martes, 5 de mayo de 2026

Perspectivas


Durante un tiempo entendí la escritura de una forma muy concreta. Ya sabéis que trabajé muchos años en una librería, ¿no? Allí conocí una gran cantidad de gente que escribía, que leía y que, sobre todo, quería mejorar. Me rodeé de ellos. Nos hicimos amigos, ambientamos nuestras tardes con aroma de café y vestimos los bigotes con espuma de cerveza. Horas y horas hablando de lo que nos apasionaba.

No era solo cuestión de libros, que también, sino de lo que ocurría alrededor: conversaciones largas, encuentros con autores, debates sobre qué queríamos hacer y por qué. Nos movíamos entre novelas, pero también entre poesía, ensayo o teatro, casi sin darnos cuenta de que todo eso iba dejando poso. No había prisa por destacar ni por vender nada. Lo importante era entender, probar, equivocarse y seguir. Era un ambiente que empujaba sin ruido y en el que la escritura se sentía como algo cercano, compartido y honesto.

Con el tiempo me he ido alejando de ese entorno y he acabado, como tantos, moviéndome más por redes. No ha sido algo que haya escogido; es que la vida nos lleva por caminos que, si bien nos viene bien por unos motivos, no son tan gratos por otros. Y ahí la sensación es distinta. No peor en términos absolutos, pero sí más vacía. Todo gira alrededor de la exposición. Se escribe para ser visto, se habla para posicionarse, se participa con una intención que casi siempre acaba en lo mismo: vender. No es algo que se oculte, tampoco hace falta; es el funcionamiento natural de este espacio. Pero en ese proceso hay algo que... se diluye.

He intentado en más de una ocasión abrir conversaciones que fueran más allá, plantear dudas, compartir ideas o simplemente generar un intercambio que tuviera que ver con la escritura en sí. A veces no ocurre nada. Otras, la conversación se desvía rápidamente hacia lo previsible: promoción, autobombo, ruido. Y acabo con la sensación de que el contenido importa menos de lo que debería. Que da igual lo que se diga si no encaja dentro de esa dinámica constante de visibilidad.

No quiero decir con esto que no se aprenda nada. Se aprende, joder, y además cosas útiles. Sobre todo en lo que tiene que ver con la lengua, con el uso del lenguaje, con ciertos aspectos técnicos que sí marcan diferencia. También hay ideas interesantes sobre cómo moverse, cómo presentar un libro o cómo llegar a más gente. Pero todo eso parece orbitando en torno a lo mismo, dejando en segundo plano aquello que, al menos para mí, debería estar en el centro.

Porque la sensación que me queda es que la literatura, como práctica, ha perdido presencia frente a su propia exposición. Que el impulso por mostrarse ha terminado ocupando el espacio de aprender. Y eso, aunque tenga sentido dentro del contexto en el que nos movemos, cambia la forma de entender lo que hacemos.

Aun así, esa otra manera de vivir la escritura no ha desaparecido. No es algo que se haya perdido, sino algo que ahora cuesta más encontrar. Sigue existiendo en ciertos lugares, en ciertas conversaciones, en determinados momentos en los que el ruido baja y lo importante vuelve a ser lo que se escribe y no cómo se muestra.

Supongo que al final no se trata de elegir una cosa u otra, sino de no olvidar de dónde vengo. De recordar que antes de todo esto hubo un espacio en el que escribir aprender. Era gratitud.

Y que os invito a probarlo, que está mucho mejor que hablar de lo fantástica que es nuestra novela en Threads.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Perspectivas

Durante un tiempo entendí la escritura de una forma muy concreta. Ya sabéis que trabajé muchos años en una librería, ¿no? Allí conocí una gr...