¿Cómo va a caracterizarse un antilibro solo por tener unos agradecimientos de venganza al inicio? Sí, de acuerdo, eso es horrible, pero es poca razón para catalogarlo todavía como tal. Hoy os quiero hablar de algo peor, algo que, cuando el lector se da cuenta, la historia ya se ha echado a perder. Se trata del autor que se proyecta como protagonista. No solo eso, sino su versión idealizada. Más guapo, más listo, más valiente, más incomprendido. Y, para rematarlo, los hay capaces de ponerle su mismo nombre.
Conviene aclarar algo antes de seguir: es
imposible escribir sin dejar rastros personales. Todos lo hacemos, sí. Las
emociones, las heridas, las obsesiones y las victorias se cuelan en los textos
aunque no se las invite, y eso no solo es normal, sino necesario. El problema
surge cuando el libro deja de ser una historia y se convierte en un espejo pulido
con mucho esmero, uno donde el autor se mira y se “reconoce” sin fisuras.
El protagonista de estos antilibros destaca en
todo. Tiene talento, carisma, una sensibilidad superior y una vida interior
compleja que el mundo no sabe valorar. Los demás personajes existen para
confirmarlo: lo admiran, lo envidian o no están a su altura. No hay fricción
real, porque cualquier conflicto acaba reforzando su grandeza. Y cuando el
nombre del autor aparece en la portada y vuelve a salir, idéntico, en la ficha
del personaje principal, todo se va al garete.
El lector deja de experimentar la trama como algo serio, entiende que todo lo que ocurre son deseos y anhelos privados de alguien que no ha sabido disimular y, de seguir leyendo, lo hace más por compromiso (si es que tiene relación personal con el autor) o por puro morbo de saber hasta dónde puede enaltecerse un escritor a sí mismo.
Estos casos son comunes en autores principiantes que cuentan historias de
mundos fantásticos, ya sean repletos de magia o de naves espaciales. Siempre
soñaron con protagonizar su propia historia (¿y quién no?) y creen que a ojos del
resto funcionará igual que en su memoria. Pero, vaya, no es así.
He visto novelas hundirse por esto. Libros que partían de una idea interesante, pero que quedaban atrapados en el deseo del autor de gustarse a sí mismo. Libros que, un poco más trabajados, hubieran dejado atrás cualquier bestseller del género. Al final, el lector no encontraba una historia, sino una declaración.
Escribir implica distancia. Apartarse del texto y dejar que el personaje viva sin ti. No es fácil dejarlo volar libre, pero es imprescindible.
Amigo autor del antilibro: tienes mis respetos por lanzarte a escribir la historia que siempre has deseado, pero, si quieres compartirla con todos, recuerda respetarlos.
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