De la que yo guardo recuerdos es de la de Albacete. Se celebra desde finales de los noventa y, si la memoria no me falla, yo entré en el grupo organizador en 2004, con menos de veinte años y un entusiasmo que no me cabía en el cuerpo. Éramos estudiantes (por mi parte, de oficio, pero... no de vocación), novatillos con una energía que convertía cualquier problema en anécdota. Montábamos escenarios, repartíamos carteles, buscábamos actuaciones y salíamos locos cada semana parcheando problemas ya parcheados. Cada año aprendíamos algo nuevo: a improvisar, a pedir favores o a descubrir que la solidaridad también requiere logística.
Durante un par de décadas, Operación Bocata fue cita obligada. La gente de la ciudad acudía por la causa, pero también por el ambiente: los conciertos, los sorteos, las risas... ¡Eh, que entre todos aquellos descerebrados que éramos, conseguíamos juntar dos o tres cerebros válidos para que el el evento fuese algo inolvidable! Un pequeño milagro juvenil que unía a colegios, asociaciones, comercios y voluntarios.
No extrañará al lector saber qué llegó 2020 y, como con tantas cosas, el COVID lo detuvo. Creí que no volvería a celebrarse.
Pero este año ha regresado. Verlo renacer me ha devuelto algo de aquella sensación de pertenencia que creía perdida. El grupo de jóvenes que lo organiza ahora lo hace con las mismas ganas que nosotros teníamos entonces. Este año pude pasarme un par de horas y rememorar sensaciones que pensaba olvidadas.
Y pensé que, al final, todo esto sobrevive gracias a la voluntad de unos cuantos albaceteños que se negaron a dejar morir un acto solidario y cultural tan bonito. No es poca cosa: han demostrado que también la generosidad tiene relevo, y que basta la fe de unos pocos para mantener viva una tradición que, por suerte, se resiste a desaparecer.
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