lunes, 20 de abril de 2026

El otoño del escritor

En 2017 fui, por un tiempo, escritor. De verdad.

Vale, considero que ahora también lo soy, no me desmerezco. Pero entonces lo fui de pleno, sin distracciones ni más obligaciones que la de acabar un libro.

Había pedido una excedencia para poder escribir mi primera novela. Tenía unos ahorrillos y, por primera y única vez, podía permitirme algo así. Pararlo todo. Alejarme del horario de comercio. Quedarme solo con eso. Con la escritura.

Fue en otoño. Uno precioso, la verdad.

Lo recuerdo bien: las mañanas frías, la luz entrando más tarde, el silencio de un piso que, de repente, se había convertido en un lugar de trabajo... Me levantaba de la cama, me sentaba a escribir y así pasaban las horas. No existía el ruido constante que ahora acompaña cualquier rutina. Me pasaba dándole a las teclas unas siete horas, sin parar. ¡A veces más!

Luego, por la tarde, iba a la biblioteca. A leer, a tomar notas, a seguir dentro de ese mismo mundo pero desde otro ángulo. Y por la noche, ya fuera de todo, una cerveza con Eva, con amigos, como si el día hubiera sido completamente normal.

Pero no lo era.

Durante esos meses, repito, fui escritor a tiempo completo. Y no es una frase hecha. Es otra cosa. Es levantarte sabiendo que eso es lo único que tienes que hacer. Que no hay excusas. Que no hay otro lugar al que ir. Una página detrás de otra que hay que rellenar.

No lo encumbremos; no es algo perfecto, pero era cuánto quería. Una sensación... difícil de explicar.

Cuando digo que no hice nada más que escribir, hay que entenderlo de una manera más literal de la que uno pensaría en un principio, porque no hubo viajes ni grandes compras. A veces hasta no sé comía casi nada. Los gastos hubieron de ser mínimos, porque el dinero, en una excedencia, vuela.

Y, por supuesto, hubo espacio para la rabia: no siempre escribía como quería. No siempre salían las cosas. Hubo días torcidos, de frustración. Días de preguntarme si realmente iba a ser capaz de terminar lo que había empezado. Pero sí, lo hice.

El Indigno Campeón.

Joder, El Indigno Campeón, mi primera novela. Cometiendo errores que ahora veo con claridad, incluso con cariño porque forman parte de mí y del proceso. El proceso de no saber, de estar aprendiendo mientras avanzas. De entender, poco a poco, que escribir una novela tiene mucho más de técnica que de inspiración, que hay más estructura de la que parece, más matemática de la que uno querría admitir.

Y llegar al final y descubrir por fin que puedes hacerlo... Qué diferencia.

Siempre había tenido la sensación de que no, que empezaría y lo dejaría a medias. Pero, si estás leyendo esto, creo que ya sabes de sobra cómo ha seguido la historia.

Han pasado unos años. Lo que más echo de menos no es tanto el libro, ni siquiera el resultado. Son los días. Poder levantarme y dedicarle el día entero a narrar sin tener que robarle horas a otras cosas. Sin tener que encajarlo entre obligaciones.

No, no creo que vuelva a tener algo así, qué va.

Para eso tendría que vivir de los libros. O esperar a jubilarme, eso quizás. Siendo realista, no es algo en lo que confíe demasiado. Otros habrá que descubran qué se siente, espero.

¡Yo, al menos, lo tuve!

El otoño del escritor.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

El otoño del escritor

En 2017 fui, por un tiempo, escritor. De verdad. Vale, considero que ahora también lo soy, no me desmerezco. Pero entonces lo fu...