miércoles, 19 de noviembre de 2025

Alberto López Aroca y Los Demonios del Techo del Mundo


Hace apenas unos días asistí a la presentación de Los demonios del techo del mundo, la última obra de mi colega y amigo Alberto López Aroca. La cita fue en la Biblioteca Pública Municipal, un espacio solemne y acogedor, donde supe apreciar tanto el respeto general por el autor como un leve nerviosismo. Durante los primeros minutos, todos escuchábamos atentos, en silencio, con la curiosidad y la expectación que siempre siento cuando un autor que admiro pone frente a nosotros su trabajo más reciente.

Qué os voy a decir: Alberto no decepcionó. La novela, que algunos clasifican como terror y otros como aventura con toques fantásticos, nos transporta a frías cimas nepalíes, donde un archiconocido investigador hará frente a peligrosos seres procedentes de muy, muy lejos… Pido disculpas si esta suerte de sinopsis es demasiado pobre o inexacta, pero mi intención es la de disfrutarla como cualquier hijo de vecino y no he querido todavía saber demasiado de la trama.

Lo que más disfruté, sin embargo, no fue la amena charla que tuvieron sobre el libro Alberto y Sergio Bleda (colaborador y amigo incondicional del autor), sino la reflexión que compartió acerca de la inteligencia artificial y el respeto a la obra de los autores, en especial los que ya no están, quienes, obviamente, no pueden defenderse. Se puso como ejemplo el nefasto caso de Roald Dahl y las modificaciones que sus herederos han autorizado en sus textos. Habló de manera apasionada sobre la importancia de reconocer el valor del trabajo creativo y la memoria de quienes nos dejaron su legado, y al mismo tiempo, se mostró crítico con los abusos de la IA que amenazan la integridad de la creación literaria. Escucharle evidenció que la literatura es un territorio que merece respeto, cuidado y consideración, algo que muchos olvidamos con la rapidez con la que consumimos contenidos hoy en día.

El ambiente cambió a medida que la presentación avanzaba: bromas con mala leche, alguna anécdota personal y la naturalidad que caracteriza al dúo Alberto-Sergio lograron que aquel inicio más formal se transformara en una atmósfera más viva y cercana. Debo alabar también la complicidad y el interés sincero de todos los asistentes, quienes dudo que fueran por cumplir: se respiró una intención verdadera de amor por la lectura.

Confieso que sentí una curiosidad especial por este libro. Más de uno sabrá que a lo largo de este año he estado trabajando en una nueva novela de aventuras y, aunque estoy seguro de que la mía distará mucho de la suya, siempre es enriquecedor observar cómo alguien que domina el género (cualquier género, parece ser) construye, desarrolla y juega con los elementos propios que esta literatura ofrece, logrando encajar a la perfección mundos muy distintos de distintos autores sin traicionar su esencia. Claro, aprender de los mejores siempre deja huella.

Después, salir de la Biblioteca se pareció bastante a despertar de una ensoñación: me llevé conmigo no solo la historia de Los demonios del techo del mundo, sino también un pedazo (legalmente extraíble) de Alberto López Aroca, ese escritor al que admiraba en la distancia cuando era un chaval y con quien hoy me siento, abro una cerveza y hablamos, por ejemplo, de zombis nazis en Albacete (esto último no ha pasado todavía, pero dadas las circunstancias, no veo raro que dentro de poco ocurra).

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