miércoles, 3 de junio de 2026

El faro, las olas y las estrellas


Aquella noche el mar rugía furibundo.

El temporal llevaba tres días azotando la costa y las olas se alzaban tan altas que, desde la ventana del faro, daban la impresión de querer escapar del mundo.

El farero leía junto a la lámpara un libro gastado de humedad y años, y aunque algunas hojas ya no se veían, él las sabía de memoria. A sus pies dormía el perro. Profundamente, con el hocico apoyado sobre las patas delanteras. De vez en cuando una oreja se agitaba en sueños, como si aún persiguiera conejos por algún monte lejano, como si no le doliera correr.

Al alzar la mirada para coger su taza de café, el farero vio que algo brillaba en el horizonte, algo que se acercaba, y al principio creyó que eran barcos. Después pensó que reflejos de algún relámpago lejano. O algo más raro, porque aquello no estaba quieto, sino que danzaba.

Velos de luces tornasoladas ondulaban en calma sobre la superficie del agua, ajenas a la violencia indómita de las olas. Uno tras otro fueron apareciendo más. Verdes, rosas, ambarinos, cerúleos...

Docenas.

¡Cientos!

Después, con lentitud, las estrellas bajaron del cielo. Semillas de fuego arrastradas por una corriente intangible quedaron suspendidas entre aquellos ríos luminosos que recorrían la costa. Algunas olas, de tan altas, las alcanzaban, pero estas se apagaban apenas un instante antes de volver a encenderse.

El perro abrió un ojo y se incorporó despacio. Algo en su interior, algo que todos los animales de alma buena saben, recordó. Se quedó junto al farero y contemplaron el espectáculo sin moverse.

De entre las olas surgieron pequeñas figuras luminosas. Escaparon del agua peces de escamas azules, verdes y doradas para nadar entre las estrellas. Algunos diminutos como agujas de plata, otros tantos, del tamaño de una barca.

Bailaron en el aire igual que en el mar. Giraron, saltaron y trazaron espirales de colores sobre la oscuridad.

El anciano olvidó el libro y olvidó la tormenta. Olvidó incluso el paso de las horas. Solo observó. Los peces seguían llegando, y luego ascendieron las rayas de luz, las medusas transparentes, las tortugas que brillaban cual pequeñas lunas. Dos cangrejos irisados, arrastrados por el viento, se colaron en la casa. Llegaron, por último, las ballenas.

Sus enormes cuerpos resplandecieron entre las estrellas descendidas. Volar por encima de las olas pareciera su verdadera naturaleza.

El perro ladró, y el farero, asustado, pidió silencio, pero era tarde, porque el mar lo había oído, y los peces y las estrellas y las auroras también, y el perro comenzó a elevarse y escapó por la ventana. No parecía ir por voluntad propia, pero tampoco hacía por volver. Miraba sorprendido a todos lados. Le ladraba a las luces que lo rodeaban, mordía las estrellas y agitaba las patas como nadando.

El farero lo llamó y le pidió que volviera, que si seguía fuera se resfriaría, pero el viejo perro no hacía caso, sino que obedecía a una llamada antiquísima.

Y el anciano, con lágrimas en los ojos, comprendió.

La noche continuó sin que el tiempo se atreviera a molestarla y, poco a poco, las auroras se desvanecieron y las estrellas regresaron al firmamento. Los peces las siguieron. Las ballenas desaparecieron entre constelaciones lejanas.

Y el perro se fue con ellas.

Cuando todo terminó, el mar siguió rugiendo hasta que el cielo clareó. El farero, agotado, volvió a sentarse y, casi sin darse cuenta, cerró los ojos.

A la mañana siguiente lo despertó la luz del sol. Bebió el café frío de su taza preguntándose qué había soñado. Se calzó las botas, silbó llamando a su amigo y encontró la ventana abierta. El mar en calma y el cielo despejado.

A sus pies, el cuerpecito de un colorido cangrejo. 

martes, 5 de mayo de 2026

Perspectivas


Durante un tiempo entendí la escritura de una forma muy concreta. Ya sabéis que trabajé muchos años en una librería, ¿no? Allí conocí una gran cantidad de gente que escribía, que leía y que, sobre todo, quería mejorar. Me rodeé de ellos. Nos hicimos amigos, ambientamos nuestras tardes con aroma de café y vestimos los bigotes con espuma de cerveza. Horas y horas hablando de lo que nos apasionaba.

No era solo cuestión de libros, que también, sino de lo que ocurría alrededor: conversaciones largas, encuentros con autores, debates sobre qué queríamos hacer y por qué. Nos movíamos entre novelas, pero también entre poesía, ensayo o teatro, casi sin darnos cuenta de que todo eso iba dejando poso. No había prisa por destacar ni por vender nada. Lo importante era entender, probar, equivocarse y seguir. Era un ambiente que empujaba sin ruido y en el que la escritura se sentía como algo cercano, compartido y honesto.

Con el tiempo me he ido alejando de ese entorno y he acabado, como tantos, moviéndome más por redes. No ha sido algo que haya escogido; es que la vida nos lleva por caminos que, si bien nos viene bien por unos motivos, no son tan gratos por otros. Y ahí la sensación es distinta. No peor en términos absolutos, pero sí más vacía. Todo gira alrededor de la exposición. Se escribe para ser visto, se habla para posicionarse, se participa con una intención que casi siempre acaba en lo mismo: vender. No es algo que se oculte, tampoco hace falta; es el funcionamiento natural de este espacio. Pero en ese proceso hay algo que... se diluye.

He intentado en más de una ocasión abrir conversaciones que fueran más allá, plantear dudas, compartir ideas o simplemente generar un intercambio que tuviera que ver con la escritura en sí. A veces no ocurre nada. Otras, la conversación se desvía rápidamente hacia lo previsible: promoción, autobombo, ruido. Y acabo con la sensación de que el contenido importa menos de lo que debería. Que da igual lo que se diga si no encaja dentro de esa dinámica constante de visibilidad.

No quiero decir con esto que no se aprenda nada. Se aprende, joder, y además cosas útiles. Sobre todo en lo que tiene que ver con la lengua, con el uso del lenguaje, con ciertos aspectos técnicos que sí marcan diferencia. También hay ideas interesantes sobre cómo moverse, cómo presentar un libro o cómo llegar a más gente. Pero todo eso parece orbitar en torno a lo mismo, dejando en segundo plano aquello que, al menos para mí, debería estar en el centro.

Porque la sensación que me queda es que la literatura, como práctica, ha perdido presencia frente a su propia exposición. Que el impulso por mostrarse ha terminado ocupando el espacio de aprender. Y eso, aunque tenga sentido dentro del contexto en el que nos movemos, cambia la forma de entender lo que hacemos.

Aun así, esa otra manera de vivir la escritura no ha desaparecido. No es algo que se haya perdido, sino algo que ahora cuesta más encontrar. Sigue existiendo en ciertos lugares, en ciertas conversaciones, en determinados momentos en los que el ruido baja y lo importante vuelve a ser lo que se escribe y no cómo se muestra.

Supongo que al final no se trata de elegir una cosa u otra, sino de no olvidar de dónde vengo. De recordar que antes de todo esto hubo un espacio en el que escribir y  aprender. Era gratitud.

Y que os invito a probarlo, que está mucho mejor que hablar de lo fantástica que es nuestra novela en Threads.

lunes, 20 de abril de 2026

El otoño del escritor

En 2017 fui, por un tiempo, escritor. De verdad.

Vale, considero que ahora también lo soy, no me desmerezco. Pero entonces lo fui de pleno, sin distracciones ni más obligaciones que la de acabar un libro.

Había pedido una excedencia para poder escribir mi primera novela. Tenía unos ahorrillos y, por primera y única vez, podía permitirme algo así. Pararlo todo. Alejarme del horario de comercio. Quedarme solo con eso. Con la escritura.

Fue en otoño. Uno precioso, la verdad.

Lo recuerdo bien: las mañanas frías, la luz entrando más tarde, el silencio de un piso que, de repente, se había convertido en un lugar de trabajo... Me levantaba de la cama, me sentaba a escribir y así pasaban las horas. No existía el ruido constante que ahora acompaña cualquier rutina. Me pasaba dándole a las teclas unas siete horas, sin parar. ¡A veces más!

Luego, por la tarde, iba a la biblioteca. A leer, a tomar notas, a seguir dentro de ese mismo mundo pero desde otro ángulo. Y por la noche, ya fuera de todo, una cerveza con Eva, con amigos, como si el día hubiera sido completamente normal.

Pero no lo era.

Durante esos meses, repito, fui escritor a tiempo completo. Y no es una frase hecha. Es otra cosa. Es levantarte sabiendo que eso es lo único que tienes que hacer. Que no hay excusas. Que no hay otro lugar al que ir. Una página detrás de otra que hay que rellenar.

No lo encumbremos; no es algo perfecto, pero era cuánto quería. Una sensación... difícil de explicar.

Cuando digo que no hice nada más que escribir, hay que entenderlo de una manera más literal de la que uno pensaría en un principio, porque no hubo viajes ni grandes compras. A veces hasta no se comía casi nada. Los gastos hubieron de ser mínimos, porque el dinero, en una excedencia, vuela.

Y, por supuesto, hubo espacio para la rabia: no siempre escribía como quería. No siempre salían las cosas. Hubo días torcidos, de frustración. Días de preguntarme si realmente iba a ser capaz de terminar lo que había empezado. Pero sí, lo hice.

El Indigno Campeón.

Joder, El Indigno Campeón, mi primera novela. Cometiendo errores que ahora veo con claridad, incluso con cariño porque forman parte de mí y del proceso. El proceso de no saber, de estar aprendiendo mientras avanzas. De entender, poco a poco, que escribir una novela tiene mucho más de técnica que de inspiración, que hay más estructura de la que parece, más matemática de la que uno querría admitir.

Y llegar al final y descubrir por fin que puedes hacerlo... Qué diferencia.

Siempre había tenido la sensación de que no, que empezaría y lo dejaría a medias. Pero, si estás leyendo esto, creo que ya sabes de sobra cómo ha seguido la historia.

Han pasado unos años. Lo que más echo de menos no es tanto el libro, ni siquiera el resultado. Son los días. Poder levantarme y dedicarle el día entero a narrar sin tener que robarle horas a otras cosas. Sin tener que encajarlo entre obligaciones.

No, no creo que vuelva a tener algo así, qué va.

Para eso tendría que vivir de los libros. O esperar a jubilarme, eso quizás. Siendo realista, no es algo en lo que confíe demasiado. Otros habrá que descubran qué se siente, espero.

¡Yo, al menos, lo tuve!

El otoño del escritor.

domingo, 5 de abril de 2026

Escribiendo desde ninguna parte

Llevo unas semanas sin pasar por aquí y no ha sido por dejadez ni falta de ganas. Ha sido, simplemente, por el cambio. Cambio de trabajo, cambio de ciudad, cambio de rutina. Y, como suele pasar con estas cosas, todo lo que antes tenía su sitio ha tenido que recolocarse poco a poco.

Ahora mis días empiezan de otra forma. Muy, muy temprano. Y con un tren.

De hecho, esta entrada la estoy escribiendo ahora mismo, camino de Madrid. Portátil abierto, gente alrededor, ese ruido constante de fondo que, sorprendentemente, no molesta tanto como uno pensaría. Al final, uno se acostumbra a todo.

La idea es que estos trayectos dejen de ser tiempo muerto. O, al menos, que no lo sean del todo. Quiero aprovecharlos para avanzar en mis proyectos de escritura, y por eso me he hecho con un portátil de segunda mano que, si todo va como espero, será el encargado de guardar la cuarta parte de El Indigno Campeón. Ya iremos hablando de eso.

También ha habido algún cambio más. Me han regalado un móvil nuevo, con una cámara bastante decente, y estoy pensando que quizá sea el momento de hacer un pequeño esfuerzo con las redes. Sobre todo con la parte visual, que siempre la he tenido un poco abandonada.

Ah, sí. ¿Sabéis? Estoy haciendo bastante ejercicio. Siempre lo he hecho, pero cuando me puse a estudiar la oposición, paré en seco y no ha sido hasta ahora que lo he retomado. Recupero la forma y me siento agradecido.

En general, estoy bien.

Podría estar mejor, claro. Viajar todos los días no es precisamente barato y el cuerpo también nota el cambio. Pero dentro de lo que cabe, todo marcha. Y, poco a poco, voy encontrando huecos donde antes no los había.

Este, por ejemplo.

jueves, 26 de febrero de 2026

Lo de copiar en la narrativa y eso (siempre para aprender)



Alguna que otra vez navego en Threads y encuentro hilos, conversaciones o preguntas verdaderamente interesantes. Interesantes para mí, quiero decir. A otros les dará igual, qué sabré yo.

Hoy es uno de esos días.

El mensaje preguntaba cómo escribir batallas, elemento de mucha complejidad en cualquier novela, independiente del género al que pertenezca. Y aunque le he contestado y parece que más o menos le ha venido bien, me ha gustado tanto el tema que he querido ampliarlo en esta pequeña entrada.

Cuando uno se plantea narrar una batalla, piensa en caos, ruido, movimientos simultáneos, personajes que actúan al mismo tiempo... Y el miedo aparece rápido: si cuento todo, el lector se desubica; si simplifico demasiado, la escena pierde fuerza; si cambio mucho de punto de vista, te voy a marear; si no cambio, se vuelve plana...

Lo que tenemos claro siempre (creo) es cómo empieza y cómo termina. Incluso qué debería suceder entre medias. Así que el problema no es ese, sino cómo contarlo.

Mi consejo ha sido poco épico: ve a leer batallas que te gusten. Desmóntalas. Fíjate en los verbos. En cómo alternan frases cortas y largas. En cuándo el autor se detiene en una sensación concreta y cuándo acelera. En cuánto tiempo seguimos a un personaje antes de saltar a otro. En qué se elige mostrar y qué se deja fuera.

Pura técnica. Una oración corta, con palabras de sonoridad fuerte, golpea: corta el aire, acelera el pulso, transmite urgencia. Una oración más larga, en cambio, permite respirar, ordenar, matizar; introduce pausa y profundidad. Abusar de las frases breves convierte el texto en un martilleo agotador; abusar de las largas lo vuelve espeso, pesado, difuso. La clave no está en elegir una u otra, sino en alternarlas con intención.

Hace tiempo me pasó algo parecido con una escena muy distinta: una reunión en la que participaban muchos personajes. Demasiados. No sabía cómo distribuir las intervenciones. No me resultaba orgánico que alguien apareciera, se presentara y luego no volviera a hablar, pero tampoco podía permitir que veinte personajes tuvieran su turno completo porque el capítulo se convertía en una asamblea interminable.

No sabía cómo hacerlo funcionar.

Así que fui a buscar un ejemplo que siempre me había parecido complejo y fluido a la vez: el Concilio de Elrond, en La Comunidad del Anillo (sí, he dicho fluido... ¡Y lo mantengo!).

Leyéndolo con atención aprendí lo siguiente: no todos los personajes están para ocupar el mismo espacio. El foco no es democrático, es narrativo. Algunos intervienen para cumplir una función concreta y después se apartan. Sin más. La sensación de conjunto no depende de cuánto habla cada uno, sino de cómo se ordenan las intervenciones.

Con las batallas ocurre igual. No hay que contarlo todo, sino elegir desde dónde se cuenta. Decidir qué momento merece quedarse en primer plano y cuál puede quedar sugerido.

Bueno, hablo de batallas y reuniones, pero entra cualquier obstáculo al que una escritora o un escritor se puedan enfrentar. Y, para mí, la respuesta está en mirar cómo lo resolvieron otros antes que nosotros.

Así de fácil.

Ya, después, aplicarlo a lo que queremos contar.

martes, 24 de febrero de 2026

Espera sentado, colega


¡¿Cómo es posible tardar tanto en publicar la continuación de una saga cuando uno vive de escribir?!

Lo digo sin ánimo incendiario (bueno, un poquito, ya sabes), pero, sobre todo, desde la genuina perplejidad de lector.

Pienso, inevitablemente, en nombres como George R. R. Martin o Patrick Rothfuss. Autores consagrados, profesionales, con contratos sólidos, equipos editoriales detrás y una legión de lectores esperando desde hace años el siguiente volumen de sagas que ya forman parte de la historia reciente del género. Entiendo (de verdad que lo entiendo) que escribir obras del calibre de Canción de hielo y fuego o El nombre del viento no es tarea menor. Son proyectos descomunales, ambiciosos, técnicamente complejos, con tramas entrelazadas, coherencia interna milimétrica y una presión mediática que no debe de ser fácil de gestionar.

Hasta ahí, de acuerdo.

Pero también veo, cada vez más, autores independientes (autoeditados o no) que publican sagas muy bien elaboradas, coherentes, con mundos sólidos y personajes memorables, que no tienen nada que envidiar a las grandes referencias del género. Algunos podrán establecer un marco comparativo en el que digan que no están al mismo nivel de calidad. Puedo estar más o menos de acuerdo. Otros dirán que no son tan ambiciosas. También puedo conceder eso. Porque sí, he leído a los grandes y soy consciente del trabajazo que implica levantar estructuras narrativas de ese tamaño.

Sin embargo, también he leído otras muchas sagas que funcionan. Que enganchan. Que cumplen. Que... se salen.

Y no voy a mencionar a Sanderson. Ese hombre juega en una liga que no pertenece al mundo terrenal.

Además, los grandes autores no están solos. Las editoriales coordinan calendarios, aportan editores de mesa, correctores de estilo, correctores ortotipográficos, lectores cero, editores de continuidad y de lore, asesores históricos, equipos de marketing, planificación estratégica de lanzamientos, estudios de mercado, campañas internacionales… Es un engranaje enorme que, en teoría, debería facilitar el proceso.

Por eso, incluso asumiendo que sus sagas estén por encima de muchas independientes, me sigue resultando difícil imaginar los verdaderos motivos por los que no llegan esas continuaciones tan pedidas. Cuando trabajaba en la librería tenía teorías relacionadas con el marketing editorial, con la creación de expectación artificial o con estrategias de posicionamiento. Hoy, sinceramente, ya ni eso me termina de cuadrar.

No quisiera terminar esta entrada sin hablar de mis libros, qué menos.. La Saga del Trueno y el Hacha comenzó en 2018 con El Indigno Campeón, continuó en 2020 con La Compañía Exánime y en 2024 llegó La Rosa Argéntea. He intentado intercalar proyectos entre una entrega y otra para no fatigarme y, sobre todo, para no convertir la saga en una obligación asfixiante. No vivo de esto. Presionarme para cerrar rápido cada arco solo conseguiría bajar la calidad y aumentar el estrés.

Si no me fallan los cálculos, en 2026 escribiré la cuarta parte, cuyo título provisional es El Sendero Arcano. Después pararé un par de años para abordar una novela especialmente ambiciosa, y más adelante encadenaré la quinta y la sexta entrega, que cerrarán definitivamente la historia.

¿2030 es una buena estimación para el final? Ojalá. Quizá. El tiempo siempre tiene la última palabra.

En cualquier caso, mientras gocemos de buena salud y las ideas sigan apareciendo, la saga irá llegando. No a golpe de calendario impuesto, sino al ritmo que permita que cada libro esté a la altura de lo que merece ser contado (pero no tanto como Vientos de Invierno, prometido).

jueves, 19 de febrero de 2026

De azul y verde



Hay días en los que siento una necesidad difícil de explicar, y que en redes suelo resumir con una expresión que a algunos os parecerá extraña: necesito llenarme de verde y azul. No quiero que parezca un acto poético ni una manera rebuscada de decir que me apetece perderme en la naturaleza. Es, más bien, la forma más aproximada que he encontrado para describir una carencia que no es exactamente física ni emocional, pero que se parece bastante a ambas.

El verde y el azul (aquí) no son solo colores. Son la suma del cielo abierto y la tierra viva, de las hojas que se mueven con un viento que no entiende de horarios y de ríos que siguen su curso sin preocuparse por llegar a ninguna parte. Cuando paso demasiado tiempo entre paredes, pantallas y obligaciones, noto que algo en mí empieza a tensarse. No es un agotamiento dramático, sino una especie de desajuste. Como… Como si las piezas no encajaran del todo.
Entonces aparece esa necesidad.

No voy al monte con la intención de pensar en grandes cuestiones ni de encontrar respuestas. De hecho, casi siempre llego cargado de pensamientos pendientes, de ideas por resolver, de una voz interior que me acompaña incluso cuando no la invito. Sin embargo, a medida que camino y el cuerpo encuentra un ritmo que no depende de notificaciones ni relojes, algo se recoloca por sí solo.

He pensado muchas veces que escribo para acercarme a lo que anhelo. La escritura, al menos para mí, es un intento de dar forma a aquello que todavía no comprendo del todo. Es un movimiento hacia algo: una búsqueda de sentido, de claridad o, simplemente, de coherencia. Cuando escribo, estoy tendiendo un puente entre lo que soy y lo que intuyo que podría llegar a ser.

En el verde y el azul, en cambio, no existe esa distancia.

No desaparece el que escribe, pero tampoco necesita afirmarse. No tengo que demostrar nada ni proyectar una versión mejorada de mí mismo. Camino, respiro, escucho el agua o el crujido de las ramas, y esa experiencia basta. Entiendo que todo sucede en mi interior, que no hay nada mágico en los árboles más allá de lo que yo percibo. Y aun así, la sensación roza lo espiritual en el sentido más sencillo de la palabra: estar siendo sin tener que explicarlo.

Quizá por eso, cuando estoy allí, no siento la urgencia de escribir. Ni de hablar. No renuncio a las palabras, pero no me falta nada por nombrar. Me he llenado de verde y azul y he dejado de estar fragmentado. Y en esa forma de plenitud encuentro algo que, fuera de ese espacio, sigo intentando alcanzar con tinta y papel.

Cuando el silencio llega

Durante semanas, el eclipse fue anunciado a bombo y platillo por todas partes. Supongo que era de esperar. Un evento así no ocurre todos los...