Hoy ha sido un día diferente. Bueno, diferente no; raro. Muy raro. Y
bastante mierda, la verdad.
Estaba comiendo cuando me he enterado de que Gaspar, el vagabundo que
siempre nos contaba de cuando vivía en Jaén y de cuando boxeaba en descampaos,
se ha muerto. En los baños del parquecillo. No me han dicho nada más, pero sé
de sobra por qué ha sido y me he llevado un palo, la verdad. Me lo ha contado
la madre de Sebas, que está siempre mirando desde el balcón, que ha visto cómo
lo sacaban dentro de una bolsa y lo metían al furgón. No era mi amigo ni nada,
pero tenía buen rollo… o algo así. Yo qué sé. Era de esos tíos que parece que
no tienen a nadie, y cuando se van, pues jode un poco más. No sé.
Bueno, no me he podido acabar las lentejas, se me ha hecho un nudo en el
estómago, pero más o menos lo he llevado bien. Pedro no. Él estaba más unido a
él, se bajaba a verlo y hablaban un montón de rato. A veces hasta hacía
novillos por quedarse a echar la mañana con él, imagina lo que le habrá
afectado. Le ha dado una neura y ha desaparecido. Me ha costado la vida
localizarlo. Dos horas buscándolo, dando vueltas por el barrio.
He ido a ver a gente que me da bastante mal rollo. Alguno, hasta asco. Por
ejemplo el camello del puente, que se cree gracioso. Cuando le he preguntado
por él se ha descojonado y me soltado alguna tontería, y yo me cago cada vez
que me mira a los ojos con la cara esa de loco y los cuatro dientes que le
faltan en la boca, pero bueno, al final me ha dado una pista. Me lo he tomado
como un logro, aunque sea una chorrada. Lo malo es que mientras buscaba a Pedro
he ido pensando cosas chungas, no sé. La cabeza se me iba sola.
Al final lo he encontrado. Estaba sentado en el parquecillo de al lado de la
parroquia, solo, con una litrona entre los pies. Eran las ocho y hacía un frío
que flipas. Me he sentado a su lado sin decir nada. Él tampoco. Me ha ofrecido
un trago, pero yo paso. Ya le he dicho mil veces que no me gusta la cerveza, y
además mañana tengo examen. Pero mil veces más se lo voy a decir y le va a dar
igual.
Al rato le ha llamado mi madre al móvil buscándome. Como yo no tengo, pues
siempre llama al suyo. Pedro le ha contestado como si nadie se hubiera muerto,
me lo ha pasado y después ha vuelto a hundir la mirada más abajo del suelo.
Me ha preguntado si voy a ir a cenar, y yo, mirando la litrona y a Pedro, que me
ha parecido que sorbía los mocos, le he dicho que hoy no.
La cerveza ni tocarla. La ha comprado y ahí se ha quedado. Era algo como más
simbólico. Después de un rato largo en silencio, ya hemos hablado un poco,
frases sueltas, rollo “la vida es una mierda” y tal. Nada profundo, pero yo qué
sé, suficiente. Nos ha sentado medio bien. La verdad es que estando con él me
ha dado más pena lo de Gaspar.
De repente se me ha ocurrido algo. Le he dicho a Pedro que fuéramos a otro
sitio. Me ha preguntado, pero no le he querido decir a donde. Ah, sorpresa. Hemos
andando unos quince minutos y nos hemos sentado en el escalón de un soportal,
que siempre está bastante resguardado. Nuestro Soportal. Desde ahí vemos el
bloque de enfrente. He sacado el MP3 y he puesto Extremoduro. Ninguna canción
en particular, las que me pasó Edu en el insti. Un auricular para él, otro para
mí. Y ahí nos hemos quedado, sin más.
Al rato, en el cuarto piso del edificio de enfrente, se ha encendido una
luz. Es la habitación de Irene. Irene la que le gusta a Pedro, no Irene Sáez. Venimos
aquí solo para ver si está. Nunca le habla, y seguramente nunca lo haga, pero
cuando se enciende la luz él se queda más tranquilo. Imaginamos en qué piensa,
en si está estudiando, en si está escribiendo algún diario como nosotros. Yo
que sé, a veces ni pensamos, solo miramos cómo se enciende la luz y nos
quedamos ahí sentados. En Nuestro Soportal.
Le he dicho que igual algún día le mira, medio en broma medio en serio. Él
se ha reído, pero muy flojito.
Hemos seguido un rato así, cada uno en su burbuja, con la música muy bajita,
viendo la luz encendida como si eso significara algo. Y sí, igual significaba.
Luego he visto la hora y me he levantado guardando el MP3, porque de verdad
tenía que irme. Mañana examen y todo eso. Pero justo cuando me estaba poniendo
el gorro, Pedro me ha dicho:
—¿Ya te vas?
No lo ha dicho llorando ni nada, qué va, pero sonaba… no sé. Como vacío.
Como con Gaspar habiéndose muerto.
Total, que he vuelto a sacar el MP3 y he puesto Marea.
Y nos hemos quedado ahí otro rato largo, callados. Ya recuperaré el examen
cuando toque.