Leo a menudo en redes sociales, sobre todo Threads, montones de mensajes acerca del “trabajo de escribir”. Debo decir que me chirría un poco. No porque escribir no requiera esfuerzo, tiempo o dedicación, sino porque, si nos atenemos a la definición más habitual de trabajo, la cosa no termina de encajar. Un trabajo, al menos en su forma más básica, implica ingresos periódicos, obligaciones fiscales, responsabilidades contractuales y cierta estabilidad económica. Y para la inmensa mayoría de escritoras y escritores, sobre todo los de internet, esa no es la norma, sino la excepción. Muchos son los que dicen que, al ser un trabajo, deben ser considerados como profesionales y se comparan a cualquier otro oficio (véase, por ejemplo, electricistas u oficinistas), pero... no, qué va, eso no es así.
Estos mismos arquitectos de historias suelen coincidir, además, en que aparte de ser un trabajo, es uno muy duro y poco valorado. Y aquí voy a ser claro: no, NO ES CIERTO. Ser escritor no es duro. Es, de hecho, de las cosas más "blandas" que existen. Probablemente, por debajo de esto, quizás, está el ser heredero. Poco más habrá.
Si queremos hablar de trabajos duros de verdad, miremos aquello que alguna vez sacan en noticiarios: personas que bajan a minas donde un error puede costar la vida; pescadores en alta mar jugándose el pellejo contra tormentas reales; bomberos entrando en edificios en llamas; trabajadores que limpian alcantarillas, manipulan residuos tóxicos o levantan toneladas de peso día tras día. Eso es dureza. Eso es desgaste físico, peligro real, cuerpos que se rompen y noches que no se duermen.
Ah, ¿eso es exagerar? También tenemos ejemplos cotidianos igual de contundentes. Médicos encadenando guardias interminables, tomando decisiones críticas con ojeras hasta la barbilla. Enfermeras trabajando a turnos imposibles, cargando con el dolor ajeno como rutina. Obreros bajo cuarenta grados en verano, con el sol cayéndoles encima como un martillo. Gente en el campo, levantándose de noche, dependiendo del clima, del mercado y de la resistencia del propio cuerpo. Profesores en centro educativos de zonas marginales, intentando controlar a niños que traen la violencia de casa. Eso es cansancio. Eso es sacrificio. Eso es dureza.
Comparar eso con sentarse a escribir en una habitación tranquila, con café caliente y conexión a internet, me parece una exageración difícil de defender.
¿Que escribir puede ser frustrante? Sin duda. ¿Que a veces lo hacemos sin apoyo, o incluso contra la incomprensión de familiares y amigos? También. ¿Que puede doler que no te lean, que no te publiquen o que no vendas? Claro. Pero eso, siendo honestos, no convierte la escritura en algo duro: la convierte, como mucho, en algo emocionalmente incómodo a ratos. Y aun así, pese a ciertas semejanzas, sigue sin ser un trabajo. Más se parece a una afición vocacional (como practicar un deporte o tocar en un grupo de música) que a una labor que te arranca años de vida.
Ahora bien: que no sea duro no significa que no sea serio.
Escribir puede no romperte la espalda, pero sí exige compromiso si quieres hacerlo bien. Exige constancia. Exige aceptar que mejorar lleva tiempo. Exige leer, revisar, corregir, fallar, volver a intentarlo. Exige tomárselo en serio. Y tomárselo en serio también implica no convertir cada tropiezo en un drama público, ni cada frustración en una estrategia para dar lástima en redes.
Aprovecho esta entrada también para abordar un tema íntimamente relacionado con esto, y que quizás aclare el punto a quienes no están de acuerdo con lo antes expuesto: no es lo mismo escribir porque quieres contar historias, llegar a lectores y construir con el tiempo un legado literario, que escribir como acto social, ya sea para generar conversación, visibilidad o contenido en redes sociales. Ambas opciones son lícitas. No voy a despreciar ninguna. Cada cual escribe por los motivos que quiere y ninguno es mejor que otro.
Pero, si soy honesto, me interesa mucho más el primero.
La idea del juntaletras que quiere dejar algo que sobreviva a la inmediatez, mirar atrás dentro de unos años y sonreír por el trabajo hecho, por los mundos creados y las historias contadas. No porque sea duro, sino porque, aun sin serlo, puede ser profundamente significativo si se aborda con respeto, paciencia y un mínimo de ambición artística.
Escribir no tiene que ser un trabajo, pero, si te lo tomas en serio, al menos merece que lo trates como algo importante.

