Creo que no me gustan los propósitos de año nuevo. Siempre me han sonado a listas hechas por obligación, a compromisos que se rompen antes de que febrero se pronuncie. Sí creo, sin embargo, en elegir. Y para 2026, si tengo que elegir algo, elijo la lentitud.
No hablo de dejar de hacer, ni de aislarme del
mundo, ni de volverme un eremita. Necesito bajar el ritmo. Dejar de consumir
series, películas, libros y videojuegos como quien pasa páginas sin leerlas, acumulando
títulos solo para poder tacharlos de una lista invisible. Últimamente todo
parece empujarnos a eso: a ver más, leer más, jugar más, opinar más. Y aunque
nadie lo plantee como una competición, a veces se siente exactamente así.
Siempre decimos que antes estábamos mejor. Y
solemos achacarlo a la edad, a la falta de responsabilidades, a la ingenuidad.
Puede que haya algo de eso, claro, pero antes también había otra cosa:
atención. Estábamos más presentes en lo que hacíamos. Una película era una
experiencia completa. Un libro ocupaba días, incluso semanas. Un videojuego no
se devoraba, se habitaba.
Y ahora, en cambio, es fácil saltar de una
cosa a otra sin terminar de estar en ninguna. Ver un capítulo mientras miras el
móvil, leer sin dejar que las palabras calen, jugar con la cabeza en otro sitio.
Todo pasa, pero poco se queda. Y eso, poco a poco, va vaciando las experiencias
de peso.
Por eso quiero intentar ir despacio. Elegir
menos cosas y dedicarles más tiempo. Terminar una historia sin pensar en la
siguiente. Volver a disfrutar del silencio que queda cuando algo se acaba y no
hay prisa por rellenarlo. No hacerlo perfecto, no hacerlo de golpe, pero sí
hacerlo consciente.
No es una renuncia ni una crítica a nadie. Es una decisión personal. Cada cual a lo suyo. Lo mío: un pequeño ajuste de rumbo. Porque, al final, se trata de vivir mejor lo que ya tenemos delante. Y para eso, al menos para mí, la lentitud empieza a parecer una forma muy honesta de resistencia.

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