Hay momentos en la vida de un escritor en los que uno siente que está cerrando un círculo que comenzó muchos años atrás, probablemente sin saberlo. Hoy quiero hablar de uno de esos momentos, porque El Cetro de los Reyes está a apenas unos pasos de quedar terminado y preparado para iniciar una nueva etapa: la búsqueda de una casa editorial que quiera acompañarnos en esta aventura. Aún queda ese último repaso minucioso que toda novela pide cuando ya parece concluida —pequeños detalles, sugerencias de los lectores beta, ajustes casi invisibles—, pero la sensación es inequívoca: el viaje de la escritura toca a su fin y empieza otro muy distinto, igual de incierto y quizá más vertiginoso.Este proyecto nació de la mejor manera posible, que es como nacen muchas de las cosas importantes: de la amistad y de una pasión compartida que venía de lejos. El Cetro de los Reyes comenzó a tomar forma junto a Juan Antonio Sánchez, amigo de toda la vida, alguien con quien he compartido durante años el entusiasmo por imaginar historias, por preguntarnos qué habría más allá del mapa, por construir tramas sin siquiera sentarnos a escribirlas. Yo siempre he sido más de novelas, de dejar que la imaginación corra libre hasta encontrar un hilo del que tirar; él, en cambio, posee una mente analítica y una curiosidad incansable por la historia, en especial por todo lo relacionado con el mundo templario. Su aportación ha sido decisiva, no solo en la verosimilitud de la trama, sino en la riqueza de datos y matices que sostienen la narración y le dan peso. Estoy convencido de que sin su mirada la novela sería otra, probablemente más ligera, tal vez más cómoda, pero desde luego menos viva.
Recuerdo con especial claridad las primeras reuniones en las que empezamos a levantar los cimientos de la historia. Las ideas fluían con una facilidad desconcertante, como si la novela hubiera estado aguardando pacientemente el momento de ser escrita (os habrá pasado con muchas de las vuestras). Construimos una trama sólida, llena de posibilidades, sin un solo conflicto creativo. Todo parecía encajar con una naturalidad sospechosa. Pero esa armonía inicial era solo el prólogo de lo que vendría después, porque la verdadera prueba comenzó cuando nos enfrentamos a la primera página y descubrimos que escribir una novela a cuatro manos es un desafío mucho mayor de lo que la ilusión permite imaginar.
Las diferencias creativas a la hora de desarrollar la historia se convirtieron pronto en el principal obstáculo, aunque con el tiempo comprendí que quizá sería más justo llamarlo aprendizaje. No se trataba de desacuerdos estériles ni de una lucha por imponer una visión, sino de algo más complejo: dos maneras de entender el ritmo, el tono, las decisiones que afectan al destino de los personajes. Hubo escenas que exigieron ser repensadas desde sus cimientos, caminos narrativos que parecían claros hasta que dejaron de serlo y momentos en los que resultó imprescindible detenerse, escuchar y aceptar que la mejor solución no siempre era la que uno había imaginado. Escribir esta novela me obligó a ejercitar una disciplina que a menudo se pasa por alto cuando se habla del oficio: la humildad. Aprender a ceder, confiar en el criterio del otro y comprender que la historia siempre debe estar por encima del ego terminó por fortalecer el libro de una manera que ahora considero irrenunciable.
Comenzamos a escribir en febrero de 2025 y pusimos el punto final al primer borrador en noviembre. Dicho así parece un trayecto limpio, pero quienes han atravesado la escritura de una novela saben que el tiempo se comporta de forma extraña durante ese proceso: hay semanas en las que las palabras avanzan con una energía feroz y otras en las que cada párrafo pide una batalla distinta. Después llegaron dos correcciones completas en las que el texto fue despojándose de todo aquello que sobraba mientras intentábamos que emergiera con mayor claridad la novela que queríamos contar. Ahora afrontamos una última revisión centrada en esos detalles mínimos donde, en realidad, muchas veces se decide la verdadera calidad de un libro.
Si algo me ha dejado este recorrido, además de un cansancio feliz difícil de describir, es una certeza sobre mí mismo como escritor. Durante años he transitado distintos territorios —la fantasía, la ciencia ficción, el realismo...—, pero esta novela me ha hecho mirarme con honestidad y reconocer cuál es el lugar al que siempre regreso. Mi pasión está en las novelas de aventuras, da igual la ambientación. En esas historias donde los protagonistas deben enfrentarse a desafíos que los llevan al límite, donde el peligro es una presencia constante, y donde cada decisión empuja a los personajes un poco más lejos de adonde creían llegar. Son los libros que me formaron como lector y, de alguna manera, también los que han terminado por definirme.
Mientras escribía El Cetro de los Reyes pensé muchas veces en aquellas lecturas de infancia que despertaron en mí el deseo de contar historias. Entonces estaba convencido de que escribir debía de ser exactamente eso: construir mundos en los que siempre pareciera latir una promesa de descubrimiento. Hoy, al mirar esta novela casi terminada, tengo la sensación íntima de haber cumplido un trato que ni siquiera sabía que me había hecho.
Ahora llega el momento de dejarla marchar. Buscar editorial implica aceptar una pérdida inevitable de control y, al mismo tiempo, abrir la puerta a la posibilidad de que la historia encuentre a sus lectores. Ojalá las noticias no tarden en llegar, aunque la experiencia me ha enseñado que en este mundillo conviene caminar con esperanza, pero sobre todo con paciencia.
Hay, además, una convicción que ha acompañado este proyecto desde el principio y que con el tiempo no ha hecho más que afianzarse: la novela de aventuras, la de toda la vida, no ha muerto. Sigue teniendo mucho que aportar y, me atrevería a decir, puede convertirse en un soplo de aire fresco dentro del catálogo actual. Vivimos en la época en la que más libros se publican, rodeados de una aparente variedad inagotable, y sin embargo se percibe una cierta tendencia a la repetición, como muchas historias persiguiendo los mismos caminos. Frente a eso, reivindico la aventura como un territorio todavía fértil, capaz de devolvernos algo que nunca debería perderse: el sentido de la maravilla.
Eso es, en el fondo, lo que me gustaría que encontraran los lectores cuando algún día se adentren en estas páginas. Que recuerden la emoción de no saber qué aguarda tras la siguiente escena, el impulso irreprimible de seguir leyendo un capítulo más, la alegría de emprender un viaje sin moverse del sitio. Si esta novela consigue provocar aunque sea una parte de esa sensación, todo el esfuerzo habrá valido la pena.