martes, 30 de diciembre de 2025

Elijo la lentitud

 


Creo que no me gustan los propósitos de año nuevo. Siempre me han sonado a listas hechas por obligación, a compromisos que se rompen antes de que febrero se pronuncie. Sí creo, sin embargo, en elegir. Y para 2026, si tengo que elegir algo, elijo la lentitud.

No hablo de dejar de hacer, ni de aislarme del mundo, ni de volverme un eremita. Necesito bajar el ritmo. Dejar de consumir series, películas, libros y videojuegos como quien pasa páginas sin leerlas, acumulando títulos solo para poder tacharlos de una lista invisible. Últimamente todo parece empujarnos a eso: a ver más, leer más, jugar más, opinar más. Y aunque nadie lo plantee como una competición, a veces se siente exactamente así.

Siempre decimos que antes estábamos mejor. Y solemos achacarlo a la edad, a la falta de responsabilidades, a la ingenuidad. Puede que haya algo de eso, claro, pero antes también había otra cosa: atención. Estábamos más presentes en lo que hacíamos. Una película era una experiencia completa. Un libro ocupaba días, incluso semanas. Un videojuego no se devoraba, se habitaba.

Y ahora, en cambio, es fácil saltar de una cosa a otra sin terminar de estar en ninguna. Ver un capítulo mientras miras el móvil, leer sin dejar que las palabras calen, jugar con la cabeza en otro sitio. Todo pasa, pero poco se queda. Y eso, poco a poco, va vaciando las experiencias de peso.

Por eso quiero intentar ir despacio. Elegir menos cosas y dedicarles más tiempo. Terminar una historia sin pensar en la siguiente. Volver a disfrutar del silencio que queda cuando algo se acaba y no hay prisa por rellenarlo. No hacerlo perfecto, no hacerlo de golpe, pero sí hacerlo consciente.

No es una renuncia ni una crítica a nadie. Es una decisión personal. Cada cual a lo suyo. Lo mío: un pequeño ajuste de rumbo. Porque, al final, se trata de vivir mejor lo que ya tenemos delante. Y para eso, al menos para mí, la lentitud empieza a parecer una forma muy honesta de resistencia.

viernes, 26 de diciembre de 2025

Mi año de escritura




No siempre pasa, y por eso me gusta dejar constancia cuando ocurre. O a lo mejor es algo que debería proponerme hacer anualmente; siempre es agradable echar la vista atrás y ver lo logrado.

Este año me marqué un objetivo literario y lo he cumplido. A pesar de que más de una vez he sentido que no me implicaba todo lo que quisiera, me he sentado el suficiente tiempo, he escrito, borrado, corregido y vuelto a empezar todas las veces que ha hecho falta. De eso va todo esto, de trabajar y avanzar, no de subirnos el ego en redes para después no hacer nada.

He escrito, al menos, diez relatos. Algunos nacieron con la idea clara; otros se fueron formando a trompicones, con paciencia. Muchos fueron para concursos, pero solo dos de ellos fueron seleccionados para formar parte de antologías a nivel nacional.

¿Solo dos? Lo digo como si no tuviera mérito colocar dos cuentos en un mismo año en revistas de altísima calidad como son Pulporama y Orgullo Zombi. Venga, lo corrijo: ¡Nada menos que dos!

Todos han cumplido su función: mantener la mano en movimiento y la cabeza despierta. Entre medias, escribí una novela entera. Ha sido mi mayor proyecto anual. El cetro de los reyes (un nombre que, sin más remedio, tendré que cambiar) ha ido creciendo poco a poco, capítulo a capítulo, hasta convertirse en algo completo. Una nueva aventura que he disfrutado en cada palabra escrita la cual homenajea a los autores clásicos del género. Claro, al terminarla, llegó la parte menos visible e igual de necesaria: la corrección. Se atascó unas semanas por motivos personales, pero ayer, día 25 de diciembre, conseguí acabarla.

Aún quedan un par de revisiones, sí, pero ya serán mucho más fluidas y agradecidas que la primera. Por mi parte, esta nueva historia ya es real.

Además, este año también he vuelto al origen. He revisado El Indigno Campeón, mi primera novela. Volver a ella ha sido un ejercicio extraño y honesto. He ajustado lo que el tiempo pedía ajustar, he pulido lo que la experiencia señalaba sin piedad, y he dejado intacta la esencia que la hizo nacer. No quería reescribirla, sino acompañarla hasta una nueva etapa. De ese trabajo ha salido una nueva edición que ahora también está disponible en digital, cerrando un círculo que llevaba años abierto.

No ha estado nada mal, ¿verdad? Pero es que, además, tuve tiempo de juntarme con unos cuantos colegas y organizar un pequeño evento literario llamado Universo Alternativo. Numerosos autores de la provincia de Albacete asistieron a Librería Herso para compartir experiencias, impartir charlas, talleres y crecer como comunidad, además de recibir la visita del Premio Minotauro y aprender muchísimo con él.

Esto no lo estoy compartiendo desde la euforia, sino desde una satisfacción tranquila. La sensación de haber cumplido conmigo mismo. De haber trabajado sin atajos ni facilidades (más bien, al contrario).

Ahora me toca respirar, pero poco tiempo. Porque sí, ya hay una larga lista de cosas por hacer para el año que viene.

miércoles, 17 de diciembre de 2025

El antilibro - Tú no eres el protagonista


¿Cómo va a caracterizarse un antilibro solo por tener unos agradecimientos de venganza al inicio? Sí, de acuerdo, eso es horrible, pero es poca razón para catalogarlo todavía como tal. Hoy os quiero hablar de algo peor, algo que, cuando el lector se da cuenta, la historia ya se ha echado a perder. Se trata del autor que se proyecta como protagonista. No solo eso, sino su versión idealizada. Más guapo, más listo, más valiente, más incomprendido. Y, para rematarlo, los hay capaces de ponerle su mismo nombre.

Conviene aclarar algo antes de seguir: es imposible escribir sin dejar rastros personales. Todos lo hacemos, sí. Las emociones, las heridas, las obsesiones y las victorias se cuelan en los textos aunque no se las invite, y eso no solo es normal, sino necesario. El problema surge cuando el libro deja de ser una historia y se convierte en un espejo pulido con mucho esmero, uno donde el autor se mira y se “reconoce” sin fisuras.

El protagonista de estos antilibros destaca en todo. Tiene talento, carisma, una sensibilidad superior y una vida interior compleja que el mundo no sabe valorar. Los demás personajes existen para confirmarlo: lo admiran, lo envidian o no están a su altura. No hay fricción real, porque cualquier conflicto acaba reforzando su grandeza. Y cuando el nombre del autor aparece en la portada y vuelve a salir, idéntico, en la ficha del personaje principal, todo se va al garete.

El lector deja de experimentar la trama como algo serio, entiende que todo lo que ocurre son deseos y anhelos privados de alguien que no ha sabido disimular y, de seguir leyendo, lo hace más por compromiso (si es que tiene relación personal con el autor) o por puro morbo de saber hasta dónde puede enaltecerse un escritor a sí mismo.

Estos casos son comunes en autores principiantes que cuentan historias de mundos fantásticos, ya sean repletos de magia o de naves espaciales. Siempre soñaron con protagonizar su propia historia (¿y quién no?) y creen que a ojos del resto funcionará igual que en su memoria. Pero, vaya, no es así.

He visto novelas hundirse por esto. Libros que partían de una idea interesante, pero que quedaban atrapados en el deseo del autor de gustarse a sí mismo. Libros que, un poco más trabajados, hubieran dejado atrás cualquier bestseller del género. Al final, el lector no encontraba una historia, sino una declaración.

Escribir implica distancia. Apartarse del texto y dejar que el personaje viva sin ti. No es fácil dejarlo volar libre, pero es imprescindible.

Amigo autor del antilibro: tienes mis respetos por lanzarte a escribir la historia que siempre has deseado, pero, si quieres compartirla con todos, recuerda respetarlos.

miércoles, 10 de diciembre de 2025

Martes, 1 de febrero de 2005

 


Hoy ha sido un día diferente. Bueno, diferente no; raro. Muy raro. Y bastante mierda, la verdad.

Estaba comiendo cuando me he enterado de que Gaspar, el vagabundo que siempre nos contaba de cuando vivía en Jaén y de cuando boxeaba en descampaos, se ha muerto. En los baños del parquecillo. No me han dicho nada más, pero sé de sobra por qué ha sido y me he llevado un palo, la verdad. Me lo ha contado la madre de Sebas, que está siempre mirando desde el balcón, que ha visto cómo lo sacaban dentro de una bolsa y lo metían al furgón. No era mi amigo ni nada, pero tenía buen rollo… o algo así. Yo qué sé. Era de esos tíos que parece que no tienen a nadie, y cuando se van, pues jode un poco más. No sé.

Bueno, no me he podido acabar las lentejas, se me ha hecho un nudo en el estómago, pero más o menos lo he llevado bien. Pedro no. Él estaba más unido a él, se bajaba a verlo y hablaban un montón de rato. A veces hasta hacía novillos por quedarse a echar la mañana con él, imagina lo que le habrá afectado. Le ha dado una neura y ha desaparecido. Me ha costado la vida localizarlo. Dos horas buscándolo, dando vueltas por el barrio.

He ido a ver a gente que me da bastante mal rollo. Alguno, hasta asco. Por ejemplo el camello del puente, que se cree gracioso. Cuando le he preguntado por él se ha descojonado y me soltado alguna tontería, y yo me cago cada vez que me mira a los ojos con la cara esa de loco y los cuatro dientes que le faltan en la boca, pero bueno, al final me ha dado una pista. Me lo he tomado como un logro, aunque sea una chorrada. Lo malo es que mientras buscaba a Pedro he ido pensando cosas chungas, no sé. La cabeza se me iba sola.

Al final lo he encontrado. Estaba sentado en el parquecillo de al lado de la parroquia, solo, con una litrona entre los pies. Eran las ocho y hacía un frío que flipas. Me he sentado a su lado sin decir nada. Él tampoco. Me ha ofrecido un trago, pero yo paso. Ya le he dicho mil veces que no me gusta la cerveza, y además mañana tengo examen. Pero mil veces más se lo voy a decir y le va a dar igual.

Al rato le ha llamado mi madre al móvil buscándome. Como yo no tengo, pues siempre llama al suyo. Pedro le ha contestado como si nadie se hubiera muerto, me lo ha pasado y después ha vuelto a hundir la mirada más abajo del suelo.
Me ha preguntado si voy a ir a cenar, y yo, mirando la litrona y a Pedro, que me ha parecido que sorbía los mocos, le he dicho que hoy no.

La cerveza ni tocarla. La ha comprado y ahí se ha quedado. Era algo como más simbólico. Después de un rato largo en silencio, ya hemos hablado un poco, frases sueltas, rollo “la vida es una mierda” y tal. Nada profundo, pero yo qué sé, suficiente. Nos ha sentado medio bien. La verdad es que estando con él me ha dado más pena lo de Gaspar.

De repente se me ha ocurrido algo. Le he dicho a Pedro que fuéramos a otro sitio. Me ha preguntado, pero no le he querido decir a donde. Ah, sorpresa. Hemos andando unos quince minutos y nos hemos sentado en el escalón de un soportal, que siempre está bastante resguardado. Nuestro Soportal. Desde ahí vemos el bloque de enfrente. He sacado el MP3 y he puesto Extremoduro. Ninguna canción en particular, las que me pasó Edu en el insti. Un auricular para él, otro para mí. Y ahí nos hemos quedado, sin más.

Al rato, en el cuarto piso del edificio de enfrente, se ha encendido una luz. Es la habitación de Irene. Irene la que le gusta a Pedro, no Irene Sáez. Venimos aquí solo para ver si está. Nunca le habla, y seguramente nunca lo haga, pero cuando se enciende la luz él se queda más tranquilo. Imaginamos en qué piensa, en si está estudiando, en si está escribiendo algún diario como nosotros. Yo que sé, a veces ni pensamos, solo miramos cómo se enciende la luz y nos quedamos ahí sentados. En Nuestro Soportal.

Le he dicho que igual algún día le mira, medio en broma medio en serio. Él se ha reído, pero muy flojito.

Hemos seguido un rato así, cada uno en su burbuja, con la música muy bajita, viendo la luz encendida como si eso significara algo. Y sí, igual significaba.

Luego he visto la hora y me he levantado guardando el MP3, porque de verdad tenía que irme. Mañana examen y todo eso. Pero justo cuando me estaba poniendo el gorro, Pedro me ha dicho:

—¿Ya te vas?

No lo ha dicho llorando ni nada, qué va, pero sonaba… no sé. Como vacío. Como con Gaspar habiéndose muerto.

Total, que he vuelto a sacar el MP3 y he puesto Marea.
Y nos hemos quedado ahí otro rato largo, callados. Ya recuperaré el examen cuando toque.

martes, 9 de diciembre de 2025

Xceptions y el vértigo de ver nacer un mundo



Durante aquellos meses de encierro, cuando las calles estaban vacías y el mundo contuvo la respiración, empecé a llenar mis horas de ciencia ficción, de batallas a bordo de naves espaciales y de héroes pixelados que escapaban de una pequeña aldea y terminaban enfrentándose a dioses. Entre novelas, videojuegos y películas, algo se encendió. Una luz tímida y rabiosa. De esa luz nació Xceptions.

Xceptions fue mi tercera novela. Tras las dos primeras historias de la Saga del Trueno y el Hacha, me desvié de la senda de fantasía medieval para adentrarme en una futurista. No buscaba contar una historia de explosiones ni de héroes agresivos e infalibles. Quise escribir sobre gente. Sobre emociones que se quedan pegadas a las costillas, sobre soledades que abren huecos y búsquedas que se alargan más allá de lo visible. Todo envuelto en una atmósfera que respiraba magia y desgaste al mismo tiempo, un paisaje de carreteras y desiertos que hablaba en susurros y sostenía el tema sin mentarlo.

Lo curioso fue darme cuenta de que, aunque mi cabeza siempre viajaba a un futuro catastrófico poblado por terribles seres extradimensionales, lo que más fuerza tenía en mí era el latido interno de los personajes. Sus dudas, sus miedos, sus maneras de querer. Aprendí escribiéndola que la aventura era solo el camino; lo que realmente empujaba la historia eran las conexiones entre los jóvenes protagonistas que se abrían paso sin que yo mismo me diera cuenta.
Hubo un día que recuerdo con especial cariño: antes de escribir una sola página, preparé un croquis enorme, una especie de mapa secreto lleno de flechas, notas y misterios. Se lo expliqué a mi pareja en una exposición que parecía sacada de una junta directiva. Ella escuchaba; yo hablaba sin parar, como si presentara un proyecto que tenía que defender con el alma. Pareciera estar buscando un aprobado, pero no me hacía falta, pues la novela ya había cobrado vida.

Cuando la editorial, un año y cuatro meses después de empezarla, me envió los primeros ejemplares, sentí vértigo. Había logrado lo que años atrás parecía un sueño imposible, una ilusión que se deshacía al tocarla.

Hoy Xceptions es, además de una aventura fascinante (es que esto hay que decirlo), una parte muy importante de mi carrera literaria y todo un recordatorio de que las metas se abren paso con paciencia, esfuerzo y silencio. Guardaré siempre en mi memoria los momentos en que muchos de los lectores, al acabarlo, me escribieron o se acercaron para decirme que el final los dejó descolocados, que los protagonistas les habían despertado empatía y que sus silencios tenían peso propio.

Últimamente le dedico casi mi tiempo de promoción a las novelas fantásticas, porque esto va por temporadas y ahora es lo que toca, pero me sentía en deuda con Xceptions. No solo con la historia, sino conmigo: quién fui antes, durante y después de escribirla.

lunes, 8 de diciembre de 2025

Metroid Prime 4 y la alegría de volver a casa




Llevo días con un hormigueo en el cuerpo que me tiene dando saltos, imaginando y hasta soñando. Y es que, aunque llevo media vida esperándolo, aún me cuesta creerlo: Metroid Prime 4 ya está aquí, ya es real, ya respira.
Algunos pensaréis que exagero, pero quienes han vivido esta saga entienden que no es cosa de expectativas, sino de un sentimiento mucho más profundo.

Mi historia con Metroid empezó cuando yo era poco más que un crío, sentado en el suelo, frente a una Super Nintendo y junto a un papel cuadriculado en el que dibujaba mapas. Super Metroid fue para mí una revelación: el planeta Zebes, la sensación de soledad y peligro constante, la banda sonora de auténtica ciencia ficción, la protagonista preparada para dar matarile a cualquier bicho que se le pusiera por delante...
Ahí empezó todo. Una mina de oro para un chaval rebosante de imaginación.
Dibujos, fanfics (sin saber por entonces que tenían ese nombre), diseño de futuras entregas...

Y cuando, años después, cayó en mis manos Metroid Prime de GameCube... Abrí una puerta a un nuevo mundo para el cual no estaba, ni de lejos, preparado. La combinación de exploración, soledad y descubrimiento llegó a cotas tan altas en sus tres dimensiones que parecía ilógico que fuera real.
Sí, había tocado un par de juegos de la saga y ya sabía que para mí estaba por encima de cualquier otra, pero lo de entonces me hizo amarla. Me hizo rejugarla, aprender todo sobre ella, memorizar su historia, su cultura... Me marcó tan hondo que acabó convirtiéndose en mi refugio personal. Si algún día me pierdo y necesitáis encontrarme, buscadme en Tallon IV, pululando en la superficie vegetal del planeta.

No me he saltado ni un juego, claro. He recorrido cada planeta, cada estación, cada recoveco decenas de veces. Los lugares se me quedaron grabados en la cabeza tanto o más que la casa de mi infancia. Por eso, cuando pienso en Metroid Prime 4, no veo solo una nueva entrega, sino que regreso a ese lugar seguro que, cada ciertos años, reaparece.

Debo decir que lo que más me emociona de su lanzamiento es la perseverancia. El simple hecho de que, después de tantos años, Nintendo no se haya rendido. Que continúe viva una saga que nunca vendió como Mario o Zelda, que mantiene una llama de distinto color, pequeña y poderosa, sostenida por quienes la amamos de verdad. Esa terquedad preciosa de seguir adelante aunque el mundo mire hacia otro lado (de algo muy parecido hablé en una entrada anterior).

Cuando por fin tenga el mando en las manos, sé que regresará esa misma emoción que sentí de niño con la Super Nintendo encendida. Y sé que volveré a casa, a mis planetas imposibles, a mis corredores abandonados, a la soledad tan acompañada que ninguna otra saga me ha dado jamás.

A modo de despedida, no puedo callarme el hecho de que la villana de mi novela Xceptions, salvando necesarias diferencias, está creada a imagen y semejanza de Samus Aran, la protagonista.

martes, 2 de diciembre de 2025

Amor y viajes astrales en la tercera edad

 



Que Amador llevaba años haciéndolo y en el pueblo se sabía de sobras por qué. Le daba la mano a Manolita siempre, siempre: al pasear, al sentarse en el sillón, incluso al meterse en la cama. Sobre todo al meterse en la cama. Y si por lo que fuera no encontraba la mano, porque a veces se liaba con el camisón, pues agarraba la manga, o un pliegue de tela o lo que pillara. Todas las noches Manolita le preguntaba, con inocencia porque la pobre ya había perdido un poco la cabeza, que por qué la tenía así de sujeta. Y él, sonriéndole como el primer día, le decía que para que no se lo volvieran a llevar en sueños.

Pues resulta que, al poco de jubilarse, una noche cualquiera, se acostaron los dos… pero solo se levantó Manolita. Amador, desaparecido. Ni nota, ni ruidos, ni huellas, ni pistas, ni nada de nada. La Guardia Civil estuvo buscando cinco días sin descanso, incluso un detective privado se interesó por la desaparición, pero no lo encontraron. Y el pueblo entero hablaba, claro, pero con un bueno, ya volverá cuando se canse, ni que esto nos fuera a cambiar a nosotros la vida. Y cansarse, de qué. Porque algunos hablaban y hablaban, sí, pero bien sabía Manolita que Amador no se había ido por cuenta suya.

Y al sexto día, Manolita se despertó y allí estaba Amador, dormido a su lado, agarrado a ella de la manga del camisón porque no le encontraba la mano. Y la misma mañana, ya en el sillón los dos también cogidos esperando la reposición del Got Talent, que habían mojado madalenas en el café con leche, él le contó lo que podía. Que se lo habían llevado muy lejos, a otro sitio fuera del sitio, a otro cuando fuera del cuando. Los que lo arrastraron no eran personas, ni bichos, ni aparecidos, eran como presencias. Presencias de luz y de sombra, como dibujos que no habían terminado de decidir qué querían ser. Lo llevaron por las estrellas, le enseñaron cosas que él ni entendió ni quiso entender, y hasta le ofrecieron  el gran secreto de la existencia. Y para qué quería él eso, si estaba muy bien con su Manolita en su casa, sentados los dos viendo Pasapalabra.

Y cuando los del pueblo se enteraron de que Amador había vuelto, algunos se creyeron la versión y otros no, pero jamás lo cuestionaron. Se dijo así como se dijo que al hijo de Piedad se lo llevaron a la guerra y no volvió. Como en los pueblos, claro. Eso no importó mucho.

Que Amador no volvió a soltarse de Manolita. Que no la dejaba nunca. Ni de día ni de noche. Porque una vez casi lo pierden en el universo, y no quería que se lo volvieran a llevar.

El otoño del escritor

En 2017 fui, por un tiempo, escritor. De verdad. Vale, considero que ahora también lo soy, no me desmerezco. Pero entonces lo fu...