Que Amador llevaba años haciéndolo y en el pueblo se sabía de sobras por qué. Le daba la mano a Manolita siempre, siempre: al pasear, al sentarse en el sillón, incluso al meterse en la cama. Sobre todo al meterse en la cama. Y si por lo que fuera no encontraba la mano, porque a veces se liaba con el camisón, pues agarraba la manga, o un pliegue de tela o lo que pillara. Todas las noches Manolita le preguntaba, con inocencia porque la pobre ya había perdido un poco la cabeza, que por qué la tenía así de sujeta. Y él, sonriéndole como el primer día, le decía que para que no se lo volvieran a llevar en sueños.
Pues resulta que, al poco de
jubilarse, una noche cualquiera, se acostaron los dos… pero solo se levantó
Manolita. Amador, desaparecido. Ni nota, ni ruidos, ni huellas, ni pistas, ni nada
de nada. La Guardia Civil estuvo buscando cinco días sin descanso, incluso un
detective privado se interesó por la desaparición, pero no lo encontraron. Y el
pueblo entero hablaba, claro, pero con un bueno, ya volverá cuando se canse, ni
que esto nos fuera a cambiar a nosotros la vida. Y cansarse, de qué. Porque
algunos hablaban y hablaban, sí, pero bien sabía Manolita que Amador no se
había ido por cuenta suya.
Y al sexto día, Manolita se despertó
y allí estaba Amador, dormido a su lado, agarrado a ella de la manga del
camisón porque no le encontraba la mano. Y la misma mañana, ya en el sillón los
dos también cogidos esperando la reposición del Got Talent, que habían mojado
madalenas en el café con leche, él le contó lo que podía. Que se lo habían llevado muy
lejos, a otro sitio fuera del sitio, a otro cuando fuera del cuando. Los que lo
arrastraron no eran personas, ni bichos, ni aparecidos, eran como presencias. Presencias
de luz y de sombra, como dibujos que no habían terminado de decidir qué querían
ser. Lo llevaron por las estrellas, le enseñaron cosas que él ni entendió ni
quiso entender, y hasta le ofrecieron el
gran secreto de la existencia. Y para qué quería él eso, si estaba muy bien con
su Manolita en su casa, sentados los dos viendo Pasapalabra.
Y cuando los del pueblo se enteraron
de que Amador había vuelto, algunos se creyeron la versión y otros no, pero
jamás lo cuestionaron. Se dijo así como se dijo que al hijo de Piedad se lo
llevaron a la guerra y no volvió. Como en los pueblos, claro. Eso no importó
mucho.
Que Amador no volvió a soltarse de
Manolita. Que no la dejaba nunca. Ni de día ni de noche. Porque una vez casi lo
pierden en el universo, y no quería que se lo volvieran a llevar.

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