Hay días en los que siento una necesidad difícil de explicar, y que en redes
suelo resumir con una expresión que a algunos os parecerá extraña: necesito
llenarme de verde y azul. No quiero que parezca un acto poético ni una manera
rebuscada de decir que me apetece perderme en la naturaleza. Es, más bien, la
forma más aproximada que he encontrado para describir una carencia que no es
exactamente física ni emocional, pero que se parece bastante a ambas.
El verde y el azul (aquí) no son solo colores. Son la suma del cielo abierto y la tierra viva, de las hojas que se mueven con un viento que no entiende de horarios y de ríos que siguen su curso sin preocuparse por llegar a ninguna parte. Cuando paso demasiado tiempo entre paredes, pantallas y obligaciones, noto que algo en mí empieza a tensarse. No es un agotamiento dramático, sino una especie de desajuste. Como… Como si las piezas no encajaran del todo.
Entonces aparece esa necesidad.
No voy al monte con la intención de pensar en grandes cuestiones ni de encontrar respuestas. De hecho, casi siempre llego cargado de pensamientos pendientes, de ideas por resolver, de una voz interior que me acompaña incluso cuando no la invito. Sin embargo, a medida que camino y el cuerpo encuentra un ritmo que no depende de notificaciones ni relojes, algo se recoloca por sí solo.
He pensado muchas veces que escribo para acercarme a lo que anhelo. La escritura, al menos para mí, es un intento de dar forma a aquello que todavía no comprendo del todo. Es un movimiento hacia algo: una búsqueda de sentido, de claridad o, simplemente, de coherencia. Cuando escribo, estoy tendiendo un puente entre lo que soy y lo que intuyo que podría llegar a ser.
En el verde y el azul, en cambio, no existe esa distancia.
No desaparece el que escribe, pero tampoco necesita afirmarse. No tengo que demostrar nada ni proyectar una versión mejorada de mí mismo. Camino, respiro, escucho el agua o el crujido de las ramas, y esa experiencia basta. Entiendo que todo sucede en mi interior, que no hay nada mágico en los árboles más allá de lo que yo percibo. Y aun así, la sensación roza lo espiritual en el sentido más sencillo de la palabra: estar siendo sin tener que explicarlo.
Quizá por eso, cuando estoy allí, no siento la urgencia de escribir. Ni de hablar. No renuncio a las palabras, pero no me falta nada por nombrar. Me he llenado de verde y azul y he dejado de estar fragmentado. Y en esa forma de plenitud encuentro algo que, fuera de ese espacio, sigo intentando alcanzar con tinta y papel.
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