martes, 17 de febrero de 2026

Cerrando una etapa, abriendo otra



La vida tiene una forma curiosa de recordarnos que todo es transitorio. Acumulas cambios en silencio hasta que, de pronto, te detienes un instante, miras alrededor y comprendes que estás cruzando el umbral de una nueva etapa.

En muy poco tiempo se me han juntado varios acontecimientos que, hace apenas un año, habría contemplado como posibilidades remotas (reales, sí, pero lejanas). Por un lado, he terminado por fin de trabajar en el manuscrito de El Cetro de los Reyes, cerrando así un proceso largo, exigente y profundamente enriquecedor. Poner el punto final a una novela siempre provoca una mezcla difícil de describir: alivio, orgullo, nostalgia anticipada y, casi de inmediato, una inquietud propia del que escribe: esa necesidad de preguntarse qué vendrá después.

Pero la escritura no ha sido el único movimiento importante. En breve tomaré posesión de una plaza de funcionario en Madrid, una circunstancia que, por sí sola, ya bastaría para sacudir cualquier vida asentada. Lo hace aún más si pienso que nunca he salido de mi Albacete natal y que, por tanto, este traslado implica algo más que un cambio geográfico: es también una forma de empezar de nuevo.

Entre ambos hitos hay otro que no quiero pasar por alto. Durante este tiempo he formado parte de un trabajo al que llegué casi de rebote. En principio solo iba a echar una mano durante un par de meses, apenas contabilizar unas facturas, pero lo provisional fue echando raíces hasta convertirse en algo sólido, en un lugar propio dentro de mi rutina y, me atrevería a decir, dentro de mí. Abandonarlo ahora no resulta sencillo. Nunca lo es despedirse de aquello que, sin pedir permiso, ha terminado formando parte de nuestra identidad cotidiana.

Todo esto conlleva un caudal de emociones que intento gestionar de la mejor manera posible. Sería absurdo negar que me está resultando difícil. Los cambios, incluso cuando apuntan a un horizonte mejor, tienen siempre algo de vértigo. Sin embargo, también traen consigo una energía particular, una sensación de movimiento que obliga a crecer.

Si algo he aprendido es que las etapas no se cierran para dejarnos en el vacío, sino para empujarnos hacia la siguiente.

En cuanto me asiente en esta nueva vida (espero no tardar demasiado) quiero volver a mirar hacia la escritura con la misma determinación de siempre. Mi intención inmediata es llevar La Compañía Exánime a plataformas digitales, abrirle nuevos caminos, y después comenzar a trabajar en la cuarta parte de El Indigno Campeón (va tocando). Pensarlo me devuelve a una certeza que nunca falla: pase lo que pase alrededor, escribir sigue siendo mi forma más natural de habitar el mundo.

¡Ah, sí! También quiero completar mis estudios. De eso nunca os he hablado, pero... tiempo al tiempo.

Quiero mostrarme optimista. No será fácil y, desde luego, no será tranquilo al principio. Habrá días de desorden, de adaptación y de cansancio, como ocurre siempre que uno decide avanzar. Pero confío en que se trata de un cambio a mejor y en que, si todo sigue su curso, dentro de un año seguiré siendo optimista… y bastante más relajado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

El otoño del escritor

En 2017 fui, por un tiempo, escritor. De verdad. Vale, considero que ahora también lo soy, no me desmerezco. Pero entonces lo fu...