Aquella noche el mar rugía furibundo.
El temporal llevaba tres días azotando la costa y las olas
se alzaban tan altas que, desde la ventana del faro, daban la impresión de
querer escapar del mundo.
El farero leía junto a la lámpara un libro gastado de
humedad y años, y aunque algunas hojas ya no se veían, él las sabía de memoria.
A sus pies dormía el perro. Profundamente, con el hocico apoyado sobre las
patas delanteras. De vez en cuando una oreja se agitaba en sueños, como si aún
persiguiera conejos por algún monte lejano, como si no le doliera correr.
Al alzar la mirada para coger su taza de café, el farero vio
que algo brillaba en el horizonte, algo que se acercaba, y al principio creyó
que eran barcos. Después pensó que reflejos de algún relámpago lejano. O
algo más raro, porque aquello no estaba quieto, sino que danzaba.
Velos de luces tornasoladas ondulaban en calma sobre la
superficie del agua, ajenas a la violencia indómita de las olas. Uno tras otro
fueron apareciendo más. Verdes, rosas, ambarinos, cerúleos...
Docenas.
¡Cientos!
Después, con lentitud, las estrellas bajaron del cielo. Semillas
de fuego arrastradas por una corriente intangible quedaron suspendidas entre aquellos
ríos luminosos que recorrían la costa. Algunas olas, de tan altas, las
alcanzaban, pero estas se apagaban apenas un instante antes de volver a
encenderse.
El perro abrió un ojo y se incorporó despacio. Algo en
su interior, algo que todos los animales de alma buena saben, recordó. Se quedó
junto al farero y contemplaron el espectáculo sin moverse.
De entre las olas surgieron pequeñas figuras luminosas.
Escaparon del agua peces de escamas azules, verdes y doradas para nadar entre
las estrellas. Algunos diminutos como agujas de plata, otros tantos, del
tamaño de una barca.
Bailaron en el aire igual que en el mar. Giraron,
saltaron y trazaron espirales de colores sobre la oscuridad.
El anciano olvidó el libro y olvidó la tormenta. Olvidó
incluso el paso de las horas. Solo observó. Los peces seguían llegando, y
luego ascendieron las rayas de luz, las medusas transparentes, las tortugas que
brillaban cual pequeñas lunas. Dos cangrejos irisados, arrastrados por el
viento, se colaron en la casa. Llegaron, por último, las ballenas.
Sus enormes cuerpos resplandecieron entre las estrellas
descendidas. Volar por encima de las olas pareciera su verdadera
naturaleza.
El perro ladró, y el farero, asustado, pidió
silencio, pero era tarde, porque el mar lo había oído, y los peces y las
estrellas y las auroras también, y el perro comenzó a elevarse y escapó por la
ventana. No parecía ir por voluntad propia, pero tampoco hacía por volver. Miraba
sorprendido a todos lados. Le ladraba a las luces que lo rodeaban, mordía las
estrellas y agitaba las patas como nadando.
El farero lo llamó y le pidió que volviera, que si seguía
fuera se resfriaría, pero el viejo perro no hacía caso, sino que obedecía a una
llamada antiquísima.
Y el anciano, con lágrimas en los ojos, comprendió.
La noche continuó sin que el tiempo se atreviera a
molestarla y, poco a poco, las auroras se desvanecieron y las estrellas
regresaron al firmamento. Los peces las siguieron. Las ballenas
desaparecieron entre constelaciones lejanas.
Y el perro se fue con ellas.
Cuando todo terminó, el mar siguió rugiendo hasta que el
cielo clareó. El farero, agotado, volvió a sentarse y, casi sin darse
cuenta, cerró los ojos.
A la mañana siguiente lo despertó la luz del sol. Bebió
el café frío de su taza preguntándose qué había soñado. Se calzó las botas,
silbó llamando a su amigo y encontró la ventana abierta. El mar en calma y el
cielo despejado.
A sus pies, el cuerpecito de un colorido cangrejo.

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