miércoles, 12 de noviembre de 2025

El mito del villano simplón


Cada cierto tiempo, alguien dicta las normas de lo que ya no se puede escribir. Y lo curioso es que muchos de esos dictados vienen de escritores. Autores que, quizá cansados de ciertos tropos, repiten que el villano malvado es una figura caduca, que el mal absoluto ya no interesa, que los lectores exigen matices para entender la oscuridad. Pero confundir saturación con mediocridad es un error: lo que cansa no es el arquetipo, sino la pereza al usarlo.

Y lo repetiré las veces que haga falta: un villano plano no es lo mismo que un villano clásico. El problema no está en la idea del mal, sino en cómo se plasma. Si el antagonista solo sirve de obstáculo, claro que resulta aburrido, pero si la maldad tiene presencia, coherencia y propósito (aunque sea tan simple como querer destruir el mundo), puede ser memorable. Nadie se pregunta qué le hizo la vida al Joker de La broma asesina para entender su locura: nos basta con verla. No queremos conocer el lado sensible y tierno de Hitler, Stalin o Vlad Tepes. Sus actos son suficientes. Y eso también debería bastar en la ficción.

Que "deban" tener claroscuros para parecer humanos es el nuevo cliché. A veces olvidamos que el mal existe sin matices, que hay personas y personajes que, simplemente, disfrutan destruyendo. No necesitamos justificarlos, igual que no buscamos redimir a los genocidas de la historia. Los estudiamos, sí; pero no para empatizar, sino para comprender hasta dónde puede llegar el abismo.

La calidad de un villano, en realidad, depende de la dedicación del autor que lo escribe. Un buen escritor puede dar vida a un mal absoluto con la misma profundidad con que otro construye un alma atormentada. La diferencia no está en la moral del personaje, sino en la habilidad para hacerlo respirar en la página: en su voz, su presencia, el eco que deja. Lo demás son excusas vestidas de teorías literarias.

Quizá lo pienso así porque, como escritor, me incomoda ver cómo el miedo a lo simple se disfraza de sofisticación. No quiero escribir para cumplir reglas invisibles ni para gustar a quien confunde profundidad con justificación. Cuando invento un villano que quema el mundo solo por verlo arder es porque, aunque sea por un instante, he sentido ese fuego dentro.

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