martes, 25 de noviembre de 2025

El antilibro - Gracias, pero no, gracias


Cada libro que ha pasado por mis manos ha dejado algo. A veces gratitud; otras, inspiración; y algunas… como poco, desconcierto. Quien me conoce, sabe la de años que he trabajado en una librería, la de autopublicados que han pasado por mis manos. Poemarios y novelas de excelente calidad que han aportado granitos de arena en mi formación como escritor. Pero algunos otros libros han sido maestros de lo que no se debe hacer. ¿Me dejáis presentaros el concepto de antilibro?

He decidido dedicar unas entradas a esto. Las publicaré conforme me vengan, pero no esperéis que sean seguidas (ya sabéis que aquí, lo que se escribe, es sin compromiso). La idea no es burlarme, sino compartir. Y antes de empezar, quiero aclarar que respeto al autor siempre; a la persona que se sienta, escribe, corrige como puede y saca adelante aquello que un día fue una idea. Pero no necesariamente respeto la obra, del mismo modo que en otras ocasiones he respetado la obra sin poder decir lo mismo del autor. El antilibro nace de esa distancia incómoda: de reconocer el esfuerzo de quien lo escribió y, a la vez, admitir que el resultado es tan terrible que solo sirve de advertencia.

El primer caso que recuerdo está relacionado con los agradecimientos. ¡Nada más abrir el libro me espanté! Lo habitual es encontrarlos al final, como gesto íntimo que se comparte cuando el lector ya ha recorrido el camino, pero eso tampoco es de importancia capital. Nadie rechazaría la lectura por encontrarlos al inicio. El problema vino cuando descubrí que no eran agradecimientos al uso, sino una especie de ajuste de cuentas con su pasado. En pocas líneas, el muchacho relataba el bullying que había sufrido y aprovechaba para señalar a quienes, según él, no habían creído en su talento.

Entiendo su necesidad de desahogarse. Incluso comparto, en parte, sus ganas de restregar una pequeña victoria, porque todos los que hemos escrito hemos tenido gente que no creyó en nosotros o, peor, que se convirtió en obstáculo. Pero comprendí por qué nadie quiso seguir leyendo (porque no, el pobre no vendió ni un ejemplar). Antes de la primera página ya dudábamos del interior. Si no hay nada que agradecer, es mejor no criticar. Y mucho menos convertir al lector en testigo involuntario de una herida abierta. No era el lugar ni el momento, y aquel gesto, que imagino sincero, se antojó puerta cerrada desde dentro.

Hay quien escribe para sí mismo; hay quien escribe para compartir; y hay quien escribe para vender. Cada opción implica un compromiso distinto con el lector. Pienso que, si inviertes dinero en una autopublicación, lo razonable es pensar que buscas lo tercero: que alguien abra el libro, recorra sus páginas y salga con una historia que se quede en su memoria. Por eso aquel prólogo disfrazado de desahogo fue tan desconcertante. En lugar de ofrecer una bienvenida, plasmó rencor. El lector, que debería sentirse acompañado desde la primera línea, se encontraba de repente con un muro; y todo lo que el libro podía ofrecer después se tiñó de esa primera impresión equivocada.

Ese no fue el único fallo de la novela. Hubo otros mucho peores, como la decisión del autor de llamar al protagonista con su propio nombre o el catastrófico diseño de portada, pero claro, quiero guardarme estas historias para futuras entradas... Aquí hay mucho por contar, pero poco a poco. Ya sabéis, lo bueno, en dosis pequeñas.

miércoles, 19 de noviembre de 2025

Alberto López Aroca y Los Demonios del Techo del Mundo


Hace apenas unos días asistí a la presentación de Los demonios del techo del mundo, la última obra de mi colega y amigo Alberto López Aroca. La cita fue en la Biblioteca Pública Municipal, un espacio solemne y acogedor, donde supe apreciar tanto el respeto general por el autor como un leve nerviosismo. Durante los primeros minutos, todos escuchábamos atentos, en silencio, con la curiosidad y la expectación que siempre siento cuando un autor que admiro pone frente a nosotros su trabajo más reciente.

Qué os voy a decir: Alberto no decepcionó. La novela, que algunos clasifican como terror y otros como aventura con toques fantásticos, nos transporta a frías cimas nepalíes, donde un archiconocido investigador hará frente a peligrosos seres procedentes de muy, muy lejos… Pido disculpas si esta suerte de sinopsis es demasiado pobre o inexacta, pero mi intención es la de disfrutarla como cualquier hijo de vecino y no he querido todavía saber demasiado de la trama.

Lo que más disfruté, sin embargo, no fue la amena charla que tuvieron sobre el libro Alberto y Sergio Bleda (colaborador y amigo incondicional del autor), sino la reflexión que compartió acerca de la inteligencia artificial y el respeto a la obra de los autores, en especial los que ya no están, quienes, obviamente, no pueden defenderse. Se puso como ejemplo el nefasto caso de Roald Dahl y las modificaciones que sus herederos han autorizado en sus textos. Habló de manera apasionada sobre la importancia de reconocer el valor del trabajo creativo y la memoria de quienes nos dejaron su legado, y al mismo tiempo, se mostró crítico con los abusos de la IA que amenazan la integridad de la creación literaria. Escucharle evidenció que la literatura es un territorio que merece respeto, cuidado y consideración, algo que muchos olvidamos con la rapidez con la que consumimos contenidos hoy en día.

El ambiente cambió a medida que la presentación avanzaba: bromas con mala leche, alguna anécdota personal y la naturalidad que caracteriza al dúo Alberto-Sergio lograron que aquel inicio más formal se transformara en una atmósfera más viva y cercana. Debo alabar también la complicidad y el interés sincero de todos los asistentes, quienes dudo que fueran por cumplir: se respiró una intención verdadera de amor por la lectura.

Confieso que sentí una curiosidad especial por este libro. Más de uno sabrá que a lo largo de este año he estado trabajando en una nueva novela de aventuras y, aunque estoy seguro de que la mía distará mucho de la suya, siempre es enriquecedor observar cómo alguien que domina el género (cualquier género, parece ser) construye, desarrolla y juega con los elementos propios que esta literatura ofrece, logrando encajar a la perfección mundos muy distintos de distintos autores sin traicionar su esencia. Claro, aprender de los mejores siempre deja huella.

Después, salir de la Biblioteca se pareció bastante a despertar de una ensoñación: me llevé conmigo no solo la historia de Los demonios del techo del mundo, sino también un pedazo (legalmente extraíble) de Alberto López Aroca, ese escritor al que admiraba en la distancia cuando era un chaval y con quien hoy me siento, abro una cerveza y hablamos, por ejemplo, de zombis nazis en Albacete (esto último no ha pasado todavía, pero dadas las circunstancias, no veo raro que dentro de poco ocurra).

domingo, 16 de noviembre de 2025

la Hoguera del Peregrino: literatura en las ondas


Hace unos años tuve la oportunidad de prender un pequeño fuego en la radio local. Se llamaba La Hoguera del Peregrino, y para quien no lo conozca, era un programa semanal de literatura en NovaOnda, allá por el 2014 y 2015. Una chispa diminuta que buscaba encender la curiosidad y el gusto por las palabras, un espacio donde los textos y los poemas podían respirar más allá de las páginas.

Durante la primera temporada compartí el micrófono con Esteban Belmonte, y la segunda lo hice junto a Zorba Marina. Entre los tres elegíamos poemas y textos breves, pequeñas joyas que merecían ser escuchadas en voz alta. A veces debatíamos sobre ellos, y en otras ocasiones invitábamos a autores locales, quienes venían con la ilusión de ser escuchados, de compartir un pedazo de su mundo con nuestra audiencia.

El estudio era sencillo y acogedor. Recuerdo cómo, una noche, se nos ocurrió llevar unas cervezas para acompañar la grabación; la idea era hacer más animada la charla, más cercano el sonido. No duró mucho: al ser una emisora juvenil del ayuntamiento pronto nos llamaron la atención y no dimos ni dos tragos. Buena bronca. Aún así, la imagen de aquellos momentos permanece entre risas y micrófonos, como recuerdo de creatividad.

La idea del programa nació de mi amor por la literatura y del deseo de compartirla con un amigo. Quería que la radio fuese más que música y noticias; que fuese un espacio donde las palabras viajaran y acariciaran la piel de quien las escuchara. Fue, sin saberlo entonces, una etapa clave antes de lanzarme a escribir mis propias historias: laboratorio de voces, de ritmos y de emociones que más tarde me acompañarían en la creación de mis libros.

El programa terminó porque no logré encontrar un horario que me permitiera continuarlo. Qué le vamos a hacer. Desde entonces, he querido retomarlo una y mil veces, pero siempre surgían otras obligaciones que acaparaban mi tiempo. Quizás algún día, con la paciencia que caracteriza a quienes saben esperar, podamos volver a encender esa pequeña hoguera, y ver si aún hay alguien dispuesto a escuchar.

Al recordar La Hoguera del Peregrino, me doy cuenta de que la radio, como la literatura, tiene el poder de acercar, de despertar, de construir pequeñas comunidades alrededor de las palabras. Y, sobre todo, de recordarnos que compartir lo que amamos es una experiencia tan agradable como accesible.

Lo íntimo y lo universal


Creo... No, no creo. Sé. Sé que hay cosas que son hermosas precisamente porque casi nadie las conoce. Un libro que solo tú tienes, un poema que descubriste por accidente, una película que pasó desapercibida para el resto del mundo... Todo adquiere una luz especial cuando es un secreto compartido solo contigo, un tesoro que nadie puede contaminar.

Recuerdo mis primeras experiencias de este tipo: apenas un chiquillo escuchando algunas canciones que me hicieron vibrar como si el mundo entero se hubiera detenido por un instante. Todo era nuevo y asombroso; cada melodía, cada palabra, me parecía un descubrimiento propio, un hallazgo que pertenecía solo a mi manera de sentirlo. Aprendí a imaginar, a ver más allá de las cuatro paredes que me resguardaban, a escribir lo que sentía mientras las oía en mi habitación.

Luego, por supuesto, me topé con la otra cara de la moneda: el brillo se diluyó cuando otros también empezaron a escucharlas, cuando el secreto ya no era solo mío. A ver, no os confundáis: compartirlo con unos pocos seguía teniendo un encanto especial, pero cuando la popularidad envolvió aquello que amaba en solitario... Sentí una mezcla de desánimo y celos; pensé, de manera un tanto tonta, que no todos podrían experimentar lo mismo, que algunos lo disfrutarían de formas superficiales o diferentes, como si el hechizo se rompiera por el mero hecho de compartirse.

Y creo que ahí hay una pizca de verdad, ¿sabéis? Sí, es así. No de la manera infantil que lo pensaba antes, pero sí de la forma en que entendí que algo deja de ser especial cuando ya no es íntimo, como un secreto gritado a pleno pulmón en la plaza del pueblo.

Con los años aprendí a aceptar esta realidad. La maravilla de lo íntimo puede cambiar de forma, y aunque a veces duela, no desaparece del todo. Las experiencias que una vez me parecieron únicas siguen estando ahí, intactas en mi memoria y en la manera en que me conmovieron.

Y, al final, hay cosas que jamás llegarán a hacerse virales, y menos mal. Para alguien raro con gustos raros como yo, eso es un alivio. Siempre habrá versos, cómics, películas y pequeños mundos que permanecerán escondidos, esperando a quienes necesitemos refugiarnos en ellos. Y quienes hemos sentido esa magia en silencio, siempre tendremos nuestro rincón secreto donde volver a emocionarnos sin que nadie nos lo arruine.

miércoles, 12 de noviembre de 2025

El mito del villano simplón


Cada cierto tiempo, alguien dicta las normas de lo que ya no se puede escribir. Y lo curioso es que muchos de esos dictados vienen de escritores. Autores que, quizá cansados de ciertos tropos, repiten que el villano malvado es una figura caduca, que el mal absoluto ya no interesa, que los lectores exigen matices para entender la oscuridad. Pero confundir saturación con mediocridad es un error: lo que cansa no es el arquetipo, sino la pereza al usarlo.

Y lo repetiré las veces que haga falta: un villano plano no es lo mismo que un villano clásico. El problema no está en la idea del mal, sino en cómo se plasma. Si el antagonista solo sirve de obstáculo, claro que resulta aburrido, pero si la maldad tiene presencia, coherencia y propósito (aunque sea tan simple como querer destruir el mundo), puede ser memorable. Nadie se pregunta qué le hizo la vida al Joker de La broma asesina para entender su locura: nos basta con verla. No queremos conocer el lado sensible y tierno de Hitler, Stalin o Vlad Tepes. Sus actos son suficientes. Y eso también debería bastar en la ficción.

Que "deban" tener claroscuros para parecer humanos es el nuevo cliché. A veces olvidamos que el mal existe sin matices, que hay personas y personajes que, simplemente, disfrutan destruyendo. No necesitamos justificarlos, igual que no buscamos redimir a los genocidas de la historia. Los estudiamos, sí; pero no para empatizar, sino para comprender hasta dónde puede llegar el abismo.

La calidad de un villano, en realidad, depende de la dedicación del autor que lo escribe. Un buen escritor puede dar vida a un mal absoluto con la misma profundidad con que otro construye un alma atormentada. La diferencia no está en la moral del personaje, sino en la habilidad para hacerlo respirar en la página: en su voz, su presencia, el eco que deja. Lo demás son excusas vestidas de teorías literarias.

Quizá lo pienso así porque, como escritor, me incomoda ver cómo el miedo a lo simple se disfraza de sofisticación. No quiero escribir para cumplir reglas invisibles ni para gustar a quien confunde profundidad con justificación. Cuando invento un villano que quema el mundo solo por verlo arder es porque, aunque sea por un instante, he sentido ese fuego dentro.

martes, 11 de noviembre de 2025

Operación Bocata


No sé si conoceréis Operación Bocata. Es una de esas iniciativas que parecen pequeñas hasta que las vives desde dentro. Un día de música, bocadillos y juventud que se organizan en varias ciudades a beneficio de los proyectos de Manos Unidas. Por un precio mínimo los asistentes compran un bocadillo y un refresco y, con ellos, ayudan a financiar algo que cambia vidas muy lejos de allí. Todo ocurre en un ambiente que mezcla el caos del directo con la alegría de sentirse útil.

De la que yo guardo recuerdos es de la de Albacete. Se celebra desde finales de los noventa y, si la memoria no me falla, yo entré en el grupo organizador en 2004, con menos de veinte años y un entusiasmo que no me cabía en el cuerpo. Éramos estudiantes (por mi parte, de oficio, pero... no de vocación), novatillos con una energía que convertía cualquier problema en anécdota. Montábamos escenarios, repartíamos carteles, buscábamos actuaciones y salíamos locos cada semana parcheando problemas ya parcheados. Cada año aprendíamos algo nuevo: a improvisar, a pedir favores o a descubrir que la solidaridad también requiere logística.

Durante un par de décadas, Operación Bocata fue cita obligada. La gente de la ciudad acudía por la causa, pero también por el ambiente: los conciertos, los sorteos, las risas... ¡Eh, que entre todos aquellos descerebrados que éramos, conseguíamos juntar dos o tres cerebros válidos para que el el evento fuese algo inolvidable! Un pequeño milagro juvenil que unía a colegios, asociaciones, comercios y voluntarios.

No extrañará al lector saber qué llegó 2020 y, como con tantas cosas, el COVID lo detuvo. Creí que no volvería a celebrarse.

Pero este año ha regresado. Verlo renacer me ha devuelto algo de aquella sensación de pertenencia que creía perdida. El grupo de jóvenes que lo organiza ahora lo hace con las mismas ganas que nosotros teníamos entonces. Este año pude pasarme un par de horas y rememorar sensaciones que pensaba olvidadas.

Y pensé que, al final, todo esto sobrevive gracias a la voluntad de unos cuantos albaceteños que se negaron a dejar morir un acto solidario y cultural tan bonito. No es poca cosa: han demostrado que también la generosidad tiene relevo, y que basta la fe de unos pocos para mantener viva una tradición que, por suerte, se resiste a desaparecer.

lunes, 10 de noviembre de 2025

El estigma del autopublicado


No es hoy lo que fue ayer, y aunque suena a frase de sobremesa, cuesta aplicarla a lo que tenemos más cerca. La figura del escritor autopublicado ha cambiado. Hoy se le mira con respeto (o al menos con tolerancia), pero no hace tanto el panorama era otro: el autopublicado era poco menos que un intruso, un advenedizo con prisas. Y con razón.

En mis años de librero recibí a muchos de ellos. Venían con brillo en los ojos, con una ilusión enorme. Y jamás les dije que no, ni tan siquiera sopesé la posibilidad, aunque motivos no me faltaron las más de las veces. Les colocaba el libro siempre, pero en ocasiones lo hacía en una balda discreta. Qué digo discreta: bien escondida. No tenía intención de que un lector habitual empezara a pensar que la industria editorial o la literatura se habían vuelto majaras. No era desprecio, sino pudor. Algunos títulos eran complicados de defender. Había de todo: manuscritos sin corregir, portadas imposibles, textos que no pasaban ni una lectura de repaso. Sí, detrás de cada uno había una fe que ya querrían muchos de los que presumen de contrato editorial, pero la convicción no es ingrediente indispensable en la escritura.

Hoy las cosas son distintas. Los autopublicados han entendido que si quieren ser leidos, deben ser profesionales. No basta con escribir: hay que corregir, maquetar, cuidar. El respeto del lector se gana también en los márgenes y en la tipografía. Además, la industria ha evolucionado. Quien autopublica no lo hace por falta de opciones, sino por deseo de control, de libertad, de no esperar la bendición de nadie para contar lo que se quiere. Eso les hace responsables. El error es suyo, pero también lo es el acierto, y ambos pesan por igual.

Quizá el estigma no desaparezca del todo, porque las etiquetas son tercas y los prejuicios más aún, pero algo ha cambiado: ya no se habla de "autopublicado" con condescendencia, sino con curiosidad. Y eso es un principio. El futuro, sospecho, no distinguirá entre editoriales grandes o pequeñas, entre sellos o plataformas, sino entre quienes escriben bien y quienes no. Al final, publicar, sea como sea, sigue siendo un acto de fe, una forma de dejar constancia de que estamos aquí y que tenemos algo que decir.

domingo, 9 de noviembre de 2025

Notas de un errante

¿Nos conocemos? Sí la respuesta es afirmativa, ¿qué tal?, gusto en volver a verte. Si no es así, podemos ponerle un rápido remedio.
Verás, déjame unas líneas para explicarte.

Soy Carlos Walter, aunque no siempre lo he sido. La primera parte sí, desde luego, bien puede dar cuenta de ello mi familia y quienes me conocen desde siempre, pero lo de Walter... llegó después, cuando empecé a teclear para contar historias y ya no pude parar.

Me dedico (o al menos esa parte que quiero que conozcas de mí) a escribir novelas de aventuras y cuentos de todo tipo, los cuales casi siempre sucederán en lugares imposibles. Tengo una pulsión incontrolable de imaginar, de contar, de transmitir. Para mí no hay mayor placer y orgullo que conseguir que alguien pueda despertar las emociones que uno mismo siente a través de las palabras que se le narran.

Y eso no se me da mal del todo. Recibir de vez en cuando un mensaje de desvelo por la lectura de alguno de mis libros es el mayor premio.

Lo que no logro dominar es la ansiedad que genera la constante promoción en redes. Mucho esfuerzo y dedicación para estar siempre presente para... ¿para qué?

Durante mucho tiempo he sentido la necesidad de escribir en un lugar distinto, más tranquilo, menos pendiente del ruido. Aquí no quiero competir en esa absurda carrera de seguidores, ni medir el valor de las palabras por la cantidad de corazones o comentarios que despiertan. Quiero escribir para quien quiera detenerse, tomar un café y leer sin prisa.

Diario de Exploraciones nace de esa necesidad: un espacio donde cada semana compartiré trazos de opinión, pensamientos, anécdotas y vivencias, no solo literarias. Habrá, por supuesto, lecturas y escrituras, porque escribir y leer son mi manera de estar en el mundo, pero también reflexiones más personales, sobre cualquier cosa que me despierte curiosidad o me mueva por dentro.

Llevaba tiempo queriendo volver a ese internet más íntimo, donde las palabras importaban por su intención y no por su impacto. Donde publicar algo era más parecido a dejar una carta en una botella que a exhibirme desde un escaparate en la Gran Vía .

Este blog es, en parte, un favor que me debía: un intento de respirar, pensar y escribir sin prisas. Si al hacerlo encuentro compañía en el camino, mejor aún. Así que te invito a que hagas una pausa, te sientes un momento conmigo en esta pequeña zona de descanso, leas lo que quieras leer y, cuando gustes, vuelvas a esas autopistas veloces llamadas Instagram, TikTok y compañía.

Te doy la bienvenida a Diario de exploraciones.

El otoño del escritor

En 2017 fui, por un tiempo, escritor. De verdad. Vale, considero que ahora también lo soy, no me desmerezco. Pero entonces lo fu...