jueves, 29 de enero de 2026

El trabajo de escribir (y otras exageraciones)


Leo a menudo en redes sociales, sobre todo Threads, montones de mensajes acerca del “trabajo de escribir”. Debo decir que me chirría un poco. No porque escribir no requiera esfuerzo, tiempo o dedicación, sino porque, si nos atenemos a la definición más habitual de trabajo, la cosa no termina de encajar. Un trabajo, al menos en su forma más básica, implica ingresos periódicos, obligaciones fiscales, responsabilidades contractuales y cierta estabilidad económica. Y para la inmensa mayoría de escritoras y escritores, sobre todo los de internet, esa no es la norma, sino la excepción. Muchos son los que dicen que, al ser un trabajo, deben ser considerados como profesionales y se comparan a cualquier otro oficio (véase, por ejemplo, electricistas u oficinistas), pero... no, qué va, eso no es así.

Estos mismos arquitectos de historias suelen coincidir, además, en que aparte de ser un trabajo, es uno muy duro y poco valorado. Y aquí voy a ser claro: no, NO ES CIERTO. Ser escritor no es duro. Es, de hecho, de las cosas más "blandas" que existen. Probablemente, por debajo de esto, quizás, está el ser heredero. Poco más habrá.

Si queremos hablar de trabajos duros de verdad, miremos aquello que alguna vez sacan en noticiarios: personas que bajan a minas donde un error puede costar la vida; pescadores en alta mar jugándose el pellejo contra tormentas reales; bomberos entrando en edificios en llamas; trabajadores que limpian alcantarillas, manipulan residuos tóxicos o levantan toneladas de peso día tras día. Eso es dureza. Eso es desgaste físico, peligro real, cuerpos que se rompen y noches que no se duermen.

Ah, ¿eso es exagerar? También tenemos ejemplos cotidianos igual de contundentes. Médicos encadenando guardias interminables, tomando decisiones críticas con ojeras hasta la barbilla. Enfermeras trabajando a turnos imposibles, cargando con el dolor ajeno como rutina. Obreros bajo cuarenta grados en verano, con el sol cayéndoles encima como un martillo. Gente en el campo, levantándose de noche, dependiendo del clima, del mercado y de la resistencia del propio cuerpo. Profesores en centro educativos de zonas marginales, intentando controlar a niños que traen la violencia de casa. Eso es cansancio. Eso es sacrificio. Eso es dureza.

Comparar eso con sentarse a escribir en una habitación tranquila, con café caliente y conexión a internet, me parece una exageración difícil de defender.

¿Que escribir puede ser frustrante? Sin duda. ¿Que a veces lo hacemos sin apoyo, o incluso contra la incomprensión de familiares y amigos? También. ¿Que puede doler que no te lean, que no te publiquen o que no vendas? Claro. Pero eso, siendo honestos, no convierte la escritura en algo duro: la convierte, como mucho, en algo emocionalmente incómodo a ratos. Y aun así, pese a ciertas semejanzas, sigue sin ser un trabajo. Más se parece a una afición vocacional (como practicar un deporte o tocar en un grupo de música) que a una labor que te arranca años de vida.

Ahora bien: que no sea duro no significa que no sea serio.

Escribir puede no romperte la espalda, pero sí exige compromiso si quieres hacerlo bien. Exige constancia. Exige aceptar que mejorar lleva tiempo. Exige leer, revisar, corregir, fallar, volver a intentarlo. Exige tomárselo en serio. Y tomárselo en serio también implica no convertir cada tropiezo en un drama público, ni cada frustración en una estrategia para dar lástima en redes.

Aprovecho esta entrada también para abordar un tema íntimamente relacionado con esto, y que quizás aclare el punto a quienes no están de acuerdo con lo antes expuesto: no es lo mismo escribir porque quieres contar historias, llegar a lectores y construir con el tiempo un legado literario, que escribir como acto social, ya sea para generar conversación, visibilidad o contenido en redes sociales. Ambas opciones son lícitas. No voy a despreciar ninguna. Cada cual escribe por los motivos que quiere y ninguno es mejor que otro.

Pero, si soy honesto, me interesa mucho más el primero.

La idea del juntaletras que quiere dejar algo que sobreviva a la inmediatez, mirar atrás dentro de unos años y sonreír por el trabajo hecho, por los mundos creados y las historias contadas. No porque sea duro, sino porque, aun sin serlo, puede ser profundamente significativo si se aborda con respeto, paciencia y un mínimo de ambición artística.

Escribir no tiene que ser un trabajo, pero, si te lo tomas en serio, al menos merece que lo trates como algo importante.

lunes, 26 de enero de 2026

En defensa de la tradición

Esta entrada es una ampliación de una reflexión que compartí en Threads. Sentí que la red se me quedaba pequeña para expresar mis ideas.

Como escritor, lector empedernido y aprendiz perpetuo, disfruto enormemente de seguir aprendiendo. No solo sobre literatura, sino también sobre lengua, estilo, estructura y todo aquello que, poco a poco, va afinando la mirada. Me gusta rodearme de cuentas, blogs (sobre todo blogs, por la intimidad que transmiten), autores y proyectos que amplían mi criterio, que me obligan a replantearme ideas y que me recuerdan que escribir bien no es un punto de llegada, sino un camino continuo.

En los últimos tiempos he notado un rechazo (minoritario, pero bastante ruidoso) hacia la tradición literaria y las normas que hemos heredado. No lo menciono desde la crítica ni desde la superioridad, sino desde una sincera sensación de desconcierto. Me interesa entender de dónde nace esa postura y qué la alimenta.

Comprendo, por supuesto, el deseo de romper moldes. La literatura siempre ha avanzado gracias a quienes se atrevieron a tensar los límites. Además, muchas corrientes del pasado ya no conectan con nuestra sensibilidad actual, y algunas arrastran valores que hoy miramos con distancia o directamente con incomodidad. Es lógico querer escribir desde el presente y no desde una nostalgia impostada.

Lo que me cuesta más entender es el rechazo frontal a conocer la tradición. No hablo de obedecerla ciegamente ni de convertirla en una ley inamovible, sino de comprenderla. De saber de dónde venimos. No se trata de conservadurismo, sino que tengo claro que solo entendiendo el pasado podemos escribir el presente con mayor intención y mayor conciencia.

En mi caso, mejorar como escritor pasa por no dejar de aprender. Por formarme cuando puedo. Por leer fuera de mi zona de confort. Por adentrarme en libros que nadie me ha recomendado. Por comparar estilos, géneros, voces y formas de narrar que no se parecen en nada a la mía.

Esto no va de imitar. Tampoco de jerarquizar. No quiero, ni mucho menos, decidir quién es mejor. Solo busco entender (esa es la palabra: entender). Entender qué diferencia mi literatura de la de tuya. Qué hace único a cada género. Por qué unas historias se cuentan de una manera y no de otra. Por qué escribimos como escribimos.

Creo que la tradición no es una jaula. Es, más bien, algo así como un mapa.
Y un mapa no te obliga a seguir un camino concreto, pero sí te ayuda a saber dónde estás, de dónde vienes y qué rutas existen, incluso si decides no recorrerlas.

Pero, en fin, aunque no me convenzan esos dos conceptos, yo siempre fui un escritor de mapa.

miércoles, 14 de enero de 2026

Contando estrellas, perdiendo el norte




No dudo de las intenciones. Quiero empezar por ahí porque me parece importante. No dudo de que la mayoría de quienes escriben hoy lo hacen con la voluntad sincera de contar buenas historias, de desvelarnos por las noches cuando los estemos leyendo. Tampoco de que muchos aspiren a algo más que entretener: a dejar poso, a trascender, a dialogar con otros lectores. Son aquellos que quieren expresar sus ideas, emociones, preocupaciones y anhelos a través de una buena historia. Al fin y al cabo, de eso va la literatura, se supone. Sin embargo, cada vez me cuesta más no sentir que algo se ha desplazado, que el eje se ha movido hacia un lugar demasiado digital y cuantificable.

Si esto siempre ha ido de letras, hoy todo parece girar en torno a los números. Y no, no me toméis por iluso, que sé que siempre han tenido un papel importante en la industria editorial y que esto es lo que ha hecho que disfrute de un lugar privilegiado en el entretenimiento y la cultura de nuestro tiempo. Pero navego en internet unos minutos y todo gira en torno a seguidores, ventas, posicionamiento, reseñas, estrellas. Cuántas y de cuántas. Rankings, algoritmos, visibilidad. No importa tanto qué se cuenta, sino cuánto se mueve. Y no solo hablo de editoriales o plataformas, que es a lo que estamos acostumbrados, sino de los propios autores, que han terminado asumiendo un papel que va mucho más allá de escribir. Ya no basta con ser escritor: hay que ser emprendedor, estratega, community manager, analista de datos y, si me apuras, vendedor de uno mismo.

Pero, ¿hasta qué punto?

Se nos dice que hay que cuidar la marca personal, optimizar publicaciones, elegir bien las horas, el tono, el formato. Cada detalle cuenta. Una mala foto, un texto demasiado largo o una reflexión que no invite al “engagement” puede penalizarte. Y todo eso acaba creando una sensación extraña: la de estar constantemente midiendo, ajustando, corrigiendo no ya la obra, sino la imagen que proyectas. Como si escribir fuera una parte menor de un proceso mucho más amplio cuyo verdadero objetivo es no desaparecer del feed.

¡El feed, el engagement, el algoritmo! ¡Cómo odio esas palabras!

He visto en Threads —y en otros sitios— a usuarios más preocupados por su estatus que por su propia novela. Quizás estás pensando que me refiero a la escasa calidad que tiene, la poca dedicación por el resultado de la misma, pero no, no va por ahí la cosa... Hablo de una promoción pobre, reducida a capturas de pantalla de Amazon, a gráficos ascendentes o descendentes, a lamentos públicos sobre lo mal que va todo o a la exaltación de elevado número de valoraciones positivas. Libros que existen casi exclusivamente como prueba de fracaso o éxito, nunca como historias. ¿Sabes? No sé de qué narices va la mayoría de las novelas que me encuentro en redes, pero sí lo que han vendido en Amazon y si tienen más o menos de 700 reseñas (y, por supuesto, cuántas estrellas). Porque sí, algunos autores no hablan de sus obras; solo de sus cifras. ¿Es esto literatura? Y, voy ahora con algo que ya he repetido hasta la saciedad... cuando los números no acompañan, el discurso se convierte en queja constante.

Entiendo la frustración. Publicar y no vender duele. Escribir durante meses o años y sentir que nadie te lee puede descolocar a cualquiera. Pero cuando la conversación se queda en eso, cuando todo se reduce a “no vendo”, “el algoritmo me castiga”, “esto está amañado”, algo se rompe. Porque la literatura, al menos para mí, nunca ha sido un informe de resultados. Convertirla en eso no solo no soluciona nada, sino que añade una capa más de desgaste.

En esta especie de carrera —que ya ni siquiera parece ir dirigida a la fama, sino a... pues no lo sé, la verdad, ya no sé qué dirección toma— no me encuentro cómodo. No es algo puntual, llevo meses dándole vueltas. Basta con echar un vistazo a este blog para ver hacia dónde me estoy moviendo. Entradas como Elijo la lentitud no nacen por casualidad, sino como respuesta a una incomodidad creciente. A la sensación de que todo va demasiado rápido, de que hay que estar siempre presente, siempre activo, siempre demostrando algo.

Demostrando, demostrando...

Por eso cada vez me ronda más la idea de volver a los inicios. A cuando escribía sin pensar tanto en cómo me iba en redes. A cuando compartía mis textos con la gente cercana, con lectores concretos, con nombres y apellidos. A cuando no estaba pendiente de estadísticas ni comparaciones constantes. Curiosamente —o quizá no tanto—, fue entonces cuando mejor me fue en términos de ventas y elogios. A lo mejor es porque estaba centrado en escribir, en transmitir lo que hacía de verdad, no en medir.

Ojo, no estoy diciendo que haya que renunciar a todo lo digital ni que el sistema anterior fuera idílico. Tampoco que no importe vender o llegar a lectores. De hecho, no le digo a nadie lo que tiene que hacer, que ya bastante tengo con decidirme yo. Pero sí creo que algo se desdibuja cuando el foco se coloca exclusivamente en lo inverso a la palabra. Cuando el éxito se mide en estrellas y posiciones. Cuando el escritor deja de ser alguien que cuenta historias para convertirse en alguien que gestiona su propia visibilidad.

No sé, quizá no se trate de ir hacia atrás, sino de recuperar algo que hemos ido dejando por el camino. Un poco de silencio. Un poco de tiempo. Un poco de confianza en que escribir bien, escribir con honestidad, sigue teniendo sentido aunque no siempre se traduzca en cifras inmediatas.

Y aunque me hubiera gustado despedirme con el párrafo anterior, que es muy de final de entrada de blog, y anticipándome a lo que puedan decir los que entienden solo lo que quieren entender, si eres un autor que gusta de compartir tus resultados en redes y, además, consideras que hablas mucho de los encantos de tu novela, pues en esta entrada no estoy hablando de ti, sino de los que dejan de lado esto último.

Lo digo solo por si acaso.

martes, 6 de enero de 2026

Hoy salí a caminar



Escribo esto con los dedos todavía entumecidos por el frío. No es una metáfora, es totalmente cierto: cuesta que respondan como deberían, pero todo sea escribir un poco más despacio hasta que entren en calor.

Está siendo un mes complicado para mí. Bueno, enero acaba de empezar, pero pongamos que lo arrastro desde diciembre. No entraré en detalles porque no hace falta. Basta saber que en un balance de momentos buenos contra momentos malos, ganan los segundos por goleada.

Hoy, martes, día de Reyes, decidí salir a caminar. Sin un rumbo claro, sin un objetivo concreto. He sido una suerte de senderista urbano, recorriendo calles en lugar de montes y orientándome más por el ánimo que por cualquier mapa.

No ha estado mal; he caminado durante casi cuatro horas. He pasado por calles que conozco de memoria —trayectos que podría recorrer con los ojos cerrados— y también por unas poquitas que no. Muy pocas, la verdad, pero suficientes para sentir una pequeña chispa de descubrimiento que aún sobrevive en lo cotidiano.
El día ayudaba. Festivo, frío, tranquilo. Apenas gente fuera de su hogar y muy poco tráfico, como si la ciudad fuera solo para mí. El frío, supongo, disuadió a muchos de salir, y eso convirtió las calles en un lugar más respirable. He disfrutado de un silencio relativo fruto de una extraña combinación: el calendario y la temperatura se han puesto de acuerdo para favorecerme.

He visto caer la tarde casi sin darme cuenta. Primero el cielo apagándose poco a poco, dejando un hermoso degradado de colores cálidos bajo un impasible añil. Luego el anochecer se ha impuesto con decisión. Me he detenido a observar edificios que llevo años esquivando toda la vida sin prestarles atención, descubriendo en sus fachadas tanto formas dignas de admirarse como auténticos despropósitos —esto es Albacete, no hay otra—.

Durante el paseo... No, retiro lo de paseo: durante mi excursión urbana he cambiado el ritmo muchas veces. A ratos más rápido, a ratos más lento. ¿Sabéis?, me era necesario. El cuerpo y la cabeza pedían cosas distintas y he procurado escuchar a ambos. Me lo han agradecido.

Al final, como en casi todas las historias que comienzan con una persona que camina, he vuelto a casa. No hay un giro de guion digno en este relato, no, ni falta que hacía. No lo buscaba. Los problemas no se han solucionado, qué va. Sería ingenuo esperar algo así. Pero he vuelto más ligero. Como si hubiera ido dejando por el camino pequeñas piedras hechas de mal humor, de preocupaciones, de ruido interno. Ahora hay calma. Y con un poco de calma, al menos, me será más fácil sentarme a pensar cómo mejorar todo lo demás.

El otoño del escritor

En 2017 fui, por un tiempo, escritor. De verdad. Vale, considero que ahora también lo soy, no me desmerezco. Pero entonces lo fu...