martes, 6 de enero de 2026

Hoy salí a caminar



Escribo esto con los dedos todavía entumecidos por el frío. No es una metáfora, es totalmente cierto: cuesta que respondan como deberían, pero todo sea escribir un poco más despacio hasta que entren en calor.

Está siendo un mes complicado para mí. Bueno, enero acaba de empezar, pero pongamos que lo arrastro desde diciembre. No entraré en detalles porque no hace falta. Basta saber que en un balance de momentos buenos contra momentos malos, ganan los segundos por goleada.

Hoy, martes, día de Reyes, decidí salir a caminar. Sin un rumbo claro, sin un objetivo concreto. He sido una suerte de senderista urbano, recorriendo calles en lugar de montes y orientándome más por el ánimo que por cualquier mapa.

No ha estado mal; he caminado durante casi cuatro horas. He pasado por calles que conozco de memoria —trayectos que podría recorrer con los ojos cerrados— y también por unas poquitas que no. Muy pocas, la verdad, pero suficientes para sentir una pequeña chispa de descubrimiento que aún sobrevive en lo cotidiano.
El día ayudaba. Festivo, frío, tranquilo. Apenas gente fuera de su hogar y muy poco tráfico, como si la ciudad fuera solo para mí. El frío, supongo, disuadió a muchos de salir, y eso convirtió las calles en un lugar más respirable. He disfrutado de un silencio relativo fruto de una extraña combinación: el calendario y la temperatura se han puesto de acuerdo para favorecerme.

He visto caer la tarde casi sin darme cuenta. Primero el cielo apagándose poco a poco, dejando un hermoso degradado de colores cálidos bajo un impasible añil. Luego el anochecer se ha impuesto con decisión. Me he detenido a observar edificios que llevo años esquivando toda la vida sin prestarles atención, descubriendo en sus fachadas tanto formas dignas de admirarse como auténticos despropósitos —esto es Albacete, no hay otra—.

Durante el paseo... No, retiro lo de paseo: durante mi excursión urbana he cambiado el ritmo muchas veces. A ratos más rápido, a ratos más lento. ¿Sabéis?, me era necesario. El cuerpo y la cabeza pedían cosas distintas y he procurado escuchar a ambos. Me lo han agradecido.

Al final, como en casi todas las historias que comienzan con una persona que camina, he vuelto a casa. No hay un giro de guion digno en este relato, no, ni falta que hacía. No lo buscaba. Los problemas no se han solucionado, qué va. Sería ingenuo esperar algo así. Pero he vuelto más ligero. Como si hubiera ido dejando por el camino pequeñas piedras hechas de mal humor, de preocupaciones, de ruido interno. Ahora hay calma. Y con un poco de calma, al menos, me será más fácil sentarme a pensar cómo mejorar todo lo demás.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

El otoño del escritor

En 2017 fui, por un tiempo, escritor. De verdad. Vale, considero que ahora también lo soy, no me desmerezco. Pero entonces lo fu...