lunes, 10 de noviembre de 2025

El estigma del autopublicado


No es hoy lo que fue ayer, y aunque suena a frase de sobremesa, cuesta aplicarla a lo que tenemos más cerca. La figura del escritor autopublicado ha cambiado. Hoy se le mira con respeto (o al menos con tolerancia), pero no hace tanto el panorama era otro: el autopublicado era poco menos que un intruso, un advenedizo con prisas. Y con razón.

En mis años de librero recibí a muchos de ellos. Venían con brillo en los ojos, con una ilusión enorme. Y jamás les dije que no, ni tan siquiera sopesé la posibilidad, aunque motivos no me faltaron las más de las veces. Les colocaba el libro siempre, pero en ocasiones lo hacía en una balda discreta. Qué digo discreta: bien escondida. No tenía intención de que un lector habitual empezara a pensar que la industria editorial o la literatura se habían vuelto majaras. No era desprecio, sino pudor. Algunos títulos eran complicados de defender. Había de todo: manuscritos sin corregir, portadas imposibles, textos que no pasaban ni una lectura de repaso. Sí, detrás de cada uno había una fe que ya querrían muchos de los que presumen de contrato editorial, pero la convicción no es ingrediente indispensable en la escritura.

Hoy las cosas son distintas. Los autopublicados han entendido que si quieren ser leidos, deben ser profesionales. No basta con escribir: hay que corregir, maquetar, cuidar. El respeto del lector se gana también en los márgenes y en la tipografía. Además, la industria ha evolucionado. Quien autopublica no lo hace por falta de opciones, sino por deseo de control, de libertad, de no esperar la bendición de nadie para contar lo que se quiere. Eso les hace responsables. El error es suyo, pero también lo es el acierto, y ambos pesan por igual.

Quizá el estigma no desaparezca del todo, porque las etiquetas son tercas y los prejuicios más aún, pero algo ha cambiado: ya no se habla de "autopublicado" con condescendencia, sino con curiosidad. Y eso es un principio. El futuro, sospecho, no distinguirá entre editoriales grandes o pequeñas, entre sellos o plataformas, sino entre quienes escriben bien y quienes no. Al final, publicar, sea como sea, sigue siendo un acto de fe, una forma de dejar constancia de que estamos aquí y que tenemos algo que decir.

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