Cada libro que ha pasado por mis manos ha dejado algo. A veces gratitud; otras, inspiración; y algunas… como poco, desconcierto. Quien me conoce, sabe la de años que he trabajado en una librería, la de autopublicados que han pasado por mis manos. Poemarios y novelas de excelente calidad que han aportado granitos de arena en mi formación como escritor. Pero algunos otros libros han sido maestros de lo que no se debe hacer. ¿Me dejáis presentaros el concepto de antilibro?
He decidido dedicar unas entradas a esto. Las publicaré conforme me vengan, pero no esperéis que sean seguidas (ya sabéis que aquí, lo que se escribe, es sin compromiso). La idea no es burlarme, sino compartir. Y antes de empezar, quiero aclarar que respeto al autor siempre; a la persona que se sienta, escribe, corrige como puede y saca adelante aquello que un día fue una idea. Pero no necesariamente respeto la obra, del mismo modo que en otras ocasiones he respetado la obra sin poder decir lo mismo del autor. El antilibro nace de esa distancia incómoda: de reconocer el esfuerzo de quien lo escribió y, a la vez, admitir que el resultado es tan terrible que solo sirve de advertencia.
El primer caso que recuerdo está relacionado con los agradecimientos. ¡Nada
más abrir el libro me espanté! Lo habitual es encontrarlos al final, como gesto
íntimo que se comparte cuando el lector ya ha recorrido el camino, pero eso
tampoco es de importancia capital. Nadie rechazaría la lectura por encontrarlos
al inicio. El problema vino cuando descubrí que no eran agradecimientos al uso,
sino una especie de ajuste de cuentas con su pasado. En pocas líneas, el
muchacho relataba el bullying que había sufrido y aprovechaba para señalar a
quienes, según él, no habían creído en su talento.
Entiendo su necesidad de desahogarse. Incluso comparto,
en parte, sus ganas de restregar una pequeña victoria, porque todos los que
hemos escrito hemos tenido gente que no creyó en nosotros o, peor, que se
convirtió en obstáculo. Pero comprendí por qué nadie quiso seguir leyendo (porque
no, el pobre no vendió ni un ejemplar). Antes de la primera página ya dudábamos
del interior. Si no hay nada que agradecer, es mejor no criticar. Y mucho menos
convertir al lector en testigo involuntario de una herida abierta. No era el
lugar ni el momento, y aquel gesto, que imagino sincero, se antojó puerta
cerrada desde dentro.
Hay quien escribe para sí mismo; hay quien escribe para compartir;
y hay quien escribe para vender. Cada opción implica un compromiso distinto con
el lector. Pienso que, si inviertes dinero en una autopublicación, lo razonable
es pensar que buscas lo tercero: que alguien abra el libro, recorra sus páginas
y salga con una historia que se quede en su memoria. Por eso aquel prólogo
disfrazado de desahogo fue tan desconcertante. En lugar de ofrecer una
bienvenida, plasmó rencor. El lector, que debería sentirse acompañado desde la
primera línea, se encontraba de repente con un muro; y todo lo que el libro
podía ofrecer después se tiñó de esa primera impresión equivocada.
Ese no fue el único fallo de la novela. Hubo otros mucho peores,
como la decisión del autor de llamar al protagonista con su propio nombre o el
catastrófico diseño de portada, pero claro, quiero guardarme estas historias
para futuras entradas... Aquí hay mucho por contar, pero poco a poco. Ya sabéis, lo bueno, en dosis pequeñas.
.jpg)