No dudo de las intenciones. Quiero empezar por ahí porque me parece importante. No dudo de que la mayoría de quienes escriben hoy lo hacen con la voluntad sincera de contar buenas historias, de desvelarnos por las noches cuando los estemos leyendo. Tampoco de que muchos aspiren a algo más que entretener: a dejar poso, a trascender, a dialogar con otros lectores. Son aquellos que quieren expresar sus ideas, emociones, preocupaciones y anhelos a través de una buena historia. Al fin y al cabo, de eso va la literatura, se supone. Sin embargo, cada vez me cuesta más no sentir que algo se ha desplazado, que el eje se ha movido hacia un lugar demasiado digital y cuantificable.
Si esto siempre ha ido de letras, hoy todo parece girar en torno a los números. Y no, no me toméis por iluso, que sé que siempre han tenido un papel importante en la industria editorial y que esto es lo que ha hecho que disfrute de un lugar privilegiado en el entretenimiento y la cultura de nuestro tiempo. Pero navego en internet unos minutos y todo gira en torno a seguidores, ventas, posicionamiento, reseñas, estrellas. Cuántas y de cuántas. Rankings, algoritmos, visibilidad. No importa tanto qué se cuenta, sino cuánto se mueve. Y no solo hablo de editoriales o plataformas, que es a lo que estamos acostumbrados, sino de los propios autores, que han terminado asumiendo un papel que va mucho más allá de escribir. Ya no basta con ser escritor: hay que ser emprendedor, estratega, community manager, analista de datos y, si me apuras, vendedor de uno mismo.
Pero, ¿hasta qué punto?
Se nos dice que hay que cuidar la marca personal, optimizar publicaciones, elegir bien las horas, el tono, el formato. Cada detalle cuenta. Una mala foto, un texto demasiado largo o una reflexión que no invite al “engagement” puede penalizarte. Y todo eso acaba creando una sensación extraña: la de estar constantemente midiendo, ajustando, corrigiendo no ya la obra, sino la imagen que proyectas. Como si escribir fuera una parte menor de un proceso mucho más amplio cuyo verdadero objetivo es no desaparecer del feed.
¡El feed, el engagement, el algoritmo! ¡Cómo odio esas palabras!
He visto en Threads —y en otros sitios— a usuarios más preocupados por su estatus que por su propia novela. Quizás estás pensando que me refiero a la escasa calidad que tiene, la poca dedicación por el resultado de la misma, pero no, no va por ahí la cosa... Hablo de una promoción pobre, reducida a capturas de pantalla de Amazon, a gráficos ascendentes o descendentes, a lamentos públicos sobre lo mal que va todo o a la exaltación de elevado número de valoraciones positivas. Libros que existen casi exclusivamente como prueba de fracaso o éxito, nunca como historias. ¿Sabes? No sé de qué narices va la mayoría de las novelas que me encuentro en redes, pero sí lo que han vendido en Amazon y si tienen más o menos de 700 reseñas (y, por supuesto, cuántas estrellas). Porque sí, algunos autores no hablan de sus obras; solo de sus cifras. ¿Es esto literatura? Y, voy ahora con algo que ya he repetido hasta la saciedad... cuando los números no acompañan, el discurso se convierte en queja constante.
Entiendo la frustración. Publicar y no vender duele. Escribir durante meses o años y sentir que nadie te lee puede descolocar a cualquiera. Pero cuando la conversación se queda en eso, cuando todo se reduce a “no vendo”, “el algoritmo me castiga”, “esto está amañado”, algo se rompe. Porque la literatura, al menos para mí, nunca ha sido un informe de resultados. Convertirla en eso no solo no soluciona nada, sino que añade una capa más de desgaste.
En esta especie de carrera —que ya ni siquiera parece ir dirigida a la fama, sino a... pues no lo sé, la verdad, ya no sé qué dirección toma— no me encuentro cómodo. No es algo puntual, llevo meses dándole vueltas. Basta con echar un vistazo a este blog para ver hacia dónde me estoy moviendo. Entradas como Elijo la lentitud no nacen por casualidad, sino como respuesta a una incomodidad creciente. A la sensación de que todo va demasiado rápido, de que hay que estar siempre presente, siempre activo, siempre demostrando algo.
Demostrando, demostrando...
Por eso cada vez me ronda más la idea de volver a los inicios. A cuando escribía sin pensar tanto en cómo me iba en redes. A cuando compartía mis textos con la gente cercana, con lectores concretos, con nombres y apellidos. A cuando no estaba pendiente de estadísticas ni comparaciones constantes. Curiosamente —o quizá no tanto—, fue entonces cuando mejor me fue en términos de ventas y elogios. A lo mejor es porque estaba centrado en escribir, en transmitir lo que hacía de verdad, no en medir.
Ojo, no estoy diciendo que haya que renunciar a todo lo digital ni que el sistema anterior fuera idílico. Tampoco que no importe vender o llegar a lectores. De hecho, no le digo a nadie lo que tiene que hacer, que ya bastante tengo con decidirme yo. Pero sí creo que algo se desdibuja cuando el foco se coloca exclusivamente en lo inverso a la palabra. Cuando el éxito se mide en estrellas y posiciones. Cuando el escritor deja de ser alguien que cuenta historias para convertirse en alguien que gestiona su propia visibilidad.
No sé, quizá no se trate de ir hacia atrás, sino de recuperar algo que hemos ido dejando por el camino. Un poco de silencio. Un poco de tiempo. Un poco de confianza en que escribir bien, escribir con honestidad, sigue teniendo sentido aunque no siempre se traduzca en cifras inmediatas.
Y aunque me hubiera gustado despedirme con el párrafo anterior, que es muy de final de entrada de blog, y anticipándome a lo que puedan decir los que entienden solo lo que quieren entender, si eres un autor que gusta de compartir tus resultados en redes y, además, consideras que hablas mucho de los encantos de tu novela, pues en esta entrada no estoy hablando de ti, sino de los que dejan de lado esto último.
Lo digo solo por si acaso.

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