sino a... pues no lo sé, la verdad, ya no sé qué dirección toma— no me encuentro cómodo. No es algo puntual, llevo meses dándole vueltas. Basta con echar un vistazo a este blog para ver hacia dónde me estoy moviendo. Entradas como Elijo la lentitud no nacen por casualidad, sino como respuesta a una incomodidad creciente. A la sensación de que todo va demasiado rápido, de que hay que estar siempre presente, siempre activo, siempre demostrando algo.

Demostrando, demostrando...

Por eso cada vez me ronda más la idea de volver a los inicios. A cuando escribía sin pensar tanto en cómo me iba en redes. A cuando compartía mis textos con la gente cercana, con lectores concretos, con nombres y apellidos. A cuando no estaba pendiente de estadísticas ni comparaciones constantes. Curiosamente —o quizá no tanto—, fue entonces cuando mejor me fue en términos de ventas y elogios. A lo mejor es porque estaba centrado en escribir, en transmitir lo que hacía de verdad, no en medir.

Ojo, no estoy diciendo que haya que renunciar a todo lo digital ni que el sistema anterior fuera idílico. Tampoco que no importe vender o llegar a lectores. De hecho, no le digo a nadie lo que tiene que hacer, que ya bastante tengo con decidirme yo. Pero sí creo que algo se desdibuja cuando el foco se coloca exclusivamente en lo inverso a la palabra. Cuando el éxito se mide en estrellas y posiciones. Cuando el escritor deja de ser alguien que cuenta historias para convertirse en alguien que gestiona su propia visibilidad.

No sé, quizá no se trate de ir hacia atrás, sino de recuperar algo que hemos ido dejando por el camino. Un poco de silencio. Un poco de tiempo. Un poco de confianza en que escribir bien, escribir con honestidad, sigue teniendo sentido aunque no siempre se traduzca en cifras inmediatas.

Y aunque me hubiera gustado despedirme con el párrafo anterior, que es muy de final de entrada de blog, y anticipándome a lo que puedan decir los que entienden solo lo que quieren entender, si eres un autor que gusta de compartir tus resultados en redes y, además, consideras que hablas mucho de los encantos de tu novela, pues en esta entrada no estoy hablando de ti, sino de los que dejan de lado esto último.

Lo digo solo por si acaso.

martes, 6 de enero de 2026

Hoy salí a caminar



Escribo esto con los dedos todavía entumecidos por el frío. No es una metáfora, es totalmente cierto: cuesta que respondan como deberían, pero todo sea escribir un poco más despacio hasta que entren en calor.

Está siendo un mes complicado para mí. Bueno, enero acaba de empezar, pero pongamos que lo arrastro desde diciembre. No entraré en detalles porque no hace falta. Basta saber que en un balance de momentos buenos contra momentos malos, ganan los segundos por goleada.

Hoy, martes, día de Reyes, decidí salir a caminar. Sin un rumbo claro, sin un objetivo concreto. He sido una suerte de senderista urbano, recorriendo calles en lugar de montes y orientándome más por el ánimo que por cualquier mapa.

No ha estado mal; he caminado durante casi cuatro horas. He pasado por calles que conozco de memoria —trayectos que podría recorrer con los ojos cerrados— y también por unas poquitas que no. Muy pocas, la verdad, pero suficientes para sentir una pequeña chispa de descubrimiento que aún sobrevive en lo cotidiano.
El día ayudaba. Festivo, frío, tranquilo. Apenas gente fuera de su hogar y muy poco tráfico, como si la ciudad fuera solo para mí. El frío, supongo, disuadió a muchos de salir, y eso convirtió las calles en un lugar más respirable. He disfrutado de un silencio relativo fruto de una extraña combinación: el calendario y la temperatura se han puesto de acuerdo para favorecerme.

He visto caer la tarde casi sin darme cuenta. Primero el cielo apagándose poco a poco, dejando un hermoso degradado de colores cálidos bajo un impasible añil. Luego el anochecer se ha impuesto con decisión. Me he detenido a observar edificios que llevo años esquivando toda la vida sin prestarles atención, descubriendo en sus fachadas tanto formas dignas de admirarse como auténticos despropósitos —esto es Albacete, no hay otra—.

Durante el paseo... No, retiro lo de paseo: durante mi excursión urbana he cambiado el ritmo muchas veces. A ratos más rápido, a ratos más lento. ¿Sabéis?, me era necesario. El cuerpo y la cabeza pedían cosas distintas y he procurado escuchar a ambos. Me lo han agradecido.

Al final, como en casi todas las historias que comienzan con una persona que camina, he vuelto a casa. No hay un giro de guion digno en este relato, no, ni falta que hacía. No lo buscaba. Los problemas no se han solucionado, qué va. Sería ingenuo esperar algo así. Pero he vuelto más ligero. Como si hubiera ido dejando por el camino pequeñas piedras hechas de mal humor, de preocupaciones, de ruido interno. Ahora hay calma. Y con un poco de calma, al menos, me será más fácil sentarme a pensar cómo mejorar todo lo demás.

martes, 30 de diciembre de 2025

Elijo la lentitud

 


Creo que no me gustan los propósitos de año nuevo. Siempre me han sonado a listas hechas por obligación, a compromisos que se rompen antes de que febrero se pronuncie. Sí creo, sin embargo, en elegir. Y para 2026, si tengo que elegir algo, elijo la lentitud.

No hablo de dejar de hacer, ni de aislarme del mundo, ni de volverme un eremita. Necesito bajar el ritmo. Dejar de consumir series, películas, libros y videojuegos como quien pasa páginas sin leerlas, acumulando títulos solo para poder tacharlos de una lista invisible. Últimamente todo parece empujarnos a eso: a ver más, leer más, jugar más, opinar más. Y aunque nadie lo plantee como una competición, a veces se siente exactamente así.

Siempre decimos que antes estábamos mejor. Y solemos achacarlo a la edad, a la falta de responsabilidades, a la ingenuidad. Puede que haya algo de eso, claro, pero antes también había otra cosa: atención. Estábamos más presentes en lo que hacíamos. Una película era una experiencia completa. Un libro ocupaba días, incluso semanas. Un videojuego no se devoraba, se habitaba.

Y ahora, en cambio, es fácil saltar de una cosa a otra sin terminar de estar en ninguna. Ver un capítulo mientras miras el móvil, leer sin dejar que las palabras calen, jugar con la cabeza en otro sitio. Todo pasa, pero poco se queda. Y eso, poco a poco, va vaciando las experiencias de peso.

Por eso quiero intentar ir despacio. Elegir menos cosas y dedicarles más tiempo. Terminar una historia sin pensar en la siguiente. Volver a disfrutar del silencio que queda cuando algo se acaba y no hay prisa por rellenarlo. No hacerlo perfecto, no hacerlo de golpe, pero sí hacerlo consciente.

No es una renuncia ni una crítica a nadie. Es una decisión personal. Cada cual a lo suyo. Lo mío: un pequeño ajuste de rumbo. Porque, al final, se trata de vivir mejor lo que ya tenemos delante. Y para eso, al menos para mí, la lentitud empieza a parecer una forma muy honesta de resistencia.

viernes, 26 de diciembre de 2025

Mi año de escritura




No siempre pasa, y por eso me gusta dejar constancia cuando ocurre. O a lo mejor es algo que debería proponerme hacer anualmente; siempre es agradable echar la vista atrás y ver lo logrado.

Este año me marqué un objetivo literario y lo he cumplido. A pesar de que más de una vez he sentido que no me implicaba todo lo que quisiera, me he sentado el suficiente tiempo, he escrito, borrado, corregido y vuelto a empezar todas las veces que ha hecho falta. De eso va todo esto, de trabajar y avanzar, no de subirnos el ego en redes para después no hacer nada.

He escrito, al menos, diez relatos. Algunos nacieron con la idea clara; otros se fueron formando a trompicones, con paciencia. Muchos fueron para concursos, pero solo dos de ellos fueron seleccionados para formar parte de antologías a nivel nacional.

¿Solo dos? Lo digo como si no tuviera mérito colocar dos cuentos en un mismo año en revistas de altísima calidad como son Pulporama y Orgullo Zombi. Venga, lo corrijo: ¡Nada menos que dos!

Todos han cumplido su función: mantener la mano en movimiento y la cabeza despierta. Entre medias, escribí una novela entera. Ha sido mi mayor proyecto anual. El cetro de los reyes (un nombre que, sin más remedio, tendré que cambiar) ha ido creciendo poco a poco, capítulo a capítulo, hasta convertirse en algo completo. Una nueva aventura que he disfrutado en cada palabra escrita la cual homenajea a los autores clásicos del género. Claro, al terminarla, llegó la parte menos visible e igual de necesaria: la corrección. Se atascó unas semanas por motivos personales, pero ayer, día 25 de diciembre, conseguí acabarla.

Aún quedan un par de revisiones, sí, pero ya serán mucho más fluidas y agradecidas que la primera. Por mi parte, esta nueva historia ya es real.

Además, este año también he vuelto al origen. He revisado El Indigno Campeón, mi primera novela. Volver a ella ha sido un ejercicio extraño y honesto. He ajustado lo que el tiempo pedía ajustar, he pulido lo que la experiencia señalaba sin piedad, y he dejado intacta la esencia que la hizo nacer. No quería reescribirla, sino acompañarla hasta una nueva etapa. De ese trabajo ha salido una nueva edición que ahora también está disponible en digital, cerrando un círculo que llevaba años abierto.

No ha estado nada mal, ¿verdad? Pero es que, además, tuve tiempo de juntarme con unos cuantos colegas y organizar un pequeño evento literario llamado Universo Alternativo. Numerosos autores de la provincia de Albacete asistieron a Librería Herso para compartir experiencias, impartir charlas, talleres y crecer como comunidad, además de recibir la visita del Premio Minotauro y aprender muchísimo con él.

Esto no lo estoy compartiendo desde la euforia, sino desde una satisfacción tranquila. La sensación de haber cumplido conmigo mismo. De haber trabajado sin atajos ni facilidades (más bien, al contrario).

Ahora me toca respirar, pero poco tiempo. Porque sí, ya hay una larga lista de cosas por hacer para el año que viene.

miércoles, 17 de diciembre de 2025

El antilibro - Tú no eres el protagonista


¿Cómo va a caracterizarse un antilibro solo por tener unos agradecimientos de venganza al inicio? Sí, de acuerdo, eso es horrible, pero es poca razón para catalogarlo todavía como tal. Hoy os quiero hablar de algo peor, algo que, cuando el lector se da cuenta, la historia ya se ha echado a perder. Se trata del autor que se proyecta como protagonista. No solo eso, sino su versión idealizada. Más guapo, más listo, más valiente, más incomprendido. Y, para rematarlo, los hay capaces de ponerle su mismo nombre.

Conviene aclarar algo antes de seguir: es imposible escribir sin dejar rastros personales. Todos lo hacemos, sí. Las emociones, las heridas, las obsesiones y las victorias se cuelan en los textos aunque no se las invite, y eso no solo es normal, sino necesario. El problema surge cuando el libro deja de ser una historia y se convierte en un espejo pulido con mucho esmero, uno donde el autor se mira y se “reconoce” sin fisuras.

El protagonista de estos antilibros destaca en todo. Tiene talento, carisma, una sensibilidad superior y una vida interior compleja que el mundo no sabe valorar. Los demás personajes existen para confirmarlo: lo admiran, lo envidian o no están a su altura. No hay fricción real, porque cualquier conflicto acaba reforzando su grandeza. Y cuando el nombre del autor aparece en la portada y vuelve a salir, idéntico, en la ficha del personaje principal, todo se va al garete.

El lector deja de experimentar la trama como algo serio, entiende que todo lo que ocurre son deseos y anhelos privados de alguien que no ha sabido disimular y, de seguir leyendo, lo hace más por compromiso (si es que tiene relación personal con el autor) o por puro morbo de saber hasta dónde puede enaltecerse un escritor a sí mismo.

Estos casos son comunes en autores principiantes que cuentan historias de mundos fantásticos, ya sean repletos de magia o de naves espaciales. Siempre soñaron con protagonizar su propia historia (¿y quién no?) y creen que a ojos del resto funcionará igual que en su memoria. Pero, vaya, no es así.

He visto novelas hundirse por esto. Libros que partían de una idea interesante, pero que quedaban atrapados en el deseo del autor de gustarse a sí mismo. Libros que, un poco más trabajados, hubieran dejado atrás cualquier bestseller del género. Al final, el lector no encontraba una historia, sino una declaración.

Escribir implica distancia. Apartarse del texto y dejar que el personaje viva sin ti. No es fácil dejarlo volar libre, pero es imprescindible.

Amigo autor del antilibro: tienes mis respetos por lanzarte a escribir la historia que siempre has deseado, pero, si quieres compartirla con todos, recuerda respetarlos.

miércoles, 10 de diciembre de 2025

Martes, 1 de febrero de 2005

 


Hoy ha sido un día diferente. Bueno, diferente no; raro. Muy raro. Y bastante mierda, la verdad.

Estaba comiendo cuando me he enterado de que Gaspar, el vagabundo que siempre nos contaba de cuando vivía en Jaén y de cuando boxeaba en descampaos, se ha muerto. En los baños del parquecillo. No me han dicho nada más, pero sé de sobra por qué ha sido y me he llevado un palo, la verdad. Me lo ha contado la madre de Sebas, que está siempre mirando desde el balcón, que ha visto cómo lo sacaban dentro de una bolsa y lo metían al furgón. No era mi amigo ni nada, pero tenía buen rollo… o algo así. Yo qué sé. Era de esos tíos que parece que no tienen a nadie, y cuando se van, pues jode un poco más. No sé.

Bueno, no me he podido acabar las lentejas, se me ha hecho un nudo en el estómago, pero más o menos lo he llevado bien. Pedro no. Él estaba más unido a él, se bajaba a verlo y hablaban un montón de rato. A veces hasta hacía novillos por quedarse a echar la mañana con él, imagina lo que le habrá afectado. Le ha dado una neura y ha desaparecido. Me ha costado la vida localizarlo. Dos horas buscándolo, dando vueltas por el barrio.

He ido a ver a gente que me da bastante mal rollo. Alguno, hasta asco. Por ejemplo el camello del puente, que se cree gracioso. Cuando le he preguntado por él se ha descojonado y me soltado alguna tontería, y yo me cago cada vez que me mira a los ojos con la cara esa de loco y los cuatro dientes que le faltan en la boca, pero bueno, al final me ha dado una pista. Me lo he tomado como un logro, aunque sea una chorrada. Lo malo es que mientras buscaba a Pedro he ido pensando cosas chungas, no sé. La cabeza se me iba sola.

Al final lo he encontrado. Estaba sentado en el parquecillo de al lado de la parroquia, solo, con una litrona entre los pies. Eran las ocho y hacía un frío que flipas. Me he sentado a su lado sin decir nada. Él tampoco. Me ha ofrecido un trago, pero yo paso. Ya le he dicho mil veces que no me gusta la cerveza, y además mañana tengo examen. Pero mil veces más se lo voy a decir y le va a dar igual.

Al rato le ha llamado mi madre al móvil buscándome. Como yo no tengo, pues siempre llama al suyo. Pedro le ha contestado como si nadie se hubiera muerto, me lo ha pasado y después ha vuelto a hundir la mirada más abajo del suelo.
Me ha preguntado si voy a ir a cenar, y yo, mirando la litrona y a Pedro, que me ha parecido que sorbía los mocos, le he dicho que hoy no.

La cerveza ni tocarla. La ha comprado y ahí se ha quedado. Era algo como más simbólico. Después de un rato largo en silencio, ya hemos hablado un poco, frases sueltas, rollo “la vida es una mierda” y tal. Nada profundo, pero yo qué sé, suficiente. Nos ha sentado medio bien. La verdad es que estando con él me ha dado más pena lo de Gaspar.

De repente se me ha ocurrido algo. Le he dicho a Pedro que fuéramos a otro sitio. Me ha preguntado, pero no le he querido decir a donde. Ah, sorpresa. Hemos andando unos quince minutos y nos hemos sentado en el escalón de un soportal, que siempre está bastante resguardado. Nuestro Soportal. Desde ahí vemos el bloque de enfrente. He sacado el MP3 y he puesto Extremoduro. Ninguna canción en particular, las que me pasó Edu en el insti. Un auricular para él, otro para mí. Y ahí nos hemos quedado, sin más.

Al rato, en el cuarto piso del edificio de enfrente, se ha encendido una luz. Es la habitación de Irene. Irene la que le gusta a Pedro, no Irene Sáez. Venimos aquí solo para ver si está. Nunca le habla, y seguramente nunca lo haga, pero cuando se enciende la luz él se queda más tranquilo. Imaginamos en qué piensa, en si está estudiando, en si está escribiendo algún diario como nosotros. Yo que sé, a veces ni pensamos, solo miramos cómo se enciende la luz y nos quedamos ahí sentados. En Nuestro Soportal.

Le he dicho que igual algún día le mira, medio en broma medio en serio. Él se ha reído, pero muy flojito.

Hemos seguido un rato así, cada uno en su burbuja, con la música muy bajita, viendo la luz encendida como si eso significara algo. Y sí, igual significaba.

Luego he visto la hora y me he levantado guardando el MP3, porque de verdad tenía que irme. Mañana examen y todo eso. Pero justo cuando me estaba poniendo el gorro, Pedro me ha dicho:

—¿Ya te vas?

No lo ha dicho llorando ni nada, qué va, pero sonaba… no sé. Como vacío. Como con Gaspar habiéndose muerto.

Total, que he vuelto a sacar el MP3 y he puesto Marea.
Y nos hemos quedado ahí otro rato largo, callados. Ya recuperaré el examen cuando toque.

martes, 9 de diciembre de 2025

Xceptions y el vértigo de ver nacer un mundo



Durante aquellos meses de encierro, cuando las calles estaban vacías y el mundo contuvo la respiración, empecé a llenar mis horas de ciencia ficción, de batallas a bordo de naves espaciales y de héroes pixelados que escapaban de una pequeña aldea y terminaban enfrentándose a dioses. Entre novelas, videojuegos y películas, algo se encendió. Una luz tímida y rabiosa. De esa luz nació Xceptions.

Xceptions fue mi tercera novela. Tras las dos primeras historias de la Saga del Trueno y el Hacha, me desvié de la senda de fantasía medieval para adentrarme en una futurista. No buscaba contar una historia de explosiones ni de héroes agresivos e infalibles. Quise escribir sobre gente. Sobre emociones que se quedan pegadas a las costillas, sobre soledades que abren huecos y búsquedas que se alargan más allá de lo visible. Todo envuelto en una atmósfera que respiraba magia y desgaste al mismo tiempo, un paisaje de carreteras y desiertos que hablaba en susurros y sostenía el tema sin mentarlo.

Lo curioso fue darme cuenta de que, aunque mi cabeza siempre viajaba a un futuro catastrófico poblado por terribles seres extradimensionales, lo que más fuerza tenía en mí era el latido interno de los personajes. Sus dudas, sus miedos, sus maneras de querer. Aprendí escribiéndola que la aventura era solo el camino; lo que realmente empujaba la historia eran las conexiones entre los jóvenes protagonistas que se abrían paso sin que yo mismo me diera cuenta.
Hubo un día que recuerdo con especial cariño: antes de escribir una sola página, preparé un croquis enorme, una especie de mapa secreto lleno de flechas, notas y misterios. Se lo expliqué a mi pareja en una exposición que parecía sacada de una junta directiva. Ella escuchaba; yo hablaba sin parar, como si presentara un proyecto que tenía que defender con el alma. Pareciera estar buscando un aprobado, pero no me hacía falta, pues la novela ya había cobrado vida.

Cuando la editorial, un año y cuatro meses después de empezarla, me envió los primeros ejemplares, sentí vértigo. Había logrado lo que años atrás parecía un sueño imposible, una ilusión que se deshacía al tocarla.

Hoy Xceptions es, además de una aventura fascinante (es que esto hay que decirlo), una parte muy importante de mi carrera literaria y todo un recordatorio de que las metas se abren paso con paciencia, esfuerzo y silencio. Guardaré siempre en mi memoria los momentos en que muchos de los lectores, al acabarlo, me escribieron o se acercaron para decirme que el final los dejó descolocados, que los protagonistas les habían despertado empatía y que sus silencios tenían peso propio.

Últimamente le dedico casi mi tiempo de promoción a las novelas fantásticas, porque esto va por temporadas y ahora es lo que toca, pero me sentía en deuda con Xceptions. No solo con la historia, sino conmigo: quién fui antes, durante y después de escribirla.

Cuando el silencio llega

Durante semanas, el eclipse fue anunciado a bombo y platillo por todas partes. Supongo que era de esperar. Un evento así no ocurre todos los...